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A la memoria de
Eduardo Avilés Ramírez
El humilde cortejo fúnebre pasa ahora frente a la Plaza de la Cultura. Son apenas dos carros viejos que siguen a la camioneta que lleva el cadáver. En ellos, siete u ocho personas acompañan el cuerpo quemado de Juana, la mestiza, como siempre le han dicho. Ya el mundo la olvidó, cuando sólo quedan unas pocas calles para entrar al cementerio también pobre y destruido. No debe ser tampoco una sepultura de las que se ven a la entrada del camposanto, adornadas para la veneración. Todo quedará allí, menos para el viejo Ulrich, que ha visto pasar al séquito mortuorio desde el lugar que siempre ha visitado: la estatua de Juana de Arco, colocada en el patio a cuyo alrededor se hallan los museos de arte y las salas de teatro.
No lo supo sino por un comentario del vecino del hostal donde vive Ulrich su pobreza y sus recuerdos. Le dijeron que Juana había muerto en el incendio de su casa de penurias y miseria. Hace ya tiempo que Ulrich no veía a su amante. Nadie ha podido explicarle cómo ocurrió el siniestro, y lo único que sabe es que su Juana murió quemada dentro de su triste hogar. Y qué importa ahora.
El escultor Ulrich está viejo y enfermo y se guarda de todo riesgo que agrave su estado físico. La lucidez de su mente y las emociones que todavía lo hacen vivir con entusiasmo sólo él las puede explicar. Pero a quién.
Llegó a esta ciudad del sur de América, procedente de la región alemana de Baviera, en plena juventud, ya provisto de una técnica artística que deseaba mostrar para hacer de su oficio algo más que sustento. Mediados del siglo veinte, y la ciudad apenas iniciaba su acomodo a la modernidad, con avenidas amplias, jardines y monumentos que representaban a personajes de la política, el arte o figuras religiosas.
El joven Ulrich se destacó pronto dentro del medio artístico: exhibió sus esculturas en plazas y escuelas, y después tuvo la suerte o la virtud de exponer en una galería de arte situada en las afueras de la ciudad. Era un lugar modesto pero fue su primer paso. Pudo así establecer un taller para hacer sus esculturas de barro y yeso, soñando en ser algún día el artista del bronce y el mármol.
Juana, una bella mestiza, llegó por azar al taller del artista. Pronto fue su compañera amante y modelo de obras que hacía por encargo del Municipio y del Poder Público central. Tenía ella quince años cuando Ulrich la recibió para amarla y labrar en el barro y en la piedra franca su extraña belleza. Paseó con Juana por la ciudad y la presentó a sus amistades, algunas con influencia en el gobierno. En el taller la mostró a todos los que acudían en busca del artista. Críticos y gente de la prensa publicaron una biografía inventada de la modelo a cambio de algún dinero.
Y cuando llegó el encargo de esculpir un busto de la Santa Juana de Arco, Ulrich lo tomó con alegría y orgullo. Se trataba de conmemorar el sacrificio de la doncella que había sido quemada en la hoguera, al acusársele de brujería e insurrección en la Guerra Anglo-Francesa llamada de los cien años. El escultor notó que esta Juana santa era igual que su Juana mestiza, bella y altiva.
No mucho tiempo después podía verse en el taller la labor desesperada del escultor, en esbozos de la figura y el rostro de Juana, destinados a forjar, fundida en bronce, la efigie que representaría a Santa Juana de Arco.
La talla avanzaba y Juana la mestiza se hacía cada vez más estatuaria, más parecida a la mártir de Francia. Se había informado de los episodios de la historia de la guerra entre Francia e Inglaterra y adquirió sus gestos, el sentido de su austeridad y patriotismo. Era ya Juana de Arco.
La develación de la estatua fue en un lugar destacado de la Plaza de la Cultura, donde otras figuras de las artes y de la historia se exhibían en el metal de la gloria, para recibir el reconocimiento oficial a la creación y la heroicidad del género humano. Allí emplazaron el busto de la “Doncella de Orleans”, sobre un pedestal que elevaba la figura de la mestiza convertida en santa.
La modelo asistió a la inauguración de la estatua, rodeada de amigos del artista y de funcionarios del gobierno. Vinieron delegaciones de otros países en una celebración ostentosa.
Ningún gobierno ni autoridad municipal tocó la estatua de Juana de Arco, que permaneció allí por siempre. Al principio, los visitantes ocasionales la admiraron, y quizás algún poeta escribió endechas para llorar la muerte de la Santa. Pero después fue quedando olvidada la figura de Juana, la mestiza. Sólo la modelo pasaba por la Plaza de la Cultura y se quedaba contemplando su propia efigie, estática en su belleza y altivez.
La vejez llegó. Ni Ulrich ni Juana la mestiza tienen ahora la belleza ni el poder de la creación de arte. El tiempo los ha separado, sin conflicto, y cada uno hizo su vida. Juana iba con frecuencia a verse en la efigie de Santa Juana de Arco. Se detenía frente a la estatua y contemplaba su esplendor nunca marchito. Pasaban los transeúntes, extranjeros casi todos, y tomaban fotografías del monumento dedicado a ella, Juana la pobre. Ninguno veía a la modelo que caminaba a pasos inseguros, llevando recuerdos ya borrosos.
El fuego repitió su tarea. Juana la mestiza debía morir igual que la santa. Un accidente produjo el incendio en la humilde casa de vecindad, y después de apagar las llamas hallaron el cuerpo de la pobre mujer convertido en cenizas, sólo un bulto de carbón. Sin el traje de lucha, sin espada, sin gloria.
Hoy ha pasado el cortejo de la muerte con destino al cementerio. Los paseantes apenas lo miran, sin interés. No tiene coronas, ni banderas. Va de negro y de silencio. Tampoco la otra Juana, la “Doncella de Orleans”, recibió el homenaje que se rinde a los muertos. Ni siquiera una oración. Ambas murieron abandonadas.
En su recorrido por las calles de la ciudad, el séquito pasa frente a la Plaza de la Cultura, donde una estatua de bronce recibe la visita de los turistas. Allí está el viejo Ulrich, al pie del monumento que hizo para su amada.
Santa Juana de Arco pasó junto al grupo y sólo un adiós recibió. Nadie más le brindó una despedida.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Hermoso relato minuciosamente descrito con la genuina maestría de su autor: el formidable narrador que es Alejo Urdaneta, a quien nos complacemos en enviar un solidario/literario abrazo.
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