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Claro que nunca olvidaré el 23 de enero de 1958. Desde meses antes me había embarcado en la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez. A pesar de que la mayoría de mis mayores opinaba que era una lucha sin esperanzas, que Pérez Jiménez, con el apoyo irrestricto de los militares, era inderrocable y moriría muchos años después como presidente vitalicio de Venezuela, casi todos mis amigos y yo decidimos que pelearíamos como peones, como hormigas, para tumbarlo. Formé parte, con Carlos Julio Casanova, mi primo hermano y amigo, de una pequeña célula que fue entrenada por un antiguo anarquista español en tácticas de lucha armada. Pocos días antes de la caída de la dictadura formamos una especie de guerrilla urbana que tomaría las instalaciones de la Radio Nacional de Venezuela, unas cuadras más al norte de Miraflores, para transmitir un mensaje subversivo dirigido a las fuerzas armadas y al pueblo. Por fortuna, minutos antes de que saliéramos, armados precariamente, a aquella misión suicida, el capitán Abdelnour, que después sería edecán del presidente Wolfgang Larrazábal, hizo abortar la operación, cuyo costo iba a ser las vidas de la mayoría de los participantes. El 21 de enero a mediodía, con Carlos Julio, salimos a la calle a incitar a choferes y viandantes a participar en la huelga general que culminó, el 23 en las primeras notas de la madrugada, con la huída cobarde del rechoncho dictador. A eso de las once de la noche del 22 me llamó mi padre, que estaba escondido en la Aduana de La Guaira porque la Seguridad Nacional lo buscaba para matarlo, y me anunció que en cosa de minutos Pérez Jiménez escaparía por La Carlota. Y cerca de la una de la mañana oí los motores del DC-3 y salí a celebrar a las calles. Ya en la mañana estaba en la UCV, con un brazalete que decía “FU” (Frente Universitario), y poco después me encontré convertido en policía provisional, dirigiendo al tráfico en una esquina, porque los verdaderos policías habían tomado las de Villadiego y alguien tenía que sustituirlos en la ciudad que celebraba el regreso de la democracia. Poco después de mediodía nos tocó a Carlos Julio y a mí ir a contener una poblada que quería tomar por asalto de Embajada de la República Dominicana, creo que en Los Chorros, en donde se habían refugiado Miguel Silvio Sanz, esbirro mayor de la Seguridad Nacional, y Juan Domingo Perón. Una tarea enorme para un par de jovencitos (yo acababa de cumplir 18 y era alumno de 1er. Año de Administración Comercial de la UCAB) que en condiciones normales deberían vivir un mundo de fiestas y alegría, pero a quienes las circunstancias habían convertido en apenas peones, apenas puntadas de un gran tejido, como lo son hoy en día muchísimos jovencitos que podrían ser nuestros nietos y tienen que combatir a otro dictador, a otro personaje infame, muy distinto a aquél, pero casi idéntico, y que pronto será, por fortuna, igualmente derrocado.
mis abuelos ramon antonio martinez toussaintt abuelo paterno y victor palacios moya abuelo materno pertenecieron a la seguridad nacional ellos siempre estuviero orgulloso de pertenecer a ese cuerpo policial mi abuelo ramon ingreso en 1949 y victor ingreso en 1946 tenia otro nombre la seguridad nacional ramon duro hasta que disolvieron a la seguridad y victor se retiro en 10 de enero 1958 policias como esta nunca existiran mas en venezuela no como hoy que hay policias delincuente da miedo que un policia te pare en una alcabala
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