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Escritores al dente

I

No se me ocurre imaginar a Franz Kafka o a Juan Carlos Onetti haciendo malabares para inscribirse en una red de escritores. Pudo haber pasado que formaran parte de una Liga de Suicidas. O en caso menos extremo, de la Asociación de Soñadores Perversos. Muy cercano a la realidad, el terrible Rimbaud. Y más al cielo, Francis Scott Fitzgerald, cargado de duendes, resacas y botellas.
La fantasmagoría nos conduce con la celeridad del bostezo. El andurrial onírico, más allá de la ilusión, lleva al voluntarismo, a la fragua del comisario político, a lo Lunacharsky. La bandeja de opciones separa sabores, géneros, pero más, el compromiso. Que Isaac Rosa vino a darnos lecciones con la anuencia de José Vicente, entregador de medallas. Y así, hasta la próxima metáfora, la Red de Escritores de Venezuela. Suerte de tabernáculo en el que se registrarán los nombres de quienes escriben, pergeñan, bostezan, sueñan y hasta apuestan a la reserva a paso de vencedores bajo el sol de Andrés Bello o Francisco Lazo Martí, apuraditos por el desdén de algún cronista militar metido a civilizador.
Más cerca, iluminados por la frecuencia de la justicia, José Antonio Ramos Sucre, Cruz María Salmerón Acosta o Tomás Ignacio Potentini, nuestro uniformado Rilke, orientados por un país que siempre nace por el Oriente y se despega las legañas a la vuelta de la esquina de alguna misión consagrada por la voz temible del líder.
Kafka, Onetti, nuestros Picón-Salas y Enrique Bernardo Núñez, descuadrados, fuera de la historia, relevados de su condición de imagineros: no pertenecieron a ninguna red, no tuvieron vocación de pescadores.

II

Al ritmo de este respiro leo a mi amigo Jorge Gómez Jiménez, quien en una nota ajustada al derecho de su talento, nos avisa: “Por estos días desarrolla el gobierno venezolano un proceso de registro de los ciudadanos que hacen literatura en nuestro país. Técnica y formalmente, un censo que ha sido definido como herramienta para la consagración de diversos derechos que históricamente le han sido negados a los escritores, como un sistema de protección social y la apertura de vías para la publicación. La organización bajo cuya responsabilidad corre la realización de este censo es una fundación, que sobre el papel es privada pero que públicamente se reconoce como una iniciativa gubernamental: la Red de Escritores de Venezuela”.
Hasta el aquí de la propuesta, vamos bien. Pero la piquiña no tarda en llegar. ¿Registrar para qué? ¿para asegurarle el futuro al poeta, narrador o maromero?, pero, afina Gómez, “literatura y burocracia no se llevan bien”. Tanto, que la primera reniega a veces de su existencia si la segunda cabalga las generalidades: “personas que escriben” desde recetas de cocina hasta edictos contra sus propios panas. Sí, compatriota, “que encarnen la autoridad”. Y por el mismo atajo, disidentes los que no acaten la orden o el saludo marcial.
Vuelvo, como hace días, a tomar prestada la idea de Vallejo: “Los artistas somos rebeldes, no revolucionarios”. O como bien lo trae a su costal el amigo Jorge Gómez de boca del escritor hispano José Manuel Caballero Bonald: “La literatura es de los desobedientes. El escritor siempre ha de oponerse al poder, sea éste el que sea”.

III

Cierto que “el apoyo de los intelectuales al poder le brinda un estatus de calidad moral, al menos a nivel superficial”, pero más, adorna el cuartel y los sables y hasta le sacude el polvo a la civilidad, cuando ésta –de escritores díscolos- se sale del carril y se hace respondona. Quienes fueron asaltados por la fascinación del poder, serán parte mañana de quebraderos de cabeza, despechos pleonásticos y sinrazones quijotescas, avaladas por aquella expresión, tan burdelera como divina: “Tú lo sabías, pero no te diste cuenta”. El olvido, invocado por el fraterno amigo de Letralia, es la más ingrata de las limosnas. Y aunque el tejido del alma use buen detergente o linimento, siempre habrá mancha o dolor que lo denuncie.
Las redes suelen enredar, y cuando el mar está movido, la resaca es el único consuelo. Más vale un buen trago en solitario o con el amigo más caro, que un verso vendido. Bella sin alma se llama la canción.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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3 comentarios

Comentario De: Gonzalo Palacios G. [Visitante]
Gonzalo Palacios G.Alberto, amigo;
Una vez más tus palabras transmiten sabiduría eterna: "El escritor siempre ha de oponerse al poder". El "poder" siempre se opone a la AUTORidad y, cuando el poder es legítimo, se deriva de ella. El "escritor" es creador, i.e., AUTOR-idad, y como tal brinda LIBERTAD a sus criaturas; el poder-oso brinda esclavitud y opresión. Felicitaciones, Gonzalo Palacios G.
16.04.08 @ 14:55
Eduardo Casanova SucreCierto, Alberto, muy cierto lo que dices. Y muy cierto lo que agrega Gonzalo. Escribir es un oficio de solitarios, y muchos solitarios juntos no hacen un conjunto, sino, como dicen los porteños, un quilombo. Yo no le daría mis señas a esa Red por nada del mundo. Prefiero reunirme con un par de buenos poetas frente a una buena botella y hablar pendejadas hasta el amanecer, escribir en servilletas de papel y después admirarme de lo que escribimos. U horrorizarme, da lo mismo. Salud.
17.04.08 @ 21:41
Comentario De: Alejo Urdaneta [Visitante]
Alejo UrdanetaVa directo al grano Alberto Hernández en este escrito de protesta contra la uniformidad. No hay escritura como tal si hay otro interés que no sea el mismo arte, o ansiedad (que eso basta al creador). No hay escuelas ni grupos gremiales en esto: se hace porque se quiere, y porque es así tiene valor. Ya muchas veces en el pasado se quiso comprar la libertad de conciencia del escritor. Pero nunca un verdadero creador de imágenes con el lenguaje enajenará su libertad por nada. Felicito al amigo Alberto Hernández por su proclama de rebeldía. Alejo Urdaneta.
18.04.08 @ 02:55
de Eduardo Casanova

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