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El Arte: una apreciación personal

20.08.07 | por Alejo Urdaneta [mail] | Categorías: Ideas, Colaboradores, Alejo Urdaneta, Arte

Aldous Huxley definió los límites del hombre individual aun cuando viva en sociedad. Nos decía que aunque actuemos juntos produciendo reacciones mutuas en ese intercambio de unos frente a otros, siempre estamos solos, en todas las circunstancias: “Los mártires entran en el circo tomados de la mano, pero son crucificados aisladamente. Abrazados, los amantes tratan desesperadamente de fusionar sus aislados éxtasis en una sola autotrascendencia; pero es en vano. Por su misma naturaleza, cada espíritu con una encarnación está condenado a padecer y gozar en la soledad (…) Cada grupo humano es una sociedad de universos islas”.

Ese hombre que constituye el UNO tiene, sin embargo, deseo de ser diverso y comunicar su ideal ante el mundo, para dejar su impronta irrepetible y trascenderse. Vive en forma gregaria en el medio natural, pero no pertenece a ninguna de las formas que hacen su entorno. La naturaleza está allí como presencia ineludible, y el hombre siente la necesidad de aprehenderla, y no obstante, él no es parte de la naturaleza; los demás hacen lo mismo para construir la trama de las acciones de cada uno. Cuando observa con detenimiento a su alrededor y percibe su posición ante el mundo, se da cuenta de que hay dos esferas que conviven: la de la necesidad y la de la contingencia o de la posibilidad. La primera, la esfera de la necesidad, lo coloca en lo que no puede ser diferente de lo que es; mientras que la de la contingencia le enseña algo que puede ser de una u otra manera, es decir que cae en el terreno de la posibilidad. La necesidad pertenece a la acción y su expresión palpable es la ciencia; la posibilidad pertenece a la producción de algo no necesario, con el ejercicio de la razón. Necesidad = Ciencia, de un lado, frente a Posibilidad = Arte: producción de algo posible, contingente, realizado con la actividad intencional del sujeto porque obra con la razón, pero siempre en un estado que tiene mucho de irracional, ajeno al de la vigilia razonante.

El escritor francés Jean Cocteau llegó a decir que el arte es necesario pero que no sabía explicar para qué. Quizás el arte no sea algo cuya existencia se perpetúa como un fin en sí mismo. Sería más bien, como lo dice Susan Sontag, un medio para lograr algo que quizá sólo puede alcanzarse cuando se abandona el arte. Lo que importa de la obra de arte no es ella en sí misma sino aquello que vislumbramos al percibirla, lo que nos insinúa, aunque sea el vacío. Otra manera de decir lo mismo es lo que Schiller dijo acerca de la variedad de la vida expresada en la creación de arte: “Triste es el imperio del concepto: con mil formas cambiantes. No fabrica, pobre y vacío, más que una. Pero la vida y la alegría exultan allí donde la belleza reina; el UNO ETERNO reaparece bajo mil formas”. Y esa certidumbre de la debilidad de los conceptos frente a la vida que vibra y palpita, nos habla del arte, de su posible existencia, innumerable y variada en forma y contenido, ante la inmutable eternidad del mundo. Las cosas que nos rodean constituyen una masa de presencias o datos sensibles; son apariencias que percibimos con la conciencia. Y cada individuo pertenece también a ese conjunto: recuerdos, imaginación, ideas, todo (la sustancia, la causa) son apariencias y sensaciones. La realidad es mi sensación y con ésta producimos arte, contingente e indefinible.

La filosofía, desde siempre, ha querido aproximarse al concepto del arte. Aristóteles y Platón nos hablaban de arte como habilidad o destreza en alguna actividad: arte de la medicina, de la guerra; pero llegaban a notar una diferencia entre las artes. Para Platón, el arte comprendía toda actividad humana distinta de la naturaleza, ordenada a un fin creativo determinado (y aquí incluía la ciencia). Y, sin embargo, ni siquiera los filósofos podían ignorar la naturaleza, porque es de ella de donde se surte la imaginación creadora. Lo dijo el poeta Antonio Machado, al poner en boca de su personaje Juan de Mairena estas frases como sostén del valor y la necesidad de lo natural en el arte: “En las épocas en que el arte es realmente creador – dice Mairena – no vuelve nunca la espalda a la naturaleza, y entiendo por naturaleza todo lo que aún no es arte, incluyendo en ello el propio corazón del poeta. Porque si el artista ha de crear y no a la manera del dios bíblico, necesita una materia que informar o transformar, que no ha de ser - ¡claro está¡ - el arte mismo”. La filosofía distanciaba el arte de lo natural, pero no podía desdeñar la presencia avasallante de la naturaleza. Vemos cómo el arte abstracto está constituido por formas inventadas por el espíritu, pero rinde tributo a la naturaleza, toma de ella sus ricas formas con el propósito de reducirlas a un conjunto que ofrezca la sencilla estructura de una idea: combinar el realismo natural con la prodigiosa simplificación que forja la invención del espíritu.

El tema de la naturaleza y el arte fue abordado después muchas veces, y Hegel llegó a pronunciar su apotegma: “Lo bello artístico es superior a lo bello natural”, para señalar que la estética como esencia del arte no existe sin el artista. Si decimos que un paisaje es bello y nos inspira un sentimiento artístico, no podemos conferirle a esa impresión el carácter de obra de arte, porque el arte es creación humana y sólo eso. Nada de la naturaleza tiene valor estético sino en la medida en que el hombre le da esa valoración. El sol, visto como necesidad, es objeto de la ciencia, mientras que si es apreciado con sentido valorativo (como acción humana voluntaria que el espíritu aprecia en libertad) se hace objeto del arte. Reino de la apariencia, de la ilusión que yo percibo: eso es el arte; y su esencia existe en tanto el espíritu que recibe la sensación artística da su personal valoración a lo creado como obra de arte.

El sentimiento de placer o de dolor no viene en la obra de arte como una intención añadida artificialmente y sobrepuesta como una determinación voluntaria del artista. La fuerza creativa está oculta en el ánimo y en la mente común a toda época, funciona como energía impersonal que el artista representa y expresa. Sin este impuso motor no hay arte. Se necesita vida.

El concepto de Estética fue entrando en el terreno del conocimiento del arte como fenómeno humano. En los Vedas se planteó la dualidad Espíritu-Belleza, para referirse a una belleza espiritual y otra sensorial, y atribuyeron lo bello al mundo de los sentidos, separando de él lo que corresponde al espíritu. El mundo aparecería dividido polarmente en espíritu y belleza. Thomas Mann nos recuerda la confrontación en su novela alegórica: Las Cabezas Trocadas, y pone en boca de los Vedas estas frases: Dos clases de beatitud se experimentan en los mundos: por las alegrías del cuerpo y en la tranquilidad liberadora del espíritu”. Lo espiritual no se identifica con lo antiestético; antes bien, adquiere belleza por el conocimiento y el amor hacia lo bello.

Tomás de Aquino relacionó el arte y su valor con los fines o medios de la obra, y dijo que para que hubiese belleza en la creación artística debía atenderse un criterio triple: proporción, integridad y claridad, lo que implicaba una valoración que iba más allá de lo puramente estético y establecía una jerarquía de los fines y los medios. El valor de un objeto estético dependía de los fines que él mismo exponía, creando así una dependencia entre medios buenos y medios malos, fines buenos y fines malos. Para el Aquinate, un libro o una pintura cuya finalidad fuese obscena, mágica o herética son obras que expresan fealdad aunque sus formas sean bellas. La finalidad determina sus medios estéticos. Era el propósito divino el que decidía el valor estético de la obra.

La idea extendida de que lo que parece feo en la realidad no es materia artística contiene un prejuicio inexplicable. En el orden de las cosas de la realidad se llama feo lo deforme, lo malsano, lo contrario de la regularidad. Pero lo que en la naturaleza nos produce desagrado o llamamos feo, puede adquirir en el arte una gran belleza. En arte sólo es bello lo que tiene carácter, por lo que la representación de la fealdad o del mal tiene en el arte, por obra de la creación, el carácter de la belleza: Ricardo III, en Shakespeare, se nos presenta dueño de sublime belleza en su extrema fealdad espiritual y física.

El arte era un instrumento mágico o un arma en la lucha por la supervivencia. No se identificaba con la belleza como cualidad del espíritu expresada por intuición en la obra, y tampoco se refería al deseo estético del receptor. Arte como estética o percepción de lo bello, arte como “poiesis” o creación del sujeto sin una finalidad utilitaria. Visto así, el objeto no existe en sí mismo sino cuando yo como sujeto lo percibo y le doy valor. Por primera vez aparece con toda claridad y precisión la pareja Objeto – Sujeto, en correlación indisoluble. Después de Immanuel Kant la metafísica de lo bello en el arte fue desplazada por la teoría de la producción de las obras por el hombre (el pensar filosófico centrado en el sujeto creador). Era la oposición respecto de la vieja metafísica en el arte, que sostenía el ideal helénico de “lo bello y lo bueno”, de la armonía individual perfecta, proclamado por el Conde de Shaftesbury en su “Moral del Sentimiento”: “Lo que hace bello, no lo bellamente hecho, es lo realmente bello”.

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1 comentario

Eduardo Casanova SucreAlejo:
La ciencia, que puede equivocarse pero por lo general ronda la verdad, ha llegado a la conclusión de que el Arte, la creación de belleza por la belleza en sí, es lo único que realmente diferencia al hombre de los demás seres vivos. Por lo tanto, tu breve ensayo, extracto de uno de los libros más interesantes que se han publicado en Venezuela en los últimos tiempos ("El Arte: una apreciación personal", Editorial Actum, 2007), es algo fundamental, algo de singular importancia para todos los lectores. Me alegra enormemente poder difundirlo en este espacio.
Gracias, muchas gracias...
20.08.07 @ 09:39
de Eduardo Casanova

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