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El marqués del Toro, que había atravesado el Atlántico, de la Península a la Provincia, con un rimbombante título militar, pero que no tenía en realidad experiencia bélica, y sí alguna en intrigas más o menos palaciegas en un medio rústico, fracasó ruidosamente en su empeño por convencer a los corianos y luego someter a sangre y fuego al gobernador Ceballos, que había hecho suyas dos causas: la de impedir cualquier intento de Independencia y la de recuperar para Coro la condición de cabeza de la Provincia de Venezuela. En Caracas se organizó un auténtico ejército de 4.000 hombres, mal armados y peor entrenados, que deben haber supuesto que la expedición tendría más bien un carácter de excursión, y se encontraron con una nada agradable sorpresa. En primer lugar, el solo viaje era de por sí una aventura complicada. Los caminos de entonces eran pésimos, y muy pocos de aquellos improvisados militares estaban acostumbrados a las penurias que debieron enfrentar, en especial el jefe de la expedición, un aristócrata criollo que había vivido en Madrid y en Caracas entre lujos y elegancias y debió verse muy apurado para recorrer las 150 leguas de caminos, o más bien picas, trochas y senderos, anegados y maltratados por la temporada de lluvias que separaban a Caracas de Coro, ciudad que atacó el 28 de noviembre sin la más mínima posibilidad de éxito. Coro y Maracaibo habían tenido tiempo para prepararse a defender su territorio, y lo hicieron con saña, obligando al desdichado marqués a regresar a Caracas con el bastón de mando entre las piernas. Entre unas piernas que sostenía la humanidad de un hombre que en cierta forma representa lo que en realidad debieron vivir casi todos los hombres importantes de su tiempo, con la excepción de los héroes: Toro fue fundador de la República, luego traicionó a la República, después fue y volvió y volvió a ir y volvió a venir, hasta que al final, cuando la República era algo definitivo e irreversible, se adaptó a la realidad y se convirtió en prócer. “Las visibles inconsistencias del marqués, sus idas y venidas, no son exclusivamente expresión de una peripecia personal, sino también manifestación dramática de los cambios y reacomodos que generó el proceso de la Independencia entre nosotros”, dice Inés Quintero al final de su libro sobre el marqués del Toro, y tiene toda la razón.
Ya en Caracas había empezado la resistencia más o menos subversiva contra el ejemplo que la misma Caracas dio. Los hermanos Francisco, José y Manuel González de Linares se habían combinado con el doctor José Bernabé Díaz, miembro del Tribunal de Apelaciones, para tumbar a la Junta y formar otro gobierno verdaderamente leal a España. Francisco González de Linares Vélez y Mier y Terán, nacido en Santander, en España, probablemente en 1776, aparecerá en 1820 como uno de los negociadores, por el bando realista, de los tratados que regularizaron la guerra, en Trujillo, en 1820. Fue un exitoso comerciante, establecido inicialmente en La Guaira y después en Caracas, en donde fue el verdadero introductor de la industria gráfica. En 1804 se casó con su prima hermana María Antonia Vélez de Mier y Terán. En 1808 fue un decidido adversario del intento de creación de una Junta, en la llamada “Conspiración de los Mantuanos”, pero en 1810 aceptó, tímidamente, los sucesos, y hasta fue nombrado miembro del “Tribunal de Policía”, que nada tenía que ver con lo que entendemos por policía, sino con el control de pesos y medidas en la compraventa de bienes, especialmente de abastos. Luego de ser cabeza de la conspiración, estuvo preso un tiempo. En 1820 fundó la Sociedad de Unión de Ambas Españas, que, como su nombre lo indica, buscaba la reconciliación y la vuelta al status de 1807. Un año después abandonó Venezuela, y murió al poco tiempo de llegar a su España natal, en marzo de 1821. Su hermano, Manuel, fue como la sombra pequeña de Francisco. Se casó también con una Vélez y Mier y Terán (María de la Concepción), y participó activamente en la conspiración dirigida por su hermano. En 1812, cuando los realistas echaron a los republicanos, el segundo Linares colaboró con Monteverde como delator de muchos de los que fueron arrestados y hasta asesinados por haber participado en la vida republicana. Cuando Bolívar recuperó Caracas, se refugió en Curazao, en donde estuvo hasta que Boves recuperó la capital. De regreso, se dedicó activamente al comercio con su hermano Francisco. Fue fundador, junto con Lino Gallardo, el autor del “Gloria al Bravo Pueblo” y a quien le han escamoteado la autoría, de la Sociedad Filarmónica de Caracas. Poco después estuvo entre los que exigían la puesta en vigencia de la Constitución liberal de España, y en junio de 1820 fue designado Alcalde Segundo de Caracas, aun dominada por los realistas españoles. Con su hermano fue fundador de la Sociedad de Unión de Ambas Españas. A comienzos de 1821 fue juez de Imprenta de Caracas, lo que equivale a censor. Y luego de la derrota española de Carabobo, emigró a España, probablemente con su hermano. Y más nada se supo de él. En cuanto a la conspiración de estos hermanos, no debe haber sido organizada con demasiada inteligencia. Los hermanitos (y concuñados), combinados con el magistrado José Bernabé Díaz, pensaban “tumbar” a la Junta y montar en el poder a Dionisio Franco, director de la Renta del Tabaco, Josef Limonta, contador mayor, Antonio Fernández de León (el marqués de Casa León, que en 1808 participó en la Conspiración de los mantuanos y fue preso a España, de donde regresó con su flamante título nobiliario y perdonado, gracias a la influencia de su hermano Esteban) y el arzobispo Narciso Coll y Prat. Y la idea era que los nuevos jefes reconocieran a la Regencia Española y dejaran de lado toda tendencia que pudiera oler a Independencia. Pero la imprudencia los delató. El militar español José Mires, en cuya Academia de Ingeniería estudió Antonio José de Sucre, y quien después participó activamente en la lucha contra los realistas en el Sur de América, y otro militar peninsular, Manuel Ruiz, alertaron a las autoridades. Pero también la indiscreción de un cura, Francisco Bolea, que le contó lo que sabía al cura Madariaga, sirvió para que las autoridades actuaran. Rápidamente arrestaron a civiles y militares, entre ellos Antonio de Mata Guzmán padre de Antonio Leocadio y abuelo de Antonio Guzmán Blanco, así como José Girón y José Montiel, que de inmediato confesaron su participación en el plan y delataron a todos los que estaban en el ajo, entre ellos Juan Vicente Echeverría, de los mismos Echeverría del que quiso tumbar a Juan Francisco de León, y el cura párroco de Candelaria, José Antonio Montenegro. De inmediato se abrieron los procesos contra los implicados. Coll y Prat, tal como Casa León y los otros candidatos a miembros de la Junta, alegaron que no se les había consultado. El abogado Díaz terminó confinado en Barcelona, Bolea fue expulsado del país, Guzmán fue a tener a Puerto Cabello (en Caracas, preso, reconoció a sus dos hijos, Antonio Leocadio y su hermana), y los hermanos González de Linares quedaron encerrados en las bóvedas de La Guaira, las mismas que recibieron a los españoles que generaron la rebelión de Gual y España, y las mismas en donde fue encerrado en 1812 Francisco de Miranda. Fueron finalmente liberados, tal como Guzmán, por Domingo de Monteverde, cuando cayó la primera república.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
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