Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
| « Huayra: La transparencia (Viaje de Freddy Hernández Álvarez en una novela con Armando Reverón) | Venezuela XXI: Chávez y sus armas nucleares » |
Juan Vicente Gómez, el tercero de los “cuatro ases” de Francisco Herrera Luque (los otros son Páez, Guzmán Blanco y Betancourt) nació oficialmente el 24 de julio de 1857. Uno de sus mejores biógrafos, Manuel Caballero, lo pone en duda, o lo convierte en tema de discusión con razones bastante sólidas. Esa fecha se haría muy importante para el modus vivendi de los adulantes, al extremo de hacer cambiar una antiquísima costumbre: la de celebrar el santo, puesto que antes de que los incensadores de Gómez impusieron el 24 de julio como fecha natal del Libertador, la importante era el 28 de octubre, día de San Simón, que era la que el propio Bolívar y sus amigos y parientes celebraban. Para exaltar la coincidencia de días se dejó de lado la costumbre y se adoptó la nueva, apoyada en la adulancia a Gómez. Y a los norteamericanos.
Su infancia y su juventud fueron las normales de un propietario rural de la zona fronteriza entre Venezuela y Colombia. Tenía parientes y amigos a ambos lados de la frontera y se ganaba la vida vendiendo los productos de sus tierras, que heredó a los veintidós o veintitrés años de su padre, Pedro Cornelio Gómez, que era hijo natural de un colombiano, José Rosario García Bustamante, quien a su vez era sobrino de un prócer de segunda línea neogranadino. Junto con las tierras, Gómez heredó la responsabilidad de ser jefe de familia y producir para el mantenimiento de la madre y ocho hermanos (Indalecia, Juancho, Elvira, Regina, Ana, Pedro, Emilia y Aníbal). Tenía cerca de treinta años cuando conoció a Castro, que ya se había convertido en un personaje local y localista, y aún tardó varios años en entrar en la política (que en ese tiempo era casi sinónimo de guerra) como firme y fiel segundo del Cabito. Su “bautizo de fuego”, que fue en la bellísima ciudad de Colón, al Norte de San Cristóbal, se produjo a los treinta y cinco años, y su camino en firme hacia el poder, cuando ya su entorno excitó abiertamente su ambición y ya pasaba largamente los cuarenta.
El joven Gómez apenas recibió una educación elemental, pero no era, como quisieron hacer ver sus enemigos políticos, analfabeta. Caballero le atribuye “una letra clara, firme y vigorosa, incluso al final de su vida, aunque su ortografía y su sintaxis sean pésimas.”
Como hemos podido ver, Juan Vicente Gómez acompaña a Cipriano Castro en toda su gran aventura, desde el exilio hasta el Capitolio Nacional en Caracas. En febrero de 1901, cuando la asamblea nacional constituyente aprueba la constitución castrista, designa a Cipriano Castro presidente de la república, a Ramón Ayala primer vicepresidente y a Juan Vicente Gómez segundo vicepresidente. Jerárquicamente, su compadre ha puesto a un general liberal, guzmancista, continuista y que a última hora se unió a la “restauración”, nacido en Falcón en 1850, por encima de Gómez. Un mes después Castro corrige el desaguisado y nombra primer vicepresidente a Gómez, pero sabe que es algo transitorio, y en julio el hombre de la Mulera deja su cargo, pero no su posición de segundo hombre del régimen. Pronto tendrá otros bastante más importantes.
Mucho se ha hablado del proceso que llevó a Gómez a tumbar a Castro. Se ha dicho que Gómez actuó agazapado y de acuerdo a un plan. Se ha dicho que Castro humilló a Gómez y generó en él un resentimiento que se materializó en el golpe de mano. Se han dicho demasiadas cosas para explicar algo que no necesita explicación. Manuel Caballero sostiene una tesis que es, por decir lo menos, muy atractiva: “Gómez y Castro no son dos personas diferentes: Son una sola.” Tomás Polanco Alcántara (Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía, Ediciones Ge, C.A., Caracas, Venezuela, 1995), por su parte, describe con mucha agudeza el proceso del montañés que sabe esperar a que pase la neblina y no se precipita nunca, que es, en realidad, lo que hizo Gómez en ese complicado período de espera, de cacería, de búsqueda.
Castro, que era unos meses menor que Gómez, lo consideraba su hombre de confianza, su discípulo y su amigo, pero siempre su subalterno, su segundo. Gómez, a pesar de ser unos meses mayor que Castro, lo consideró su maestro, su mentor, su superior, durante mucho tiempo, hasta que cambió y resolvió dar el paso adelante y desplazarlo. Muchos fueron los factores de ese cambio, pero creo que el más importante fue el concepto que uno y otro tenían de los andinos. Hay muchas manifestaciones de esas ideas, entre las cuales es especialmente importante la contenida en la correspondencia de Gómez a Castro durante el ejercicio del poder local de Gómez Táchira, cuando se atreve a colocar a Castro en la disyuntiva de escoger entre él y Celestino Castro, hermano de Cipriano y enemigo de Gómez. Allí Gómez no sólo expresa opiniones propias y, como dice Caballero, se pone de igual a igual con su compadre, sino que demuestra que, para él, el tachirismo es un partido político que genera obligaciones. Castro, que había dicho “no cobro andinos ni pago caraqueños,” no prefirió a los andinos para gobernar. Al contrario, se apoyó en caraqueños y “centranos”. Gómez, en cambio, tenía a los andinos por mejores, por superiores al resto de los venezolanos. Es obvio que le molestaba que su compadre gobernara con los no andinos y en muchas formas lo manifestó, con el resultado de que se convirtió en el jefe de la mayoría tachirista cuando los andinos se dividieron. Cuando volvió al Táchira como jefe civil y militar, después del triunfo de la “restauración”, no se cansó de proclamar su tachirismo, y ese tachirismo fue creciendo en la medida en que su compadre y mentor le iba encomendando misiones. En todo informe que pasa al gobierno, Gómez destaca a los tachirenses por encima de todo. Por cierto que aquí se nos presenta otra de esas paradojas que jalonan la historia de quinientos años de Venezuela: Gómez fue el que integró al país, no solamente por medio de las vías de comunicación, sino que un poco al estilo de los tiempos más antiguos, movió poblaciones y repartió andinos por todo el territorio; pero, paralelamente, creó una grave división entre andinos y no andinos, entre tachirenses y el resto de la población. Ese tachirismo tendrá graves consecuencias para el país, no sólo durante la vida de Juan Vicente Gómez, sino hasta después de su muerte: en 1945 y en 1952. Y hasta en 1992.
En otro plano, los triunfos de Gómez contra la “Libertadora”, exaltados por el propio Castro, le dieron a Gómez una dimensión que muchos quisieron y supieron explotar. La quisieron explotar los gomistas para llevar a la cumbre a su jefe y la quisieron explotar los castristas para adular al suyo y tratar de apartar del camino al otro. La más clara manifestación de lo segundo fue la “Aclamación” de Castro, que en cierta forma fue el punto de partida para que se cumpliera lo primero.
La historia de la “Aclamación” de Castro es caricaturescamente simple y se parece a cualquiera de las otras “aclamaciones” que se han producido en el mágico mundo de nuestra América humana: un Cipriano Castro física y realmente enfermo, pero rodeado de adulantes y trepadores, decidió dejar por un tiempo la presidencia y encargar a su compadre del cargo. El 9 de abril de 1906 anunció, mediante una alocución pública un tanto decimonónica y cursi, que se veía en el “imprescindible caso, para la conservación de mi salud quebrantada, de separarme de la Primera Magistratura”, por lo que llamaba “al ejercicio del Poder al señor general Juan Vicente Gómez, meritísimo ciudadano, de virtudes cívicas conocidas, que en mi ausencia llenará a cabalidad los deberes de mi cargo.” Todo lo cual se ve coronado con una lacrimoso y pedantísimo autoelogio en la más pedestre de las prosas: “Quien así ha laborado tiene derecho aunque sea a un ligero descanso el cual no puede verificarse sino en el seno del retiro y de la soledad.”
El 10 de abril en el primer tren partió, como un ciudadano cualquiera y ligero de equipaje, desde la estación de Palogrande rumbo a Los Teques. El general Gómez fue a despedirlo sin pompa alguna. Castro era un pasajero más en aquel tren que iba por túneles y barrancos, subidas y montañas, al pueblo salutífero que después será capital del estado Miranda y finalmente perderá su perfil y hasta su clima al convertirse en ciudad dormitorio de Caracas.
Picón Salas, en un arranque que tiene mucho de humor del bueno, lo pinta en busca de los balsámicos efluvios de los pinares tequenses; el oxigenado aire fresco que le evoca el de sus montañas de Capacho; la larga siesta al Sol en el corredor enladrillado mientras la vista se fuga deleitosamente por el dorado horizonte de colinas, y el festival de luz, música y frescura que esparcen por el patio los verdes helechos, los bravos turpiales cantores de la pajarera, las trinitarias y el vivo manchón de orquídeas que se revientan y parecen volar como pájaros, a lo que agrega una bonita pizca de mala intención para ponerlo a oír en el fonógrafo “de corneta” un fragmento de zarzuela o cierta canción que le recuerda los melancólicos bambucos de su juventud:
Pajarillo errante que anda perdido
que anda perdido, que anda perdido.
Pero el cuadro bucólico se rompe rápidamente cuando interviene la malvada diosa política con sus sacerdotisas, la ambición y la codicia y siembran, para cosechar ganancias, la discordia. El “Círculo valenciano”, que ha ido ampliándose hasta convertirse en “Círculo centrano,” (dice Manuel Caballero) empieza a calentarle la oreja a su jefe, oreja que debe haberse enfriado por el clima de Los Teques. Empieza a rumorearse que la enfermedad de Castro puede ser más grave de lo que se ha dicho, y a plantearle al enfermo que su compadre está agazapado y forma su propio ejército político. Castro, cansado del eglógico paisaje tequeño se muda a La Victoria, y con él se mudan las intrigas. Se comenta que Gómez cambió gabinete y puso de ministro del interior a Leopoldo Baptista. Algo hay detrás de aquello. Se habla también de que Gómez está acopiando material bélico quién sabe con qué propósitos.
Y el 23 de mayo, glorioso aniversario de la invasión de los sesenta, estalla la tragicomedia. Circula un volante firmado por Castro con el título de Ofrenda a mi Patria, en el que entre otras cursilerías dice: “La fatiga necesaria y hasta el hastío, si así se me permite decirlo, me obligaron a separarme transitoriamente del Poder, única y exclusivamente con el objeto de adquirir un reposo indispensable a mis fuerzas y ánimo un tanto decaídos” (pero la gratitud de los pueblos) “no se hizo esperar en el sentido de excitarme a volver lo más presto posible a regir los destinos de la república.” La petulancia y la prosa ramplona se mezclan explosivamente en una pésima imitación de Bolívar, cuando dice: “si mi retiro que acaso pueda ser temporal, contribuye a la unión y confraternidad de todos los venezolanos, para el completo engrandecimiento de la Patria,” está dispuesto a prolongarlo. Y el dardo contra el compadre y su grupo, su propio partido, viene en seguida, cuando plantea que todo ese amor de los pueblos y ese efecto hacia su persona debe herir “susceptibilidades cuyo desarrollo podría traer consecuencias fatales y acaso hasta la paralización de la Causa de la Restauración y con ella la de la República.” Cerca del mediodía de ese 23 de mayo de 1906 se produce la mascarada organizada por Panchito Alcántara, presidente de Aragua e hijo del “Gran Demócrata”. Desfiles, cursísimos discursos de Ramón F. Bastidas, M. E. Toro Chimíes y dos hombres del pueblo. El Concejo de La Victoria convoca a todos los de la república a realizar un plebiscito para exigir al héroe de Tocuyito y La Victoria que regrese a su puesto, que se siga sacrificando por la patria, et-cétera & compañía.
El 28 de mayo Gómez invita a Castro a un almuerzo en Los Teques para fundir todo aquello en un nuevo abrazo viril. El 27 Castro había llegado al extremo teatral y ridículo de ofrecerse como secretario de Gómez. Gómez quiere que se encuentren “sin doctores”, y sin “centranos”. Castro evita la confrontación y ni siquiera le contesta a su compadre, y ante aquella realidad Gómez reacciona con inteligencia: decide movilizarse a La Victoria acompañado sólo con su edecán, el también tachirense Félix Galavís, y, como dice Picón Salas, “Allí se perfecciona la gran farsa nacional de la Aclamación.” El ahora aclamado de los pueblos regresará a la presidencia luego de que se lo “rueguen” las asambleas legislativas y los ayuntamientos, amén de centenares, miles de particulares. Y hasta el presidente encargado, su compadre Juan Vicente Gómez. En La Victoria se concentra aquella apoteosis de la adulación, con las inevitables cursilerías de Toro Chimíes y de muchos otros que cantaban loores al héroe, al caudillo indispensable. Se equivocó, definitivamente, don Jorge Manrique: Cualquiera tiempo pasado no fue mejor.
Para Manuel Caballero Gómez salió humillado y fortalecido a la vez, y lo demostró en 1908, cuando se fracturó la cordillera del Táchira.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
Comentarios recientes