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Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

« Por culpa de mi PadreAhora sí fue una victoria pírrica »

El silencio como paisaje

1.-
El paisaje nos mira. Su ojo analítico promueve la fijación de un espíritu que se agita en la sustancia de la mirada. Nos encaja las profecías de un estatismo riesgoso. Lo describimos con Michelet y nos entrega las formas y los colores. Pero nos deshacemos desde el adentro de una estación permanente, el afuera, lo que nos corrompe.
Miramos el lienzo, la espuma de un mar que nos moja los pies: sentimos la mordedura de un pez despedazado por las mareas y los miedos nucleares. Repasamos entre arenas y piedras insensibles la superficie marina, la curva cabalística de una elipsis hecha palmera. Sumidos en el rotar de la tierra y sus misterios, dejamos a un lado los símbolos, los lugares donde la muerte ofrece sus respuestas.

2.-
Ya en la habitación del hotel, espacio de alquiler para profanar la tierra y adherirnos al cielo, resignado por las inflexiones que no termina de llegar, siento (la primera persona aísla cualquier responsabilidad ajena) la hipnosis de la altura y las profundidades. Sobre la cómoda cama el cuerpo navega levemente, sin sobresaltos, sin el humo de la gran ciudad, investido por la fuerza de un globo que abarca el infinito y el ahogo de quienes habitan la desolación.
Miro las hojas secas. Y el mar ya no existe, se ha alejado en la medida en que cuento los hilos de la carretera. El “espacio informe” de Valéry empuja el recorrido de los ojos: la sombra zumba sobre la hojarasca y miles de corpúsculos diseñan el universo en que la observación, la curiosidad relaje las frases y las desaparece. El paisaje queda detenido, eterno. Pero hay un algo que somete el panorama a una prueba terrible. Hay un agobiante destino en la textura de esa realidad externa. No hay pisadas, el venado y el toro han dejado las huellas bajo las hojas: la tensión de esa memoria hinca el pecho, me acerca al fin de la dicha. La misma felicidad que me entrega este admirable reposo es una muerte poco dialogada. Un concepto, una analogía que revierte la luz y sus formas. La capacidad para acceder al espíritu de la quietud me asombra y me retiene. ¿Qué hay en el interior de ese pasmo, que me destina la contemplación? ¿Qué designios debo enfrentar? Las hojas siguen allí, no abandonan la sombra, más bien se hace noche con las horas. La alusión a esta sustancia me vuelve a la biblioteca –estoy en el bosque- para aprestarme a la religión de Swedenborg: las correspondencias, los diálogos cruzados entre tiempos e imágenes, la confusión y el caos bajo la visión de un mundo que se aleja y regresa. ¿Acaso soy un héroe, un homicida, un criminal que usa la oscuridad para luego tener en la luz el disfrute de la inocencia? De esa permanencia bajo este árbol nutricio, aquí en mi tierra de polvo amarillo, sólo me queda un rasguño de la infancia, un golpe de alambre y un olor que aparece cuando llueve. Pero este silencio, este líquido que corre por mis oídos tiene en mis próximas palabras una sola salida, un agujero de tinieblas por donde algo tiene que emerger.

3.-
Anoche (¿cuánto hace de eso?) soñé con mi muerte. Me miraba desde el techo. Pero ya no era mi muerte. Era la muerte del Otro, una conciencia ajena que regresaba de un largo paseo por un desierto de Marruecos: las sandalias a la entrada de Rabat, en 1971. aquellos ojos privados de luz en la caverna de la droga, donde Bogart y yo nos sentamos un día, ya fallecido el famoso actor en mi adolescencia aturdida. Y allí en la habitación, treinta años después, se aparece aquella imagen, la muerte ajena, la de quien presume ser el Otro, la descubierta en un espejo: el lugar se desdibuja en los colores que los sueños seleccionan, atiban.
Favorecido por las palabras que me dice, la hago retroceder. Esta noche no es mi tiempo. Ni es la muerte que creía. El espacio, un espejismo, la arena caliente del desierto de mis 19 años, la sed y los policías detrás de los narcotraficantes que evadían las fronteras y los niños de Fez y Tánger ofreciendo debajo de sus túnicas los humos del hachifs, los servicios mudéjares de caderas y prominencias de bustos virginales. De todo eso queda una línea vertical que atraviesa mis ojos, una espina en el talón derecho y mi pasaporte confiscado por este mi rostro árabe. A tantos años, un paisaje, esos lugares, pero no hay palabras, no hay música, no hay quejas ni balazos, no hay chasquido de carne seca, no hay autobuses repletos de turistas, sólo la cara de un hombre que persigue el silencio de los beduinos, la carga sideral de los nómades. Y allí sí estoy, enana caravana que trae de regreso a Barcelona, luego a Madrid, al silencio. A esta muerte que hace más de tres décadas fue paisaje.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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1 comentario

Comentario De: Gonzalo Palacios G. [Visitante]
Gonzalo Palacios G.Alberto:“Para llegar [a ese paisaje solitario y desolador] el alma debe ser guiada más allá de sí misma, más allá de todo su entendimiento y comprensión. Entonces podrá beber del riachuelo en su manantial, la fuente de esas aguas verdaderas y esenciales. He aquí el agua dulce y fresca y pura, tal como lo es cada riachuelo en su fuente antes de perder su frescura y su pureza.” (Thomas Merton cita a John Tauler), un gran abrazo, Gonzalo Palacios G.
28.11.08 @ 13:44
de Eduardo Casanova

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