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Al anhelo de todos por la paz
La inútil guerra entre los pueblos vecinos fue cruenta. Se contaban por miles las víctimas fallecidas por la violencia, sin hablar de los heridos. Ninguno de los bandos podía asegurar si sentía orgullo por la heroicidad de sus soldados sacrificados en la guerra, y sin embargo los gobiernos de cada pueblo erigieron monumentos para honrarlos. Se dijeron discursos altisonantes para exaltar el nacionalismo y la entrega del sacrificio, se les condecoró en forma póstuma. Cada nación se atribuyó la victoria y condenó la crueldad del contrario. Hablaban de muerte heroica y la santificaban con la gloria. Los huesos enterrados con honores, uniformados y cargados de medallas, eran la prueba de la fuerza de los ideales y la capacidad para dar la vida por una causa justa.
Los rumores comenzaron a circular al poco tiempo, uno o dos años después del armisticio que trajo una paz maltrecha. Se decía que los cadáveres salían de sus sepulturas, igual en cada pueblo, y que los habían visto cruzar la frontera. Se reunían luego en el campo de batalla donde se había decidido el enfrentamiento con una exigua paz. Eso decían los rumores.
En poco tiempo se extendió el miedo. Nadie salía de su casa al anochecer. Hablaban las gentes de la inutilidad de la guerra, lamentaban la desgracia por tantas vidas perdidas. Cada hombre había dejado en la muerte a algún ser de su afecto, muchos niños fueron a orfanatos, lloraron las viudas de soledad.
Pero siempre el olvido cae sobre los acontecimientos de la vida, y es posible que hasta la guerra fuera un suceso del pasado. Sólo algunos pocos que la habían padecido en forma directa la recordaban con dolor. El impulso de vivir se imponía, pero los hechos se niegan a ocultarse en el olvido.
Años después vieron los pobladores de cada territorio que muchas sepulturas habían sido violadas. Alarmados todos ante tal sacrilegio, acudieron a las autoridades públicas y denunciaron el hecho. Cada nación gritaba por la ofensa a la gloria, lo que indujo a los gobernantes a designar comisiones que indagaran lo sucedido y buscaran remedio a tan grave afrenta.
La circunstancia obligó a ponerse de acuerdo a quienes habían sido acerbos enemigos. Resolvieron comprobar la veracidad de los hechos y hallar a los responsables. Invocaban el castigo al ultraje, cada uno con mayor apasionamiento que el otro. La profanación merecía castigo.
Médicos legistas, científicos, el clero de cada bando, gente de toda clase fueron a los cementerios en comisión mixta. Parecía que se avenían bien al encuentro. Analizaron el terreno de los camposantos, observaron la tierra removida en las tumbas, rotas lápidas se veían de cada lado. Uno a uno fueron vistos y escrutados los túmulos de la gloria.
El descubrimiento fue todavía más sorprendente que el hecho que investigaban. Comprobaron que los héroes de un bando, a quienes identificaron por sus uniformes de guerra y condecoraciones de oro, estaban ahora en las sepulturas del cementerio enemigo.
Héroes caídos que pudieron abrazarse.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
¿Cómo es que grandes autores y artistas han escrito y continúan denunciando los horrores de las guerras sin que nadie de las naciones afectadas los oiga? Esquilo, J. Swift, Picasso, Einstein, Tagore, Gandhi, Bolivar, M.L. King, Tolstoi: la lista es interminable. La lista es verdaderamente internacional. Los seres humanos más inteligentes de todos los tiempos, de todas las naciones se han expresado como lo hace nuestro amigo Alejo Urdaneta en "HEROES CAIDOS", pero seguimos en manos de los Hamas, Talibanes, y de dictraidores como Chávez, Ché, Castro, Hitler, Stalin… la lista es interminable, y verdaderamente internacional. ¡Despertemos! Oigamos a quienes han manifestado su amor por la humanidad y no a quienes la traicionan. Gonzalo Palacios Galindo.
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