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El verdadero fin de la fiesta

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

El verdadero fin de la fiesta

La visita de Bolívar apenas había logrado coser con hilo grueso los pedazos de una tela que se había rasgado y tendía, simplemente, a su irremediable destrucción. Venezuela estaba arruinada. Se había convertido en algo parecido a lo que fue Europa en el peor momento de la Edad Media, con sus caminos llenos de mendigos y asaltantes. Páez, en su Autobiografía, trata de convencer a sus lectores de que se trataba sólo de antiguos realistas que conspiraban y formaban guerrillas, alentados desde Puerto Rico por José Domingo Díaz. Pero en realidad había mucho más. Antiguos soldados independentistas también se formaban al estilo de las antiguas “rochelas” de esclavos fugados, y asaltaban pueblos o viajantes para quitarles todo lo que fuera posible. No conocían otro medio de vida que la violencia y el país no podía ofrecerles otro camino que el de la violencia. Esa era una de las razones que tenía Bolívar para soñar con aquella expedición a Cuba, y hasta a España, para dar empleo a los miles de soldados realengos que amenazaban la seguridad de los ciudadanos a lo largo y ancho de Venezuela.
Es cierto que muchos realistas aún creían posible alzarse contra la república y lograr que el tiempo retrocediera en el espacio, y muchos de ellos, por intentarlo, terminaron encerrados y hasta muertos. Pero eran mayoría los realistas verdaderamente realistas, que se daban cuenta de que la república se había instalado para siempre, y preferían tratar de tener influencia en el nuevo estado de cosas. Eran los nuevos godos, que apoyaban a Páez. Y también es cierto que hubo otro tipo de alzamientos y de rebeliones, que fueron sofocados no sin esfuerzo por Páez y los suyos, que a veces tenían que hacer malabarismos y actos de magia para preservar la paz. Pero la corriente más importante de aquellos días era como la lava de un volcán, que se iba acercando a una ciudad al pie del cerro. Y esa corriente implicaba, lamentablemente, el final de la Colombia inventada por Miranda y convertida en realidad por Bolívar.
El volcán, aunque pareciera en aquellos días inactivo como tal, era Páez.
Dedicado a combatir los alzamientos de una u otra tendencia, no se notaba aún, en 1828 y 1829, hacia dónde se dirigía. Era el ejecutor de los mandatos de Simón Bolívar, que enfrentaba a la vez a los que con cualquier pretexto se alzaban en armas, en favor de España o en favor de sus propios bolsillos. Un vasco criado en Venezuela, José Arizábalo, o un simple bandido, José Dionisio Cisneros, un tal Juan Celestino Centeno y otros aventureros, terminaron vencidos por Páez, que cada día se acercaba más a convertirse en el dueño indiscutido de Venezuela, pues cada día llenaba más el vacío dejado por Simón Bolívar, que prefería estar en Bogotá y ocuparse de los problemas del Sur. Y, sin embargo, la verdad es que Bolívar estaba atrapado, metido en una trampa sin salida. Si se quedaba en el Norte, perdía el Sur, y si iba al Sur, perdía el Norte. Fue al Sur. Y perdió el Norte. Fue al Sur en la creencia de que dejaba el Norte bien respaldado en las manos fuertes de Páez, a quien creía un aliado absolutamente confiable.
Y en los primeros días de agosto de 1827 el Congreso convocó a una Convención Nacional en la ciudad de Ocaña, que se consideraba equidistante en relación a los dos grandes centros de poder, el de Bogotá y el de Caracas. Cuando Bolívar llegó finalmente a Bogotá lo esperaba una situación nada prometedora, los “liberales” de Santander llamaban a los amigos de Bolívar “serviles” o “godos”, palabras que hasta entonces habían servido para identificar a los partidarios de la monarquía española. Curiosamente, en Venezuela se les dirá “godos” a los enemigos de Bolívar y “liberales” a sus amigos.
En Venezuela persistía el apoyo a Bolívar, pero, en cierta forma, sólo si permanecía ligado a Páez, que se había convertido en el verdadero dueño de la situación. Una situación que en verdad cada día era más confusa. Los militares lo único que querían era privilegios y fueros, y que se les pagaran con creces, hasta con usura, como dice el propio Páez en su Autobiografía, sus servicios a la patria. Y Bolívar ya no era el joven fogoso de 1812 ó 1813. Envejecía a ojos vistas y estaba cansado y ya empezaba a cargar bajo sus hombros el peso de la enfermedad que lo llevaría a la tumba.
Aun así, llegó a creer que la Convención de Ocaña solucionaría sus problemas, y en cierta forma la convirtió en la obsesión que lo mantenía activo y despierto. A sus amigos les pedía y les exigía que no se descuidaran. La ley establecía que los diez primeros en llegar al sitio calificarían a los demás, y Santander le ganó de mano a Bolívar. Sus hombres se dedicaron a descalificar a los de Bolívar, y casi siempre lo consiguieron. La Convención se instaló el 9 de abril de 1928 y era obvio que la gran mayoría de los primeros 64 diputados de un total de 108 que debían asistir, estaba en contra del Libertador.
El 1º de marzo de 1828, justo cuando se iba a instalar la Convención, se alzó en Cartagena el general José Padilla, granadino, mestizo, fornido y de carácter explosivo. Era el vencedor de la batalla de Maracaibo, y el Libertador lo comparó con Páez, con quien ciertamente compartía algunas características. Bolívar había manifestado claramente su preocupación por los disgustos que se suscitaron entre Mariano Montilla y Padilla en octubre de 1827, cuando se hablaba de una invasión a Venezuela encabezada por Morales. Al saber Bolívar del alzamiento, no tuvo dudas en cuanto a que había sido instigado por Santander y los suyos. El propio Padilla le había contado al Libertador en Cartagena, que algunos exaltados lo habían incitado a actuar en su contra. Bolívar ordenó de inmediato que se le juzgara por la intentona y Padilla corrió a buscar refugio en Ocaña, cerca de Santander.
La Convención de Ocaña fue un gran fracaso. El 12 de junio, Pedro Briceño Méndez, Del Castillo, Francisco Aranda, Juan De Francisco Martín, José Ucrós, Gori, P. Vicente Grimón, José Félix Valdivieso, José Fermín Villavicencio, Fermín Orejuela, Martín Santiago de Icaza, Pablo Merino, José Moreno de Salas, Miguel María Pumar, Anastasio García de Frías, Rafael Hermoso, Bruzual de Beaumont, Manuel Avilés, José María Orellana y Francisco Montúfar, los veinte integrantes de la fracción bolivarista, publicaron un comunicado en el que explicaban las razones de su decisión de retirarse de la Convención, con lo cual la deslegitimaron, pero la atención de Bolívar ya se concentraba en otros problemas. Ya sabía de un intento de sublevación de las fuerzas colombianas que permanecían en Bolivia, con la excusa de que les debían unos sueldos. El conato fue dominado rápidamente por los generales Felipe Braun y Guillermo Miller, pero el Libertador supo que en el incidente había metido la mano el gobierno del Perú. Mucho más grave fue lo ocurrido el 8 de abril de 1828, cuando, ya retiradas casi todas las tropas colombianas, hubo un auténtico golpe de estado, que no tumbó a Sucre de la Presidencia en la que lo había dejado Bolívar, pero lo dejó herido. Física y moralmente herido. Sucre, poco después y ante una invasión peruana, renunció y se fue del país a buscar el reposo que con tanto sufrimientos se había ganado. Tiempo después, Bolívar descubrirá que la invasión de Bolivia por fuerzas peruanas se afirmó cuando Santander dio seguridades a Lima de que el gobierno de Colombia no haría nada por defender a Sucre. Había demasiado humo tóxico en el ambiente.
En Venezuela hubo también un intento de rebelión, en Guayana, y empezaron a aflorar opiniones francamente antibolivaristas, a pesar de que Páez y los suyos insistían en plantear que Bolívar debía centralizar el poder y ejercerlo con mano dura, lo cual daba pie a los santanderistas a afirmar que Bolívar quería hacerse rey, como se dijo de César poco antes de asesinarlo. Pero hasta allí puede llegar cualquier comparación. Bolívar no era cesarista en lo absoluto. El 21 de septiembre Páez prestó juramento solemne de reconocer a Bolívar como jefe supremo de Colombia. Apenas cuatro días después los santanderistas trataron de asesinar a Bolívar, que se salvó en buena parte gracias a la habilidad de Manuelita Sáenz. Padilla fue condenado a muerte junto con otros conspiradores, entre ellos el propio Santander, a quien se le conmutó la pena por el exilio.
Colombia también estaba herida de muerte. Y Venezuela, conducida por Páez, se preparaba a darle la estocada final.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta

 

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de Eduardo Casanova

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