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El río inmóvil en tus lágrimas

22.02.08 | por Alejo Urdaneta [mail] | Categorías: Cuentos, Colaboradores, Alejo Urdaneta

(Evocación de Buenos Aires)

Siempre iba a La Costanera, a la hora del almuerzo, y entraba al mismo restaurante. Esa hora muestra al río inmóvil como un lagarto marrón echado con las fauces abiertas, en busca de la luz que el sol imprime a los edificios que bordean la avenida. Después del almuerzo echaba a andar hacia la dársena mientras recordaba un poema de Lugones: “Allá en las dársenas quietas se mecen oscuras goletas soñando un lejano país…” No sabía si era así el poema, pero estaba seguro de la imagen que le hacía recordar el aceitoso río en aquel lugar quieto de turbulencia, pestilente hasta que lo limpiaron un día. Desde el muelle ve los barcos enormes, chorreados de brea, de chimeneas negras y largas como los días de verano, que imaginan viajes interminables a regiones desconocidas. Desconocidas para él en su Buenos Aires querido.
Este hombre solo que pasea al borde del río piensa en poemas que lo han emocionado, música que le ha dejado nostalgias. En pos de un amor perdurable pasan los años y continúa su rutina fluvial, río abajo hasta sentir el olor de los barrios cercanos, tocar con sus sentidos el rumor de lejanía que tiene La Boca.
Su ciudad, a la que ha querido descubrir, entrar en su secreto, se presentaba altiva, retadora frente a otros lugares que él desconocía. Era una adolescente cautivadora, con una lujuria escondida, no como la que ha visto en revistas de ciudades distantes: El Cairo, París… Su ciudad es seca y retraída, cerrada ante el asedio del amante impertinente, temerosa ante el extraño que desea develar su misterio. Por eso parece altanera. El dolor de la ciudad sale de bandoneones, de cantos tristes que esconden timidez. Observas a la gente de la calle y adviertes sus actitudes prevenidas, con la respuesta irónica como látigo; y si no es así, florece la melancolía de su hablar como un gemido. Y salen del pozo con rígida prestancia, para no admitir ningún abandono y justificar la frágil debilidad como un deber a lo ritual. Sabe que más allá de esta majestad de su manto se abre una enorme vastedad de silencio de dunas y viento, lugares en los que el desierto se agita y el hombre dialoga con la inmensidad.
Los que dicen conocerla, aman de ella su tristeza inconclusa, como una planicie amarilla olorosa a distancia. Aman su melancolía vaga como una pintura sin formas definidas. Aman un pensamiento hecho secreto.
Ya ha llegado a otro espacio del río donde se aprecia bonanza y riqueza. Lugares donde otros han cambiado sus hábitos y tienen lujo para sus almuerzos: Puerto Madero, antes tan popular y descuidado, amado de la gente del futbol, es ahora un lujoso paseo desde donde ve también la dársena quieta con sus oscuras goletas. Pero él no entra en los restaurantes de aquí, que ofrecen el vino de la mejor cosecha, el bife tierno. Aquí no puede llamar al mesero y cantarle una copla popular: “San Juan va borracho; yo también. Así como vamos, vamos bien…” Lo hizo muchas veces en la ciudad vieja, en un cafetín de plato fijo, y el mesero reía y copiaba la copla en sus notas de pedido.
Y no le queda otro destino que volver a La Costanera en la hora de la tarde de verano. El río permanece inmóvil e indiferente, y, como cada día, resuelve sentarse en un banco preguntándose por qué Buenos Aires le daba ganas de llorar.

Alejo UrdanetaALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

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3 comentarios

Comentario De: CORAL ARENAS [Visitante] Correo electrónico
CORAL  ARENAS
Habla Urdaneta de lo quieto, de lo inmóvil, del estar atado a un pasado con una cuerda demasiado corta, que apenas permite un pequeño balanceo. “Quieto de turbulencia”, entendiendo este movimiento, este ir y venir, como un riesgo inminente y terriblemente peligroso. El protagonista de este cuento excelente y enormemente expresivo no ha salido de su ciudad natal. Ergo, no conoce otro mundo más que el suyo. Tal vez por eso no se atreve a jugarse una carta nueva. No puede permitirse el lujo de abrir las ventanas, so peligro de que un aire extraño le haga cambiar las percepciones. Teme perder lo que tiene. No puede, no debe arriesgarlo en un juego en el que puede perder indefectiblemente lo único que posee. Prefiere seguir buscando lo perdido y lo inasible en su ciudad natal, en la comodidad de su quietud. Pero la ciudad se retrae, se comprime, se reprime y se aleja, para no dejarse ver desnuda, sin velos que la protejan.
¡ No insistas ! dice Buenos Aires al amante famélico, que desea conocerla para sentirse cerca de ella. La ciudad se cierra, levanta una pared de castidad, de tesoros prohibidos y por ello resulta tan altanera. Pero no lo es. Simplemente se guarda para revelar su secreto sólo a aquél que sepa valorarlo...
Sus arenas se mueven, el desierto se agita y ahí es donde ocurren lo distinto, lo diferente, en las formas de las dunas del aparente desierto, en donde las montañas de arena se modifican constantemente, acompañadas por la tan temida y peligrosa palabra cambio. Esta modifición de rutinas puede llevar a la quiebra. Mejor quedarse en donde se está.
“ ¡ No muevan el barco ! ” pide, desesperado.
Quédense tranquilas las aguas, para no poner en riesgo lo único que él cree que le pertenece.
Buenos Aires de tristeza inconclusa (...¡ frase bellísima ! ). Aquí el paseante ama su melancolía, sus saudades, el recuerdo triste de lo que una vez fue y partió para nunca más volver. Es un recuerdo vago y engañoso, una verdad a medias perdida en algún lugar recóndito de una memoria en la que no se debe hurgar.
Nuestro "amigo" ama el pensamiento de la no transformación. No se atreve a tirarse al vacío sin red de contención. Él sigue caminando por sitios que otrora fueron sus predios. Puerto Madero era lindo cuando albergaba los silos y en donde los marineros inventaron el tango, baile de hombre con hombre y luego de hombre con hetaira.
Pero ese Puerto Madero antes sórdido, pero a la vez excitante, ya no sabe igual. El paesante no se deja tentar por los tubos de neón que anuncian menús exóticos, engañosos y de precios inalcanzables.
Prefiere regresar a la Costanera o a un sitio más recoleto y genuino, en el que exista un mozo que cante con él una copla salida de las entrañas del pueblo, de las entrañas del sabio.
Volviendo a lo conocido, se acaba el peligro.
“ ¡ No al cambio ! ”, suplica. Y, en medio de esa seguridad que mentirosamente le ofrece el pasado, el río fluye con él, quieto y aparentemente indiferente, acompañándolo a llorar a un Buenos Aires que ya no existe, a un Buenos Aires que se fue para no volver.
Felicitaciones a Urdaneta por pintar a la distancia a una ciudad hermosa que deberíamos rescatar, para obligarla a rescatarse a ella misma. Si lavara su rostro y su alma del ollín político y de las suciedades de la corrupción, quizás pueda volver a ser la capital fulgurante que una vez encandiló al mundo.
24.02.08 @ 14:24
Comentario De: Beatriz [Visitante] Correo electrónico
Beatriz Esa nostalgia costanera de la tarde bonaerense se entiende desde el recuerdo de la vieja ciudad llena de emigrantes que se llevaron a ese puerto sus nostalgias y añoranzas. Asi fue como dicen que nacio el mismo tango, en esos arrabales, puro sentimiento. Asi estaria el personaje de Alejo, sentado al borde del rio recordando, sufriendo su nostalgia.
24.02.08 @ 14:39
Comentario De: Mariolga [Visitante]
MariolgaAsí pienso y siento a Toronto, pero volveré para recordar y vivir viejos y nuevos momentos...

Bello cuento, que por supuesto viene de un bello padre.
27.02.08 @ 18:19
de Eduardo Casanova

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