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El Vergel

08.11.08 | por Roberto Lovera De Sola [mail] | Categorías: Opinión, Ideas, Crítica, Semblanzas, Colaboradores, Arte, Venezuela, Libros, Novela, Teatro, Roberto J. Lovera de Sola

Poco se ha reparado en la parte no teatral de la obra de nuestros dramaturgos, así un espacio de nuestra literatura ha quedado a oscuras, sin análisis, de lado, incomprendida. Tal es el caso de las novelas de Isaac Chocrón, a quien se considerado también, con toda razón, como nuestro primer autor dramático, seguramente por la trilogía Animales feroces (1963), Clipper (1987), Tap dance (1999) o por la reflexión sobre el amor y la pareja que está en La máxima libertad (1974) en la cual se nos insinúa que sin libertad es imposible todo el vivir amoroso.
Pero Chocrón ha dado su contribución a nuestra novela, no hay que olvidar que su obra literaria fue iniciada por una novela, Pasaje. (Caracas: Edime, 1956. 187 p.), porque su primera pieza Mónica y el Florentino fue montada tres años más tarde (1959), así reafirmó Chocrón la confidencia que nos hizo un día:”Mi pasión fundamental no ha sido el teatro: ha sido escribir” (El Universal, Caracas: febrero 18,1973). Y tiene libros de narraciones que no pueden ser soslayados, y ello desde Se ruega no tocar la carne por razones de higiene (Caracas: Editorial Tiempo Nuevo, 1970. 274 p.), la cual, como creyeron algunos erróneamente, no era una extensa acotación teatral sino una novela basada en el diálogo, lo cual es distinto. Igual dramatismo tiene la historia que encontramos en Rómpase en caso de incendio (Caracas: Monte Ávila Editores, 1975. 352 p.). El país asomándose a la gran crisis que aun vivimos está en la celebrada 50 vacas gordas (Caracas: Monte Ávila Editores, 1982. 256 p.). Un momento de perturbación cataclísmica aparece en la sobrecogedora Pronombres personales (Caracas: Los libros de El Nacional, 2002. 141 p.).
Pero creemos que la búsqueda de la identidad personal y sexual ha dominado su mundo narrativo desde Pájaro de mar por tierra (Caracas: Editorial Tiempo Nuevo, 1972. 185 p.), la primera novela homosexual de nuestras letras, eso mismo está otra vez en Todo un dama (Caracas: Alfadil, 1988. 271 p.) y se desarrolla dentro de un intenso clima de saudade en El vergel. (Caracas: Mondadori, 2005. 149 p.) una nouvelle escrita con frescura inigualable, la cual posee capítulos perfectos como “Minián”, una ceremonia judía, “Anything goes” o “Titonga”. Hay en ella, además de muchas otras gracias como la bella rememoración de nuestros amados años cuarenta (p. 91-92) y un sabroso elogio de la comodidad (p. 121-122), el personaje que vive así parece ser otra vez el Miguel Angel Casas Planas de Pájaro de mar tierra.
Novela sin duda autobiográfica es El vergel, a la cual han venido a parar las memorias de otros días, de los felices de la niñez en el cual el protagonista fue protegido por el amoroso padre, los hermanos, el tío, los queridos primos, que lo salvan del dolor del abandono materno. Y siempre por la amada Titonga (¿Esther Bustamante?).
En El vergel está el recuerdo pero todo mirado a través de la reconstrucción que hace el narrador en la cual incluso se reinventan pasajes para poder contar una historia que seduzca el lector, tal como Chocrón lo logra aquí convocando en sus páginas los recuerdos del protagonista o las voces de otras presencias de su vivir, allí que leamos: “Que no se crea este señor sin nombre que funge como narrador de esa ensalada de frutas que va mezclando… que no se pavonee pensando que por su influencia he decidido contribuir a su pretensión de averiguar la identidad de una persona según sus preferencias musicales… aquí aparezco por mi propia voluntad, porque a su protagonista lo quise mucho y le agradecí todo lo que trató de hacer para ayudarme a organizar, o mejorar, mi vida. No lo logramos ni él ni yo. Mi vida fue un desastre. Aquí le va un resumen para que pase el rato” (p. 95) dice el personaje que si sabe leer con atención verá el lector que no es el protagonista, es quizá también una especie de alter ego, o aquella parte frustrada, lo no logrado, lo no realizado, que todos los humanos, hombres y mujeres, tenemos en nuestra historia, dentro de nosotros mismos. Ese personaje es el que sólo quiere tener placer siempre, gozar, vivir cómodamente.
El vergel es una rememoración, así el libro se une a ese grupo, muy soslayado, de novelas venezolanos hechas sobre el arte del recuerdo como Las memorias de mamá Blanca (Teresa de la Parra, 1929), Viaje al amanecer (Mariano Picón Salas, 1943), Ana Isabel, una niña decente (Antonia Palacios, 1949), Cumboto (Ramón Díaz Sánchez, 1950), También los hombres son ciudades (Oswaldo Trejo, 1962), La casa del viento (Gloria Stolk, 1965), Compañero de viaje (Orlando Araujo, 1970) porque en El vergel se hace verdad “Quedaste de último para que, siendo escritor, contaras nuestras vidas” (p. 141). De allí que subraya todo lo que le quedó “en la memoria, en la nostalgia, para el resto de nuestras vidas” (p. 11).
Y quien mira el vivir que recuenta lo hace con una “actitud serena y esos ojos viéndolo todo” (p. 133).
Recuerdos, el vivir en casa con los amados, la familia elegida, el judaísmo, el amor (p. 82), la honda rebeldía (p. 121) y la búsqueda de identidad sexual situada en la diferencia (pp. 40 y 41), presiden esta bella novela.
El amor como esencia del vivir, sin el cual no se puede existir, es el fundamento de El vergel. Y de toda la obra de Chocrón para las páginas de sus libros o para el escenario.
Es dulcísima la evocación de Maracay con la cual se inicia El vergel, son esenciales aquí las últimas diez líneas de la p. 11 porque como se lee allí: “Estar yo en Maracay es como ver eso que en pintura se llama ‘pentimento’: a medida que el óleo en una tela envejece, se vuelve transparente. Cuando eso pasa, es posible ver, en algunos cuadros, las líneas primerizas que el pintor trazó y de las que luego se arrepintió, ‘pentimento’, para dibujar otras encimas. Así, se puede ver lo que quedó del inicio por debajo de lo actual: ¡Maracay, mi pentimento!” (p. 11), pasaje en donde es imposible no evocar el segundo tomo de las memorias de la gran escritora norteamericana Liliam Helmman (1905-1984).
Vergel quiere decir huerta, cigarral con muchos frutos, en buen estado, a veces podridos, por ello leemos en la penúltima página:”El Vergel fue la imagen que me vino a la mente. Ni siquiera yo había ido a visitarlo, pero si para él era como un pentimento, las sucesivas capas de pintura que lo escondieron no lo pudieron desaparecer. Esas capas convirtieron aquel cuadro idílico en una selva tupida y peligrosa, regida por exigencias y requisitos de gente que siguió, después de muerta, eternamente viva en su memoria” (p. 145).
Y por ello medita en la familia elegida, el gran término inventado por Chocrón, que es consigna y vivencia siempre acariciada, está en grandes momentos de su teatro, en especial en La máxima felicidad y en Mesopotamia (1980). Por ello en El Vergel leemos: “Mis elucubraciones no tenían base si recordaba que una de las características fundamentales de su familia elegida, la mayoría de los cuales seguían vivos a su lado. Ellos saben quiénes son o, al revés, él sabe quiénes son o, al revés, él sabe quiénes son. Son su sostén. Por eso no los quiere nombrar. Desea que sigan viviendo junto a él mientras le quede vida. Una vez me comentó que en el mundo sefardí, cuando alguien cumple años, se le saluda felicitándole y añadiendo: ‘Que cumplas cien’, a lo que quien recibe este deseo contesta: ‘Y tú que los veas, mi bueno’” (p. 145). Es otra vez la llamada al amor, aquella que los judíos, y todos los hombres porque el libro es universal, encuentran en la Biblia, en el Cantar de los cantares, donde hallamos: “Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón”. O como se lee en la nueva traducción de la Biblia de Jerusalén, “Ponme cual sello sobre tu corazón, / como un sello en tu brazo. / Porque es fuerte el amor como la muerte, / implacable como el sol la pasión. / Saetas de fuego, sus saetas, / una llama de Yahveh. / Grandes aguas no pueden apagar el amor, / ni los ríos anegarlo. / Si alguien ofreciera/todos los haberes de su casa por el amor, / se granjearía desprecio” (VIII, 6-7).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

 
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1 comentario

Comentario De: José Tomás Angola [Visitante]

Poderoso trabajo sobre una obra hermosa que revela un autor sensible que supera su aporte teatral, que de por sí es grande. Chocrón es un narrador que no ha recibido la atención que se merece, y que descubre un mundo muy duro de asimilar para el venezolano: El de la cultura judía y el de otra forma de amar, distinta pero totalmente respetable. En Isaac, como con Wilde o Proust, el amor homosexual tiene rango de arte.

14.11.08 @ 00:09
de Eduardo Casanova

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