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Ante la segunda novela de Francisco Suniaga (1954): El pasajero de Truman. (Caracas: Mondadori, 2008. 305 p.) estamos ante un libro de muy acusados relieves. Fue la mejor novela publicada en el país el año pasado. Y ello no es poca cosa. Y es la reiteración del trabajo de un creador que ya fue ampliamente saludado por su primera novela, La otra isla. (Caracas: Totdmann, 2005. 258 p.) y quien podemos seguir ahora en el esplendor con que usa sus dones literarios.
Pero El pasajero de Truman tiene otras varias aristas que deseamos recalcar: es una novela muy bien trazada por un novelista sabio en el uso de su oficio; es una novela histórica, un buen nuevo jalón dentro de su desarrollo entre nosotros. Pero quizá su logro mayor estribe en la atmósfera lograda por el escritor para situar su obra, es tal que sentimos vivo a su protagonista y a la Venezuela que va pasando ante nuestros ojos.
En este libro Suniaga revive la personalidad de altos relieves dentro de nuestro proceso político a lo largo de medio siglo del diplomático Diógenes Escalante (1877-1964) y el gravísimo drama final de su vida política, que fue sin duda una de las grandes tragedias de nuestra vida política contemporánea: fue el momento en que gobierno y oposición lo apoyaron como candidato a la presidencia llamado a hacer las reformas constitucionales necesarias para que el pueblo escogiera a sus mandatarios a través del voto directo. Se perfeccionaría así la democracia. Sería “el milagro de la purificación nacional”, como escribió Ramón J. Velásquez (“Aspectos de la evolución política de Venezuela en el último medio siglo” en Varios Autores: Venezuela moderna, 1926-1976.2ª.ed.aum. Caracas: Ariel, 1979,11-433. La cita es la p.75). Todo dependió entonces de aquel hombre prominente: pero al inicio de la contienda, en un drama que se desarrolló en cuarenta y un días (agosto 7-septiembre 3, 1945), en solo cinco semanas (p. 204), Escalante enfermó y perdió la razón el aciago lunes 3 de septiembre de 1945. Pudo Escalante, pese a su enfermedad percibir la tragedia, por ello al despedirse en Maiquetía (septiembre 5) dijo a uno de sus principales interlocutores en aquellas jornadas: “Adiós, Velandia, todo llegó demasiado tarde” (p.23). Y el país extravió su rumbo. Por ello al suceso de Escalante en el Hotel Ávila caraqueño puede considerarse como una “debacle” (p.81). A los cuarenta y ocho días se produjo el golpe militar que todo lo alteró (octubre 18,1945), que produjo el sucederse de “dos constituciones (1947 y 1953), ocho gobiernos y cuatro golpes de Estado… sino además el interminable desbarajuste que ha sido Venezuela desde entonces” (p.290-291). A lo cual hay que sumar también el final del mandato el régimen del general Isaías Medina Angarita (1897-1953), pese a sus grandes realizaciones y sentido dado a la democracia, fue sorda ante las peticiones de más democracia que pedía la gente, muda porque no se atrevió a hacer la reforma constitucional requerida lo cual la hizo ciega en sus últimos meses y terminó arrasándola.
No había sido Escalante a lo largo de su carrera un hombre del montón sino figura prominente, uno de “los hombres ilustrados del gomecismo” (p.55), junto con José Gil Fortoul (1861-1943), César Zumeta (1863-1955), Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) y Caracciolo Parra Pérez (1888-1964), tanto que después en sus largos informes, con gran sentido político y honda comprensión de lo internacional, que remitió periódicamente al presidente Juan Vicente Gómez (1857-1935), los que lo hacen un estadista, fue uno de los elegidos, junto con Parra Pérez, por López Contreras para redactar las bases de la transición y modernización del país (p.33), el llamado “Programa de Febrero” (febrero 21,1936), base de la modernización del país. Pero también ambos, Escalante y Parra Pérez, sufrieron de una falta de comprensión de la forma de ser de los venezolanos, pese a haberlos estudiado en los libros y haber estado siempre en vela angustiada por la patria, de no “tener el pulso del país” (p.33), de no comprender la pequeña y malévola vida política venezolana de todos días, aquella que se basa en lo que Herrera Luque denominó “el realismo atroz” (Los cuatro reyes de la baraja. Caracas: Grijalbo, 1991,p.49), por ello conocía Escalante a la “patria y no a los patriotas” (p.34) o, como lo dijo Parra Pérez, en frase rescatada por su biógrafo Tomás Polanco Alcántara (1927-2002), después de haber vivido una situación casi inverosímil, la constante acción que se hace entre nosotros de elevar a los peores y maltratar a los mejores por no tolerarse ni el éxito ni la excelencia, seguramente por envidia (p.120-121), por lo cual sigue cumpliéndose aquello de que a Venezuela el “hijo bueno se le muere afuera y el hijo malo se le eterniza adentro” del verso de Andrés Eloy Blanco (1897-1955). Dijo el doctor Parra: “conozco a Venezuela no a los venezolanos” (Con la pluma y con el frac. Caracas: Banco de Venezuela, 1982, p. 215). Este hecho lo recalca Suniaga con relación a Escalante. Y nos permite pensar que hubo un más allá que la sola enfermedad que seguramente, es nuestra opinión, se presentó de aquella manera por no haber podido responder el candidato al stress que le causó la propia campaña para cuyas sinuosidades no estaba preparado (p. 91). Y la salud estalló, haciéndose presente lo que ya estaba dentro de él.
“Y créame que no he dejado de lamentar que, por una paradoja amarga, ese incidente también haya marcado el final de la tan distinguida carrera del doctor Diógenes Escalante… esa cruel paradoja siempre fue para mí una espina en el costado” (p. 22) dice Román Velandia, uno de los personajes de la novela.
Aquí en El pasajero de Truman todo es reconstruido a partir de una conversación, imaginada por el novelista, que sostienen dos de los testigos del aquel drama, ya ancianos: Román Velandia (el historiador y ex presidente Ramón J. Velásquez) y Humberto Ordoñez (el diplomático Hugo Orozco). Es por ello que ambos se encuentran en Caracas, pasados los noventa años de cada uno, para hacer un asiento que faltaba en sus vidas (p. 10), para mirar “de reojo sus recuerdos y evocar emociones remotas” (p. 22).
Así ellos dos, Velandia y Ordoñez, fueron convocados por las circunstancias a aquella grave hora, cuyo desenlace no pudieron presentir. Ordoñez estuvo durante esas cinco semanas, Velandia veinte y un días (p. 216). Fue “cuando trabajaron juntos durante tres semanas al lado del hombre que vino a salvar a la patria y no pudo. Veintiuna jornadas de vértigo, entre agosto y septiembre de 1945, culminadas en un episodio trágico que habría de marcar sus existencias y el curso de Venezuela para siempre” (p. 9). Tan dolorosa fue aquella experiencia que Ordoñez señala en el palique que sostiene en muy buena parte esta novela que aquel trágico lunes de septiembre de 1945, cuando enfermó Escalante, él murió, “el que vivió después fue otro” (p. 22) porque hasta esa hora Ordoñez había sido el “segundo de primera” al lado del notable diplomático (p. 28, 29), según la expresión de Manuel Caballero aplicada a otro de nuestros Número Dos (Dramatis personae. Caracas: Alfadil, 2004, p. 97-112), el “Sancho Panza imprescindible para acompañar a un gran personaje en la empresa de su vida. Ese era mi trabajo” como dice Ordoñez (p. 28).
Así toda la novela nos va reviviendo el hecho, pero contando al unísono, en contrapunteo, por estos dos protagonistas, uno de los cuales siempre pensó “esta historia debió contarse a dos voces. Nunca estará completa sin su versión” (p. 20) porque si ambos no hablaban, no recordaban, no revivían lo vivido, ese suceso no estaría completo para la historia.
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EL DOCTOR ESCALANTE
Así la esencia de El pasajero de Truman lo encontramos en ciertos pasajes en donde el libro se va definiendo y dibujándose ante el lector. Todo ello nos permite conocer la personalidad de Escalante la cual ha estado oculta en una “nebulosa” para los venezolanos (p. 165), incluso para los historiadores quienes sólo examinan su drama de 1945 y no todo el correr su luminosa vida, toda ella vivida en servicio de Venezuela.
Escalante era un abogado, diplomático y político de convicciones democráticas. Vivió la mayor parte de su vida activa, cuatro décadas (1905-1945), en el exterior. Y por su larga permanencia en el exterior “era un extraño, que no conocía al país, que era un lord inglés que nada tenía que ver con Venezuela, que hablaba español con acento extranjero… El era un político de largo ejercicio, aunque de la alta política, de la civilizada, no de la carnicería que hemos tenido aquí por política” (p. 37).
Y como demócrata, pese a ser alto funcionario del gomecismo, largos años embajador en Londres, su sueño era traer ese régimen completamente democrático a Venezuela el cual no se había podido establecer plenamente por el miedo a este sistema, por el temor de que el pueblo se expresara por sí mismo, que tuvo la elite que gobernó (pp. 98 y 106), muy bien, demasiado bien, hay que reconocerlo, una vez muerto Gómez, la que en todo momento se negó a establecer la elección directa, por voto popular, universal, directo y secreto, de los gobernantes, lo cual haría la democracia plena, era este “el proyecto más importante desde la Independencia” (p. 107), pese a lo cual Escalante, buen político, había pedido serenidad para actuar a las fuerzas políticas (p.107). A hacerlo por convicción propia vino Escalante: “Yo era… un demócrata, un civil y civilizador, un hombre de leyes” (p. 211).
Momento trágico si los ha habido en la historia de Venezuela (p. 9), “la peripecia más infortunada vivida por Venezuela en el siglo XX” (p. 16).
Drama político por lo que se iba a definir tras aquellas elecciones que daría lugar a la “transición política más trascendental del siglo XX” (p. 19)
“Para mantenerse a flote en esa turbulencia disfrazaba su megalomanía con la convicción moral de que él era la única persona que acertaba al interpretar el momento histórico, que su presencia en Miraflores era imprescindible” (p. 123). Megalómano en el sentido que siempre había deseado ser presidente y había sido candidato en el gomecismo como un posible “presidente del Presidente” en 1931, según la expresión utilizada por el historiador Antonio Arellano Moreno (1912-1982) en uno de sus libros (Mirador de la historia política de Venezuela. Caracas: Edime, 1976, p. 159) o el “minúsculo” como se decía entonces porque el “mayúsculo” era el tirano (p. 35). Fue también precandidato al final del lopecismo en 1941. En ambos momentos no logró ser presidente. Y nunca, tal el suceso que cuenta Suniaga, lo lograría ser por haberse cruzado en su camino, cuando lo pudo ser, los hados de la historia.
Escalante “Al mismo tiempo estaba muy consciente de la precariedad de su salud” (p. 123). Que no estaba bien lo había percibido dos años antes el psiquiatra Rafael Vegas (1908-1973), Ministro de Educación entonces, quien se lo comunicó al general Medina tras haber presenciado una entrevista con el entonces Embajador en Washington con el presidente en una de las periódicas visitas que Escalante debía hacer al mandatario, reuniones importantes si se piensa, aunque sea sólo eso, que se estaba en plena Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y que el petróleo venezolano fue esencial para el triunfo aliado contra el nazismo. Medina no escuchó la observación de Vegas, hecho que conocemos por haberlo consignado el doctor Julio Diez (1912-1985), ministro del Trabajo entonces, en sus memorias (Historia y política.2ª.ed. Caracas: Pensamiento Vivo Editores, 1963, p.8). De haber escuchado a Vegas el presidente Medina hubiera evitado aquella grave crisis. Pero en general los mandatarios venezolanos olvidan que escuchar es su primera obligación, sobre todo en aquel momento la autorizadísima observación del doctor Vegas.
Y tenía Escalante un proyecto para gobernarnos: “En un sola palabra: democracia. Y ese era mi gran propósito, conducir un proceso político que, dentro de los cauces de una nueva constitución, nos condujera a una auténtica democracia. Una constitución que todos respetaran porque todos sientan que la escribieron, que fuese parte del alma de cada uno de los venezolanos… Y lo se que necesitaba era una constitución de verdad, que fijara las reglas de nuestra convivencia, que nos permitiera hacer predecible la sucesión presidencial en lugar de crear una disyuntiva trágica: encontrar un presidente que la mayoría aceptara o una guerra civil” (p. 178).
Y lo que pensaba hacer desde el inicio del período presidencial de 1946 era: “Pensaba exponerle mi plan de manera sencilla: estaría en el poder dos años. El tiempo necesario para aprobar una constitución de manera amplia, consensuada y con el voto libérrimo de los venezolanos” (pp. 208-209). Y ello porque su deseo no era otro, para ello se había preparado durante medio siglo, que dar nacimiento a la Venezuela “civil y democrática que durante tantos años, tantos venezolanos, habíamos soñado” (p.210). Estaba también consciente del atraso político en que vivía el país entonces, pese a avance en derechos humanos logrado bajo López Contreras y Medina. Y Escalante era entre aquella elite que gobernaba en el país el hombre correcto, “no era un militar…era un demócrata, un civil y civilizador, un hombre de leyes” (p. 211).
Y se había preparado en Europa para ser presidente pero “Mientras más me iba formando y adquiriendo conocimientos, más ignorantes e incapaces me parecían quienes en mi país, desconociendo cómo se mueve el mundo, ejercían el Gobierno” (p. 180).
Y tenía planes económicos muy claros, sabía la necesidad que tenía el país de industrializarse, de crear riqueza, cosa que había que hacer con empresarios destacados, de allí su relación con Eugenio Mendoza (1906-1979), estaba también convencido de que “el problema de un gobernante no es que haya ricos, sino que haya pobres… Y para llegar a ser una sociedad exitosa, sólo se necesita repartir la renta de manera equitativa y que los venezolanos, todos, como si estuviéramos en un ascensor, subamos a un piso en cada generación” (pp. 118-119).
Si bien esta es una obra sobre todo el correr político de nuestro siglo XX también constituye una de las más amplias, y estimulantes, meditaciones sobre lo que es y no es Venezuela, sobre nuestro devenir, sobre nuestro fracaso. Y es, desde luego, una reflexión sobre el poder.
Y es dentro de esa centuria que actuó Escalante, trabajando contra lo que hay que siempre hacer entre nosotros la “carrera contra la tragedia” (p. 77) que no es sólo la que el vivió en el cuarenta y cinco sino todo el decorrer de nuestra peripecia, la que se espiga desde el “bochinche” de Miranda (julio 31, 1812), desde el “el mundo es del hombre justo” del doctor Vargas (julio 8, 1835) cuando quiso sujetar a la militarada, encarnada aquella madrugada por Pedro Carujo (1801-1836) o la controversia de un mes del maestro Rómulo Gallegos (1884-1969) ante los oficiales castrenses por detener el golpe (noviembre 24, 1948), durante las cuales se sintió Santos Luzardo resistiendo las tentaciones de Doña Bárbara, como lo confesó al testigo de excepción de aquellas horas, el doctor José Giacopini Zárraga. Eso debió hacer también Escalante. Y de allí sus meditaciones sobre la marcha de Venezuela que aquí hallamos.
EL ANTI MAQUIAVELO CRIOLLO
Ofrece también Suniaga en los entrelíneas de su escribir una suerte de Vademécum, un manual, sobre la forma como se ha ejercido la política entre nosotros, contradiciendo siempre todo el sentido de la prudencia, olvidando a cada paso qué es gobernar y que la política es el arte de lo posible. Es otra vez lo que hemos denominado el anti-Maquiavelo criollo, desarrollado antes tanto por Ramón J. Velásquez en sus Confidencias imaginarias con Juan Vicente Gómez. (Caracas: Ediciones Centauro, 1979. 480 p.) como por Francisco Herrera Luque (1927-1991) en Los cuatro reyes de la baraja. (Caracas: Grijalbo, 1991. 260 p.) y aquí ampliado por el ojo también zahorí de Suniaga. Y lo hemos denominado anti-Maquiavelo porque aquí se ha mandado contradiciendo siempre las máximas del florentino impar.
Ese prontuario debe comenzar con esta observación que leemos aquí: “Esas claves ocultas… que los venezolanos mismos somos incapaces de traducir en palabras y que cada uno de nosotros comprende sin que nadie alguna vez haya explicado” (p. 95).
Y el sumario al cual aludimos es este:
”pero en Venezuela todas las cosas se tuercen” (p. 27); “este es un país complejo y complicado aunque no lo parezca, que cambia más rápido de lo que se puede percibir” (p. 34);“este país forjado a golpes de hacha y machete” (p. 36); “en Venezuela nada es nuevo…Aquí todo se repite. Nuestros autócratas, de 1830 en adelante, han sido cortados por la misma tijera, no se puede disentir de ellos, ni advertirlos, ni aconsejarlos” (p. 37). Muchos de nuestros gobernantes, como lo advirtió César Zumeta (1863-1955) han sido psicópatas y psicopatógenos. Era el caso de Cipriano Castro (1858-1924): “estaba loco y tenía la insólita cualidad de volver locos a los demás” (p. 43); “en nuestro país no hay paz que dure mucho” (p. 47); somos ”un largo y doloroso enredo” (p. 49); “La dimensión de lo ridículo es uno de los parámetros que los autócratas rompen… Los autócratas no sólo son psicópatas y psicopatógenos… también son ridículos y ridiculizadores” (p. 54); somos una nación en la cual no hay que confundir influencia con poder, “Confundir ambas categorías es una falta grave en política porque, en este negocio, el poder es la divisa verdadera” (pp. 55-56); ”ese antiyanquismo resentido que tanto se ha cultivado en Venezuela y nos ha hecho más daño que el paludismo” (p. 61); ”esa cadena interminable de rencillas personales que en Venezuela nos empeñamos en llamar ‘historia patria’” (p. 72); “entre nosotros ha sido práctica, desde la Independencia, que los caudillos se peleen por el poder sin pensar en las consecuencias que su pleito tendrá para las instituciones y para los ciudadanos, concepto este que, dicho sea de paso, les cuesta asimilar; prefieren hablar de pueblo” (p. 73); “Eso de que Venezuela entró al siglo XX en 1935, a la muerte de Gómez, es verdad, pero lo que nunca nadie ha dicho es que ese pasaje tiene retorno y que, en medio de nuestros desencuentros, puede cualquiera hacernos retroceder al siglo XIX” (p. 73); y sobre el orden social, tan necesario para la construcción de la sociedad, la nación y el país leemos: “El problema es que cuando se pierde y la anarquía destruye las sociedades, se cae en cuenta de que el orden hay que cuidarlo a diario porque es muy difícil restablecerlo una vez que desaparece” (p. 73); “En el fondo Venezuela nunca ha cambiado ni cambiará. Se hizo de prisa, se independizó de prisa y ahora hay quienes tienen prisa por sacarla del atraso. Pero el precio de la prisa histórica ha sido demasiado alto” (p. 74); “Venezuela es un país levantisco” (p. 76); “la situación más incierta que persona alguna podía confrontar: ser presidente de una Venezuela que no tenía noción de lo que era ni a dónde iba” (p. 88); era una nación en la cual ni siquiera hay una oligarquía porque a lo que se llama así es solamente: “esa macolla de tontos… no se podía considerar oligarquía a tres o cuatro ricos sin visión ni sentido de clase dominante; unos inmigrantes recién llegados que no llevaban el país en el corazón, y otros, sobrevivientes de la clase mantuana que había sido aniquilada en las guerras de Independencia y Federal. Mi opinión… era que en Venezuela la oligarquía había sido un invento del caudillaje militarizado que ocupaba el poder desde que Bolívar lo dejó en 1828” (p. 97); “La política había sido para nosotros una paradoja… tratábamos de enmendar un entuerto y creábamos otro… la política en Venezuela… era la resultante de una mala praxis continuada de la viveza criolla” (p. 99); “Venezuela… era una potranca salvaje que no se acostumbraba a la silla de montar y para ser su jinete no bastaban la habilidad y sabiduría; había que tener mucha fuerza física” (p. 104); en el ejercicio de la política en Venezuela no se pude confundir tener influencia con tener poder (pp. 55-56) porque “el poder es la divisa verdadera” (p. 56); “Si en Venezuela hasta lo escrito y notariado es incierto” (p. 208).
LA POLITICA
Y más allá de todas las dolorosas reflexiones que hemos citado las cuales explican muchas realidades que vivimos. Debemos señalar que están en El pasajero de Truman unas reflexiones sobre lo que es la política del ex presidente Raúl Leoni (1905-1972) que no vacilamos en citar íntegras. Son tan sustanciosas como otras que dijo otro líder Jóvito Villalba (1908-1989), rescatadas hace poco por Heraclio Atencio Bello (1944), dignas siempre de toda meditación.
Estas son las de Leoni: “El primer derecho es el que priva por encima de la totalidad de las normas, incluyendo las constitucionales, es el que deviene de la realidad humana que te rodea. Sus reglas no están escritas en ninguna parte. A pesar de eso, forman un código que te dice de manera exacta lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer en un contexto determinado, en una sociedad. Ese derecho primario… se llama política, y sus reglas, con todo y ser obvias, pocos las perciben y menos las respetan. Lo paradójico es que esas reglas son mucho más rígidas y sus sanciones mucho más duras que las normas del derecho penal más severo, por lo que los políticos deberíamos prestarle mucha más atención. Un político, para ser bueno, tiene que conocer y respetar ese código porque de no hacerlo, estará condenado a llevarse una derrota tras otra y a sufrir duros golpes en el plano personal… Un buen político es aquel que mantiene el equilibrio entre lo que cree que se debe hacer y lo que reconoce que se puede hacer. En otras palabras, equilibrio entre su concepción de lo ético y sus emociones, por un lado, y el oficio político desapasionado, por el otro. Si solo cuentas con una de esas dos condiciones serás un ingenuo o un cínico, jamás un buen político” (pp. 262-263).
Las de Jóvito Villalba fueron estas: “La política es pugna de intereses y competencia de ambiciones, pero es también paradójicamente, trabajo por el entendimiento entre los hombres y la unidad de las fuerzas sociales. En esta aparente o real contradicción de sus fines residen su interés y su grandeza. Gracias a esta contradicción, en el tablero de la política se encuentran y alternan el rufián con el apóstol, el demagogo con el estadista y el tirano con el libertador; y la historia, que es en gran parte el discurrir de la política, nos presenta la sucesión de angustiosos momentos de violencia y caos con sublimes horas de afirmación e integración humana” (Varios Autores: Cuando el Estado empobrece a la nación. Caracas: Fundación Venezuela Positiva, 2006, p. 27).
LA TRAGEDIA DE ESCALANTE
Y el periplo de Escalante fue un drama, incluso quizá sino hubiera enfermado porque entre otras cosas sólo se había escogido a una persona, colocado como un ser providencial para resolver todo aquello que el conservadurismo del general Medina y su equipo no se había atrevido a hacer por creer que el pueblo venezolano no estaba preparado por tomar decisiones por sí mismo.
EL VOTO PARA TODOS
Se creyó por mucho tiempo y por los mejores venezolanos, ya lo hemos advertido, que el pueblo venezolano no estaba preparado para darse sus mandatarios y sus parlamentarios por sí mismo. Era una falacia porque era imposible que lo aprendiera hacer si no se le permitía hacerlo. Nuestras mayorías al tener el derecho, a partir de 1947, cuando se eligieron los miembros de la Asamblea Constituyente, dieron pruebas de poderlo hacer. Y de allí en adelante ha sido el voto el que ha decidido el futuro del país, para bien o para mal, porque no siempre se ha elegido al nuevo mandatario exacto pero siempre estos han sido elegidos por la mayoría. Por ello ha pervivido la idea del presidente Rafael Caldera de que “el pueblo nunca se equivoca”, lo cual es una consigna hondamente democrática. Y el voto ha sido desde los años cuarenta para los venezolanos la gran arma democrática, la que nos dio, junto con el Pacto de Punto Fijo (1958), cuarenta años de estabilidad política y pudo convertirse así la democracia en el régimen político más longevo de nuestra historia, sobre todo a partir de 1985 cuando pudimos comprobar que el régimen democrático había sido más largo que el paecismo, el guzmancismo y el gomecismo juntos.
Y también el voto ha servido para resistir, para añorar nuevos días. Tal lo sucedido en Venezuela en las elecciones del 30 de noviembre de 1952 cuando el país pase a vivir en una dictadura optó con sus votos por la democracia. Lo dejó claro, pese a haberse presentado al final de aquel día el fraude electoral capitaneado por Pérez Jiménez y su camarilla.
Y los venezolanos votaron antes y votan ahora, es su única manera mayoritaria de opinar, para poner fin el régimen que vive el país en estos días trágicos. De allí, que pese al fraude continuo practicado por el chavismo, y que tuvo su hora más dolorosa el 15 de agosto de 2004, nuestros hombres y mujeres hayan seguido porfiando con su voto entre los dedos. Las victorias del 2 de diciembre de 2007 y del 23 de noviembre de 2008 así lo atestiguan. Y será con una inmensa cantidad de votos, con una gran avalancha de ellos, que se apuntalaran nuevos días, siempre democráticos, para la nación que lo es en la esencia de sus espíritus.
EL PUEBLO INMADURO
Pero si bien se puede acusar al presidente Medina por no haber impulsado aquella necesaria reforma constitucional para la aprobación del voto universal y por haber pervivido en aquellos días la falaz idea de que el pueblo no estaba preparado para ejercer el sufragio, y por lo tanto sus derechos políticos, esa negativa fue una de las razones primordiales, además de la presencia de la “internacional de la espadas” y la vocación de poder de Rómulo Betancourt (1908-1981), para su caída. En verdad la que idea de que el pueblo venezolano no estaba preparado para gobernarse es muy vieja, se ha desarrollado a todo lo largo de nuestro proceso como nación y puede rastrearse a lo largo de la historia de nuestras ideas. Y en ello el general Medina y sus ministros apenas se hicieron eco de aquel miedo, infundado en todo sentido, y no dieron marcha adelante en la reforma constitucional cuya necesidad se voceaba desde la calle.
Y fue cuando pusieron sobre las espaldas del animoso doctor Escalante la responsabilidad de hacer aquello que ellos no habían sido capaces de hacer.
Y con esta observación para nada negamos todo el sentido constructivo que tuvo el régimen de Medina. Y además tampoco escondemos que como consecuencia del golpe del 18 de octubre de 1945 se rompió en el país la continuidad institucional que se venía desarrollando al menos del gobierno del presidente Gómez y que había permitido el reinicio del régimen democrático bajo López Contreras y la continuidad del mismo con Medina. Todo ello se rompió aquel día.
Por ello la expresión del doctor Escalante “mi carrera contra la tragedia” (p.77), tiene varias connotaciones si bien su grave dolencia las detuvo.
“Cuando veo lo que ha acontecido aquí desde 1945 es cuando más me convenzo de que el descalabro del doctor Escalante fue un gran infortunio para Venezuela. El insistía en crear instituciones fuertes y autónomas, que frenaran esa tendencia, tan nuestra, de hacer lo que nos venga en gana” (pp. 121-122) dice en la novela uno de los testigos-protagonistas.
UNA HISTORIA DE 1845
Un drama parecido como el de Escalante en el siglo XX se nos presentó en el siglo XIX: en 1845, curiosamente un siglo antes, con la escogencia del general Rafael Urdaneta (1788-1845) para la presidencia, sería el sucesor del presidente Carlos Soublette (1789-1870), lo cual hubiera permitido que el régimen deliberativo continuará por el sendero que venía transitando con tanta suerte desde 1830. Pero el general Urdaneta falleció en París antes de las elecciones. Y la escogencia que se hizo entonces del nuevo candidato se convirtió un grave error del grupo paecista, nos llevó a una autocracia: la del general José Tadeo Monagas (1784-1868) y de su hermano José Gregorio (1795-1858) quienes se pasaron el poder uno al otro a lo largo de once años. Aquel año 1845 todo pendió y dependió de Urdaneta, de una sola persona, de la misma manera que un siglo después, contado día por día, mes a mes, año a año, todo iba a ser responsabilidad del doctor Escalante. Pero se presentó la tragedia, en el sentido griego del término (p. 289).
(Leído en la sesión del “Círculo de Lectura” de la Fundación Francisco Herrera Luque”, en Caracas, la tarde del martes 3 de febrero de 2009).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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