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El hombre vive en relación con otros hombres. No hay sociedad sin individuos ni individuos sin sociedad. Al reflexionar sobre esta mutua relación, algunos autores asignan mayor importancia a uno de los dos términos y colocan al otro a su servicio.
Según este criterio, las cuatro ideologías políticas fundamentales pueden ser divididas en dos grupos: las totalitaristas: socialismo y nacionalismo, que priorizan al grupo; y las individualistas, liberalismo y anarquismo, que dan prioridad al individuo.
El término Totalitarismo es entendido como dominio del Estado en cuanto entidad colectiva que pesa sobre el individuo y lo utiliza para sus fines de poder absoluto.
En las concepciones transpersonalistas, representadas por el totalitarismo, el hombre no es considerado como ser moral con dignidad, como persona que tiene una singular misión a cumplir por su propia cuenta. Por el contrario, es utilizado tan solo como material para la realización de finalidades que trascienden su propia existencia moral, como instrumento para fines ajenos a su vida; por tanto, se la valúa no como un sujeto que es sustrato de la tarea moral sino como mercancía que tiene precio, en la medida en que resulta aprovechada para una obra transhumana (ajena a la individualidad), que encarna el Estado.
Son expresiones del totalitarismo las doctrinas de la Antigüedad pagana, las romántico – tradicionalistas, los idearios ultraconservadores, el militarismo, el belicismo, el Fascismo, el Nazismo y otros programas similares.
La doctrina política de Hegel constituye una de las aportaciones principales al pensamiento político transpersonalista o antihumanista. El hombre es persona, tiene una significación valiosa, no en tanto que individuo, como ser para sí mismo, sino en la medida en que participa en el “Espíritu Objetivo” del pueblo, encarnado en el Estado, y se halla totalmente subordinado a éste. El hombre vale en la medida en que se desindivualiza y se sumerge en lo general: es la razón transpersonal que encarna el Estado, manifestación del “Espíritu Objetivo” que el Estado representa.
Según lo dicho, la misión del Estado se rige por el espíritu universal, y su misión no está sometida a los principios de justicia y moralidad, pero tampoco debe respetar las reglas de equidad o tolerancia que son de estricta naturaleza humana aunque no quepan dentro del orden jurídico.
El totalitarismo considera que no existe otro tribunal que la historia, que dicta sus fallos mediante la guerra para dirimir las diferencias y conflictos entre los Estados. Por este sentido belicista, mantienen como el programa de mayor importancia la acumulación de poder en el Estado, como un fin en sí mismo: el poder por el poder. Esto sirve de motivo a la militarización del Estado, es decir la superposición de la clase militar como la jerarquía superior del Estado, y a la vez la militarización de otra serie de funciones sociales distintas de la defensa nacional. Detrás de la expresión del poder magno hay valores místicos y sobrenaturales, que confieren al conductor títulos que encierran un destino histórico, o la encarnación de la sustancia de la raza.
Los totalitarismos fascista y nazi presentan esos caracteres en grado mayor: 1.- Niegan el sentido y la misión moral del hombre. El grupo prevalece sobre el individuo y el hombre es su instrumento. 2.- Divinización del Estado elevándolo a la categoría de Dios único, ante el cual se exige veneración y sumisión absolutas. 3.- Nacionalismo exaltado. 4.- El belicismo a ultranza: el hombre ha nacido para la guerra y el país es un cuartel sometido por el caudillo. 4.- El dirigente y caudillo es visto como ser sobrenatural. 5.- El poder no tiene límites.
Como orden político y social, el régimen totalitarista de Hitler consistía en la aplicación de los principios de la derecha tradicional: lucha contra lo que ellos calificaban como los falsos dogmas de 1789, eliminación de las ideas democráticas, repudio al liberalismo, el marxismo y la lucha de clases. Decían que un pueblo es una jerarquía de familias, de profesiones, municipios, responsabilidades administrativas, familias espirituales. El Estado debe ser autoritario y jerarquizado, en la busca de una organización profesional corporativa. La idea del retorno a la tierra y a los orígenes, que se observa de modo notable en la exaltación del arte musical de la Alemania nazi, es otro elemento característico del totalitarismo. Todos esos dogmas podían resumirse en la fórmula: “Trabajo, Familia, Patria”, en oposición al apotegma de la Revolución Francesa: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Al realizarse el programa nazi desaparece la República.
Pareciera una antinomia decir que el totalitarismo se apoya en la masa popular, pues lo que ofrece y practica el sistema es justamente la opresión de los más desasistidos. Sin embargo, la historia nos muestra que los designados para gobernar en forma absoluta en perjuicio de los principios humanos, han sido elegidos por la mayoría. Ni Hitler ni Stalin hubieran podido mantener su dominio sobre poblaciones tan grandes, ni sobrevivido a crisis interiores y exteriores nacidas de las contradicciones sociales, si no hubieran tenido el apoyo popular de las masas. “Los movimientos totalitarios pretenden lograr organizar a las masas – no a las clases, como los antiguos partidos de intereses de las Naciones –Estados continentales; no a los ciudadanos con opiniones acerca de la gobernación de los asuntos públicos y con intereses en éstos, como los partidos de los países anglosajones. Mientras que todos los grupos políticos dependen de una fuerza proporcionada, los movimientos totalitarios dependen de la fuerza del número, hasta tal punto que los regímenes totalitarios parecen imposibles, incluso bajo circunstancias por lo demás favorables, en países con poblaciones relativamente pequeñas”5
Surge así la pregunta del por qué una nación es sometida pasivamente por un poder totalitario, y cual es la causa del comportamiento de la mayoría que acepta la ideología del Transpersonalismo, para darle al Estado o a un grupo dirigente el dominio global.
El razonamiento que hemos seguido en este ensayo es explicativo de una evolución que ocurre en el estado totalitario, pero no es exclusivo ni el único que se aprecia en la realidad política mundial.
Pudiéramos decir que en el fondo de la ideología totalitaria existe una crisis que provoca la reacción de la población, puente que utiliza el gobierno para imponerse radicalmente. De inicio hay que observar que los movimientos totalitarios son posibles allí donde hay un descontento popular a causa de un agravio o una pérdida en la sociedad. Se ha estimulado con la reacción del pueblo la organización política, y las masas se mantienen unidas en torno a la fuerza que mana del líder, quien a su vez se vale del rechazo a la sanción para imponer esperanzas de desagravio y conquista. Se hace creer que el pueblo en su mayoría forma parte del gobierno y que los individuos pertenecen al grupo dominante. Ocurre lo contrario: las masas son políticamente indiferentes, neutrales, y debido a ello fácilmente manipulables. Cuando el partido nazi alemán invadió el Parlamento expresando su desprecio al sistema parlamentario, la masa que apoyó esa acción de modo inconsciente estaba motivada por la promesa de la restitución del poder a quienes debían ser sus gobernantes legítimos.
Al hacer un repaso superficial por la historia de los movimientos totalitarios de los dos siglos pasados, observamos que todos han surgido de una derrota y ésta ha venido de cambios sustanciales en el orden político del país. De la descomposición que trajo la Revolución Francesa surgió el regreso a formas absolutistas, imperiales, primero con el conquistador Napoleón Bonaparte, y después con el regreso a sistemas monárquicos que impusieron el totalitarismo. La derrota de Alemania en la Gran Guerra impuso sanciones económicas y políticas a la nación germana. El Tratado de Versailles con las cargas impuestas a la nación alemana, fue la justificación para levantar en la conciencia del pueblo alemán el sentido del orgullo nacionalista, y Hitler supo aprovechar el sentimiento nacional en beneficio de su ideología.
Todo lo que se ha expresado con anterioridad se refiere al totalitarismo imperial, despegado del sistema republicano democrático. También en las repúblicas pueden surgir regímenes que se asemejan al totalitarismo. Así podemos hablar de la dictadura como ejercicio de gobierno que aparenta seguir las formas republicanas sin respetarlas en la realidad.
La dictadura del Imperio Romano tenía una significación de magistratura suprema. En tiempos de revuelta o peligro de guerra, y también en crisis económicas, se atribuía al dictador el derecho de gobernar en forma absoluta, como un soberano.
En los últimos dos siglos hemos visto la aparición frecuente del modelo de la dictadura, especialmente en la América del Sur. El gobernante y sus colaboradores, que defienden intereses personales en vez de los de la nación que rigen, prescinden de la voluntad del pueblo y disponen a su arbitrio del poder, por encima de las leyes y hasta de la Constitución Nacional. Se obvia la división republicana de los poderes estatales: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, se suprimen o restringen las libertades individuales: el derecho de expresión libre, el de asociación o reunión, y el dictador se erige en la voluntad suprema del Estado, aunque se mantenga, sólo en apariencia, la estructura de la República como sistema de gobierno.
El acceso al poder se realiza generalmente mediante golpes de Estado, en los que la casta militar apoyada por grupos civiles instauran un régimen hegemónico con programas autoritarios, algunas veces sustentados en ideologías concretas.
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“El hombre occidental no se ha identificado con entera claridad, no se ha reconocido en ese personaje de su sueño voluntarista. Y así el absolutismo reaparece bajo otras formas, con otras apariencias, prueba de que no son las doctrinas ni la religión quienes lo suscitan. Últimamente hemos padecido en el absolutismo degradado, invertido, en el absolutismo del Estado Dios, que por su misma falta de sustancia reclama sacrificio…”6
6 Zambrano, María. Ob citada. P. 117.
5 Arendt, H. Obra citada, P 389.
OBRAS CONSULTADAS:
1. Arendt, Hanna: Los orígenes del Totalitarismo. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara SA. Bogotá, Colombia. Marzo de 2001.
2. Bracher, Karl Dietrich. Controversias de historia contemporánea sobre fascismo, totalitarismo, democracia. Barcelona, España: Laia, 1983.
3. Duroselle, J.-B. Histoire Diplomatique, de 1919 á nous jours: Dalloz, 1971. France.
4. Eco, Umberto: El Fascismo eterno, en “Cinco escritos morales”. Editorial Lumen. España. 1999.
5. HISTORIA GENERAL DE LAS CIVILIZACIONES: SIGLO XIX y XX: Volúmenes VI y VII. Presses Universitaires de France. París, 1967.
6. Paz, Octavio: Tiempo Nublado. Seix Barral. Biblioteca Breve. Barcelona, España. 1983.
7. Savater, Fernando: Contra las Patrias. Tusquets Editores. Barcelona, España. 1996.
8. Zambrano, María: Persona y Democracia. Biblioteca de Ensayo Siruela. Ediciones Siruela. Madrid, 2004.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Ensayo de todo punto brillante, exquisitamente elaborado y pleno de ilustraciones reforzadoras de su contenido, en el que asimismo hemos podido comprobar la sólida formación filosófico-social de su autor, Alejo Urdaneta, quien, una vez más, ha demostrado con creces su dominio poligráfico y su valía intelectual. Felicidades, Alejo.
En esta última parte del ensayo de Alejo sobre el totalitarismo, se me ocurren varias observaciones que van más allá o más acá del magnífico análisis político y filosófico que Alejo y Literanova nos acaban de ofrecer. Como psicóloga, mi visión acerca del tema está sesgada y, por tanto, viciada.
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