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En agosto, poco después de declarada la Independencia y de las primeras acciones bélicas que anunciaban la guerra, el Congreso se dedicó a estudiar el proyecto de Constitución, cuyo autor casi único fue Francisco Javier Ustáriz.
Francisco Javier Ustáriz es uno de esos casos extraordinarios de entrega y renunciación que dio Venezuela en aquellos complicados días. Era un mantuano, un aristócrata criollo con todas las de la ley, nacido en Caracas en 1772. Tendría, pues, treinta y nueve años cuando se convirtió en el redactor de la primera Constitución, no sólo de Venezuela, sino de toda la América española. Su familia estaba entre las más poderosas y ricas de Caracas, y él se distinguió como estudiante de derecho en la Universidad de Caracas, y como estudioso de todas las doctrinas jurídicas y políticas de su tiempo. Pero además era músico y humanista, interesado en todo lo que pudiera parecer positivo y digno de atención en su tiempo. En su casa organizó tertulias que atrajeron a todos los intelectuales y artistas de Caracas, como Andrés Bello. El 19 de abril estuvo entre los que formaron la Junta de Gobierno que sustituyó al gobernador y capitán general Emparan, y cuando se constituyó el Congreso, fue diputado por San Sebastián de los Reyes. Luego de presentar y defender su avanzadísimo proyecto constitucional de 1811, y después de que logró que se aprobara por una gran mayoría (y de que lo único en lo que no hubo una mayoría aplastante fue en lo relativo a los fueros y privilegios, a cuya eliminación se opusieron los curas), debería haber formado parte del Poder Ejecutivo con Francisco Espejo y Fernando Rodríguez del Toro, pero no pudo viajar a Valencia a incorporarse, razón por la cual el Triunvirato fue sólo de uno, o, en realidad de dos, gracias a que el suplente, Francisco Javier Mayz, que era diputado, sí estaba en Valencia y pudo incorporarse, para nada, porque ya la anarquía era el verdadero instrumento de gobierno. La caída de la primera república implicó su prisión, y estaba encerrado en las bóvedas de La Guaira cuando Simón Bolívar reconquistó Caracas luego de la Campaña Admirable, gracias a lo cual reconquistó su libertad. Fue designado Síndico del Consulado y redactó un proyecto del gobierno para que se rigiera la nueva república, proyecto que no pudo ejecutarse debido a la reconquista del poder por parte de los realistas españoles en 1813. Con miles de venezolanos, Ustáriz huyó a Oriente (1814), y el 11 de diciembre de ese año fue asesinado por un soldado realista cerca de Maturín, poco después de la muerte de Boves en Urica. Tenía apenas cuarenta y dos años.
Esa primera Constitución, la de 1811, es en realidad un instrumento avanzadísimo, para el cual no estaba preparada la sociedad en forma alguna. No había precedente en qué apoyarse, y quizás por eso resultó un cuerpo extraño y duró tan poco. Establecía la Federación como forma del Estado, y hablaba de Confederación. Esa forma de Estado se convirtió después en lo normal en la América española, y fue adoptada por los argentinos, los mexicanos, los brasileños, los centroamericanos, y parece obvio que respondía al ejemplo de los americanos del Norte. En América del Norte funcionó, pero en el resto de América, no. La Constitución de Ustáriz, además, consagraba la separación de poderes, y establecía un Poder Legislativo, dividido en Cámara de Representantes y Cámara del Senado, con una forma que no es la usual en esta última, pues la representación senatorial no era igual por provincia, sino que se apoyaba en una base mayor que la usada para elegir los diputados, con lo que simplemente la Cámara del Senado era más pequeña que la Cámara de Representantes y por ello se perdía lo que generalmente implica la existencia de un Senado, que es la igualdad entre las provincias, independientemente de su población. En cuanto al Poder Ejecutivo, era colectivo, en forma de triunvirato. El Sistema Electoral era censitario, establecía claras limitaciones en cuanto al derecho a elegir y a ser elegido a partir del sexo y de las condiciones económicas de cada quién, tal como lo había sido en la elección del primer Congreso. Sin embargo, en ella se hizo una declaración expresa y solemne de los derechos del hombre, que enumera como libertad, igualdad, propiedad y seguridad, en lo que parece haber una seria contradicción, puesto que si sólo determinadas personas tenían derecho a elegir y a ser elegidos, mal podía hablarse de igualdad. Es, sin embargo, la aplicación de la doctrina del Estado liberal, que era en aquel tiempo la más avanzada que podía concebirse, y que reconoce unos derechos fundamentales que son anteriores y están por encima del Estado, y que pertenecen a cada individuo por naturaleza, mucho más allá de todo poder del Estado, que debe reconocer que los límites de su actuación están marcados por esos derechos fundamentales, y que su tarea esencial es la de servir de garante de esos derechos. Sin embargo, en esa Constitución no se reconoció, como derecho, la libertad de cultos, y más bien se estableció la religión católica, apostólica y romana como religión del Estado, lo cual parecería absolutamente inevitable en su momento. Uno de los puntos más delicados del proyecto era la abolición de todos los fueros personales, contemplada en el artículo 180, y que tendía, sí, a establecer la igualdad entre todos los seres humanos mediante la eliminación de determinados privilegios que existían para algunos grupos, como los nobles y los curas. A ello se opusieron radicalmente los curas que actuaban como diputados, y al firmar la aprobación de la Constitución, los sacerdotes Juan Nepomuceno Quintana, Manuel Vicente de Maya, José Luis Cazorla, Salvador Delgado, José Vicente de Unda, Luis Ignacio Mendoza y Juan Antonio Díaz Argote, así como el laico Luis José de Rivas y Tovar, declararon que protestaban contra la aprobación de aquel artículo 180. Francisco de Miranda, aunque aprobó abiertamente la eliminación de los fueros personales, dejó constancia de su inconformidad en otros aspectos, con las siguientes palabras: “Considerando que en la presente Constitución los poderes no se hallan en un justo equilibrio, ni la estructura u organización general suficientemente sencilla y clara que pueda ser permanente, que por otra parte no está ajustada con la población, uso y costumbres de estos países, de que puede resultar que, en lugar de reunirnos en una masa general o cuerpo social, nos divida y separe en perjuicio de la seguridad común y de nuestra Independencia, pongo estos reparos en cumplimiento de mi deber.” No mucho tiempo después, los hechos le dieron toda la razón. Pero en aquel preciso momento mucha gente creyó que lo hacía porque no lo habían elegido para integrar el Poder Ejecutivo.
El 21 de diciembre de 1811 fue la aprobación final de la primera Constitución que se aprobaba en Hispanoamérica, y que causó una honda herida y un terrible resentimiento en las autoridades españolas, que al condenar a muerte a la República Niña, condenaron a muerte al Imperio Español, que desaparecería del todo menos de un siglo después.
Capítulos Publicados:
La niña mopribunda
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
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De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
Eduardo sigo de cerca tus notas.
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