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José Antonio Páez podría ser la contraparte de José Tomás Boves, pero no lo es. Tuvo muchas de las características de Boves, la audacia, la inescrupulosidad, la condición de vivo criollo y, sobre todo, la de caudillo tropical, pero no tuvo, en absoluto, la crueldad, la maldad de Boves. Al principio de su carrera de soldado estuvo a punto de morir cuando fue objeto de la ferocidad de aquellos días, y se salvó mediante la astucia. Y al final de su carrera fue agredido por otro caudillo, Ezequiel Zamora, pero sin que corriera peligro alguno su vida. Simplemente, Zamora y los suyos se divirtieron vejando al viejo general, en forma muy poco civilizada y que puede ser tachada de cobarde, pero sin mayores consecuencias, salvo la de manchar sus propias imágenes.
El general José Antonio Páez nació el 13 de junio de 1790, entre Acarigua y Araure, en una zona rural que hoy es urbana y se conocía por el nombre de un riachuelo que la atravesaba: Curpa. Su padre era Juan Victorio Páez, un canario, blanco de orilla, es decir, de raza blanca pero sin fortuna ni títulos nobiliarios, que era funcionario del estanco del Tabaco, y su madre fue María Violante Herrera, también blanca de orilla. En sus memorias, su Autobiografía, apenas hay referencias a su infancia, que no debe haber sido muy feliz. La despacha en párrafo y medio, al inicio, de esta manera:
El 13 de junio nací en una modesta casita, a orillas del riachuelo Curpa, cerca del pueblo de Acarigua, cantón de Araure, provincia de Barinas. En la iglesia parroquial de aquel pueblo recibí las aguas del bautismo. Juan Victorio Páez y María Volante (Sic) Herrera fueron mis padres, habiéndome tocado ser el penúltimo de sus hijos y el solo que sobrevive de los ocho hermanos que éramos. Nuestra fortuna era escasísima. Mi padre servía de empleado al gobierno colonial, en el ramo del estanco del tabaco, y establecido entonces en la ciudad de Guanare, de la misma provincia, residía allí para el desempeño de sus deberes, lejos con frecuencia de mi excelente madre, que por diversos motivos jamás tuvo con sus hijos residencia fija.
Tenía ya ocho años de edad cuando ella me mandó a la escuela de la señora Gregoria Díaz, en el pueblo de Guama, y allí aprendí los primeros rudimentos de una enseñanza demasiado circunscrita. (…) Una maestra, como la señora Gregoria, abría escuela como industria para ganar la vida, y enseñaba a leer mal, la doctrina cristiana, que a fuerza de azotes se les hacía aprender de memoria a los muchachos, y cuando más a formar palotes según el método del profesor Palomares. Mi cuñado Bernardo Fernández me sacó de la escuela para llevarme a su tienda de mercería o bodega, etcétera, etcétera. (Autobiografía del general José Antonio Páez, Edición de Petróleos de Venezuela, C. A., Caracas, Venezuela, 1990)
Por cierto, esa Autobiografía fue publicada en Nueva York en 1869, dos años después de haber sido “presentada” a la autoridad local; en su tiempo se dijo, aparentemente sin base alguna, que el trabajo había sido escrito, o reescrito, por Felipe Larrazábal, liberal activo, nacido en 1816 y muerto en 1873; en realidad, Larrazábal, que siempre estuvo muy lejano al caudillo llanero, pasó por New York poco tiempo antes de morir, y cuando Páez terminó su Autobiografía en el exilio, Larrazábal vivía en Caracas.
La distancia entre Acarigua, Guanare o Curpa y Guama, es considerable, y lo era mucho más en aquellos tiempos, cuando no existían carreteras propiamente dichas, y Páez no explica cómo fue a tener su madre a Guama, tan lejos de donde debe haber estado su marido, si es que su marido vivía aún. Sí cuenta, y esa anécdota ha sido repetida una y otra vez a lo largo del tiempo, el incidente que tuvo con unos ladrones que trataron de apropiarse de un dinero que irresponsablemente exhibió en una bodega, en junio de 1807, cuando era un mozalbete de 17 años, en el pueblo de Yaritagua, mientras regresaba de Cabudare, pueblo cercano a Barquisimeto, a donde fue a hacer unas gestiones, enviado por la madre. Ya era de noche cuando cuatro asaltantes le cayeron encima, mató a uno y puso en fuga a los otros tres, y poco después, aunque se había convertido en héroe para muchos vecinos, temeroso de la venganza de los bandidos se vio forzado a irse de San Felipe, en donde vivía y trabajaba con su pariente Domingo Páez, y fue así como empezó su verdadera aventura llanera, en Barinas, en tierras del mantuano terrateniente Manuel Antonio Pulido, hombre que tendría alguna figuración en aquellos primeros días de la Independencia, en 1810. De simple peón maltratado pasó a ser negociante de ganado para su patrón, y hasta hombre de confianza de éste. Inicialmente, Páez fue víctima de los abusos de un capataz, el negro Manuelote, a quien años después Páez tomó prisionero y, según cuenta, lo trató con la mayor bondad, y que, ante las burlas de los otros llaneros afirmó: Ya sé que ustedes dicen eso por mí; pero a mí me deben el tener a la cabeza un hombre tan fuerte, y la patria una de las mejores lanzas, porque fui yo quien lo hice hombre. A los 19 años se casó con Dominga Ortiz, joven de posición acomodada y dueña de tierras en Canaguá, en las cercanías de Pedraza o Ciudad Bolivia, en pleno Llano barinés. No hay duda de que ya entonces se destacaba como un mozo muy inteligente y activo, que aprendía día a día y que con el tiempo llegó a ser hasta culto.
En aquellos días de la Patria Niña se inició su carrera militar, que lo llevaría hasta el tope, hasta la montaña más alta que alguien pudiera imaginar en su tiempo. Inicialmente sirvió bajo las órdenes de Pulido, luego, caída la primera república, se refugió en Canaguá, de donde debió salir obligado por el gobernador realista Tíscar, a llevar unas bestias a Barinas. Poco después se incorporó a una partida republicana, en el tiempo en que Bolívar llevaba adelante su Campaña Admirable. Luego venció en Canaguá a un jefe realista y fue ascendido a capitán. Pero la reacción del enemigo lo llevó a ser prisionero y a enfrentar en capilla su propia muerte, de la que escapó mediante varias estratagemas, entre ellas la de inventar un “ejército de ánimas” que puso en fuga a los pusilánimes enemigos. Poco después, a comienzos de 1814, se incorporó a las fuerzas de Ramón García de Sena, en Barinas. Luego de un tiempo en Mérida, se incorporó en septiembre a la columna de Rafael Urdaneta que, perdida la segunda república, iba hacia la Nueva Granada. Pronto estuvo en los Llanos de Casanare, y luego de un notable triunfo en Mata de la Miel, fue ascendido a teniente coronel de las fuerzas neogranadinas. Ya su fama se había extendido por todos los Llanos occidentales, y empezaba a hablarse de él como el Taita, que bien podía sustituir al Taita Boves en la admiración de los llaneros. Fue en esos días, en 1816, cuando dio sus primeros pasos en el campo de la política propiamente dicha, cuando Manuel Valdés le ordenó que asistiera a una reunión en la villa de Arauca, en la que se designaría un gobierno provisorio, que quedó integrado por Fernando Serrano, neogranadino, como presidente, Francisco Javier Yanes como Ministro Secretario y Rafael Urdaneta y Manuel Serviez como consejeros de Estado, en tanto que Francisco de Paula Santander quedó designado Comandante General del Ejército. Pero poco después, en septiembre, una Junta compuesta por Juan Antonio Paredes, Fernando Figueredo, José María Carreño, Manuel Antonio Vásquez, Domingo Meza, Francisco Conde y el propio Páez, resolvió deponer a los electos y sustituir a Serrano y a Santander por Páez, ascendido a general de brigada. Obviamente ignoraban, aun sabiéndolo, que Simón Bolívar, en una asamblea celebrada en la Villa del Norte, en la isla de Margarita, el 7 de mayo de ese mismo año de 1816, había sido confirmado como jefe de los independentistas, de todos, incluidos los que habían formado aquel gobierno de Guasdualito. Él lo narra con la mayor candidez en su Autobiografía: El día 16 de septiembre de 1816 llegué al cuartel general de Santander, y después de lo que he referido anteriormente, los jefes y oficiales que habían quedado en el campamento, y una gran parte de los paisanos salieron a recibirme proclamándome su jefe supremo. Sorprendido por aquel suceso les reconvine diciéndoles que cómo desconocían a Santander y demás autoridades que los mandaban. Contestaron que no descubriendo en Santander la capacidad y buen tino para salvarlos en aquellas circunstancias tan peligrosas, habían acordado dar aquel paso “a fin de que yo les liberara de la capilla en que ya se consideraban”, y que no debía negarme a su proclamación una vez que todos estaban de acuerdo en el cuartel general. Les reconvine de nuevo manifestándoles que no estaba dispuesto a apoyarles, y respondieron que no había otra soberanía que la que ellos representaban con la emigración de Nueva Granada y Venezuela, únicas reliquias de ambas repúblicas, y que por tanto estaban en aptitud de resolver y ejecutar lo que más les conviniese en aquella coyuntura. Luego el propio Santander habría aceptado los hechos, y Páez se convirtió en jefe. Había empezado la enemistad entre esos dos personajes, enemistad que le costó la vida a Bolívar, a Sucre y a Colombia la Grande.
Sin duda, era ya el personaje central de la guerra en los Llanos, y el que había sustituido a Boves como jefe, como caudillo de los llaneros. Luego de librar varias batallas, el 3 de enero de 1818 se entrevistó en el hato Cañafístola con el Libertador Simón Bolívar, y de esa reunión salió la unión de las fuerzas de ambos y el reconocimiento de Páez de la jefatura del caraqueño. Unión que, con algunos lunares, se mantuvo firme hasta la batalla de Carabobo, en junio de 1821, con algunos momentos heroicos como la batalla de las Queseras del Medio, conocida como la de “Vuelvan Caras”, y otros menos heroicos, como la de Calabozo, en la que Páez hizo imposible el triunfo definitivo de las armas venezolanas.
Terminada la Guerra de Independencia, Bolívar se fue hacia el Sur y Páez quedó como jefe de Venezuela. Su rivalidad con Santander lo llevó a conspirar abiertamente para deshacer la unión hecha por Bolívar, cosa que logró del todo en enero de 1830, cuando Venezuela se separó de Colombia. Se convirtió en el primer Presidente de la Venezuela separada, dejó a su mujer y se amancebó con una querida, y fue el caudillo de Venezuela hasta 1848, cuando fue derrotado por un antiguo subalterno en la batalla de Los Araguatos. Exilado, trató de regresar en 1849 pero fue derrotado por José Laurencio Silva, que lo remitió preso a Caracas (fue entonces cuando el joven oficial Ezequiel Zamora y sus hombres lo vejaron y lo irrespetaron). Preso en Cumaná, se reconcilió con su esposa, que movió cielo y tierra hasta lograr que lo sacaran del país, en 1850. En 1858 regresó a la patria a pedido de Julián Castro. Luego de luchar contra los federalistas, se convirtió en dictador, y en 1863, debido al triunfo federalistas, salió ya definitivamente al exilio. Admirado y respetado en el extranjero, murió en febrero de 1873, y desde 1888 ha sido huésped involuntario del Panteón Nacional.
Capítulos Publicados:
La niña mopribunda
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
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