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La inquieta paz de los cementerios

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

La inquieta paz de los cementerios

Al encontrarse los venezolanos sumergidos, de repente, en la paz, tuvieron que aprender a gobernar y a ser gobernados. Fue un tiempo de conflictos y de enfrentamientos. Francisco Rodríguez del Toro, el antiguo marqués del Toro, mantuanísimo y amigo y pariente de Bolívar, que al caer la primera república prácticamente desertó, se refugió en Trinidad y se humilló ante el Rey y las autoridades españolas en busca de un perdón que le fue concedido, pero ante el cambio de corriente que determinó el triunfo republicano, de nuevo cambió de casaca y regresó al país, era el Intendente de Venezuela, y como tal se enfrentó al general Carlos Soublette, que apenas era mantuano a medias pero fue siempre fiel a la causa de la Independencia, a raíz de la Ley sobre expulsión de desafectos y peligrosos para el sosiego de la República”, que había sido aprobada por el Congreso colombiano el 1º de julio de 1823. Soublette había ordenado que se sacara del país a los españoles y canarios sin mayores complicaciones, y Toro dispuso que se oirían los alegatos y oposiciones de los candidatos a ser expulsados, pero de arriba llegó la orden de que se hiciera lo que Soublette había ordenado, y así hubo de hacerse. Lo ocurrido no reflejaba otra cosa que una vieja tradición colonial: Toro adoptó una posición parecida a las de los alcaldes de otrora, y el gobierno de Bogotá, tal como solía hacer el Rey, desautorizó al Intendente y le dio la razón a Soublette. Poco después, el mismo don Francisco, que tenía más de camaleón que de Toro, tuvo otro pleito con el Ayuntamiento, del que también salió con las tablas en la cabeza, regañado y multado, igualmente muy al estilo de los pleitos de la Colonia. Y también la Municipalidad de Caracas se enfrentó, no a Soublette, sino a Páez, que era el jefe militar, al oponerse a la ejecución de un decreto de recluta firmado por Francisco de Paula Santander, Vice Presidente de Colombia, que estaba al frente del Poder Ejecutivo central, en sustitución temporal, pero de un temporal demasiado largo y continuo, de Bolívar, que hacía la guerra en el Sur. Decían los munícipes que la ejecución le correspondía al Intendente y no al jefe militar. Pronto el Intendente Rodríguez del Toro fue destituido, y se nombró en su lugar al general Juan Escalona, el del primer Triunvirato, que en las primeras de cambio también se enfrentó a Páez, ahora por el enjuiciamiento de un grupo de esclavos que tomó por la fuerza un arsenal en Petare. Páez los enjuició, y Escalona se quejó ante el Gobierno central, que le dio la razón, pero ya Páez había indultado a los facciosos. Poco después Santander denunciaba la existencia de una facción venezolana que se empeñaba en disolver a Colombia, en lo cual, por cierto, no andaba muy errado. Había empezado el proceso de desmembramiento de Colombia, de la Colombia imaginada por Miranda y convertida en hecho por Bolívar. Todo aquello no era más que la inexperiencia, y es ese período el que de verdad corresponde a la adolescencia de la patria grancolombiana, llena de granos en la cara, de quiebres de voz, de sorpresas ante sí misma, de abuso de la masturbación y, sobre todo, de una especie de rebelión hormonal de la que no tenía mucha consciencia.
Eso fue lo que ocurrió, lo que llevó a Venezuela a separarse de Colombia, al descuartizamiento de Colombia que condenó a sus pueblos a la pobreza en la que han estado desde entonces hasta ahora. Pero hay que entender que, especialmente en Venezuela y Nueva Granada, se había vuelto a usos y costumbres coloniales, con la diferencia de que ahora no se apelaba a Santo Domingo o a Sevilla o a Madrid, sino a Bogotá, para dirimir los muchos enfrentamientos que había entre autoridades que se creían con plenos derechos a ejecutar tal o cual cosa, o a impedir que se ejecutara. Esos enfrentamientos entre el Ayuntamiento de Caracas, el Intendente, Páez, Soublette y quién sabe cuántos más, no eran otra cosa, y en nada diferían de los que en tiempos coloniales se producían entre el Ayuntamiento, los alcaldes, los gobernadores, la Real Audiencia y quién sabe cuántos más. Y todo eso se veía agravado por la absoluta ruptura de todo orden y la disolución de la sociedad, causadas por la guerra entre 1812 y 1821. Recuérdese que Caracas había perdido casi toda su población, tal como Valencia, Barquisimeto, Maracaibo, Mérida, Barcelona, Cumaná, Barinas. Y el país había perdido casi toda su economía, y simplemente no tenía recursos suficientes para recuperarse. Todo apuntaba hacia el caos.
Y en el caos se apoyó la llamada Cosiata.
Se dice que la palabra Cosiata nació de una obra de teatro que se montó en Valencia, en donde varias palabras se deformaban para que terminaran en “iata” y en “iato”, o en “ata” y en “ato”. Un poco para darle a la cosa un tono de cómico misterio, en vez de hablar de “cosa” se empezó a hablar de “cosiata”, y así empezó a conocerse el movimiento que tendía a desconocer a Bogotá como centro de poder, y a Santander como autoridad cuyas acciones se suponía eran ignoradas por Bolívar, y a entregarle el poder en Venezuela a dios, que era Bolívar, y a José Antonio Páez, que era entonces su profeta y había tenido ganas de ser el jefe verdadero desde mucho tiempo atrás. En realidad, los iniciadores de aquel movimiento fueron los hombres de más influencia en su tiempo, como Francisco Javier Yanes, Martín Tovar, Felipe Fermín Paúl, Andrés Narvarte, José Santiago Rodríguez, Alejo Fortique, Tomás Lander, etcétera. Páez lo que hizo fue aprovechar la corriente que ellos impulsaron, pero no es creíble que tuviera ideas definidas y empujara él mismo el movimiento que terminó por encumbrarlo.
El detonante inicial de la Cosiata fue ese reclutamiento que ordenó Santander y que Páez ejecutó con absoluta eficiencia. El Intendente Escalona y la Municipalidad caraqueña lo acusaron de abuso de poder, lo cual, por cierto, no era nada falso, y pronto se prendió en Bogotá la polémica. Vicente Azuero, que poco tiempo después se demostraría enemigo irreconciliable de Bolívar, fue el principal acusador de Páez, y parecería que Santander, que tenía muchas razones para detestar a Páez, quiso aprovecharse de la ocasión para quitar del medio al llanero mediante subterfugios y más de una trampita. Páez fue destituido, Escalona pasó a ocupar su cargo y Cristóbal Mendoza el de Escalona, todo lo cual fue utilizado por los partidarios de Páez para intrigar en su favor. Y en contra de la unión de Venezuela y Colombia. El 27 de abril de 1826, aunque Páez había acatado la medida en su contra y se preparaba a ir a Bogotá a enfrentar los cargos que se le hacían, la Municipalidad de Valencia hizo saber su profundo desagrado por la separación de Páez del cargo de jefe militar, pero no se conformó con eso, sino que decidió mandar a Bogotá a paseo y poner de nuevo a Páez en el cargo. Curiosamente, la Municipalidad de Caracas, que había acusado al llanero, se adhirió a la iniciativa valenciana, tal como lo hicieron varias corporaciones y personalidades del país, que empezaba a alzarse casi en armas. Apenas Rafael Urdaneta, que estaba en Maracaibo, y José Francisco Bermúdez, que estaba en Guayana, se negaron a sumarse al movimiento paecista. Desde Bogotá, Santander declaró a Páez en rebeldía a comienzos de julio, con lo cual lo ocurrido en Venezuela se convertía en un auténtico conflicto entre las dos partes más importantes de la Colombia imaginada por Miranda y creada por Bolívar, que seguía en el Sur tratando de echar definitivamente a los españoles del continente.
En noviembre de 1826 la guarnición de Puerto Cabello se alzó contra Páez y Pedro Briceño Méndez puso la plaza a la orden del Libertador, por lo que Páez, en una especie de venganza, resolvió destituir a Cristóbal Mendoza, el primer Presidente de Venezuela, que actuaba como Intendente, y colocar en su sitio a Mariano Echezuría, paecista connotado. Se daba una combinación extraña: los partidarios de Páez empezaron a clamar por Bolívar y a manifestarse contra Bogotá, lo cual era una contradicción flagrante. Bolívar, en aquel momento, era Bogotá, aunque en Bogotá se prepararan conspiraciones en su contra y contra Páez. Sin medias tintas, la mayoría de las municipalidades venezolanas tomaron parte en el asunto en defensa de Páez y en contra de Santander, y aun cuando exaltaban la figura de Bolívar, era obvio que la posición del caraqueño se convertía cada vez más en algo precario, puesto que lo que querían destruir era lo que él consideraba su opus magna. Aparecían tendencias claramente federalistas, a las cuales obviamente se opondría el Libertador. Se hablaba de hacer una nación al estilo de los Estados Unidos. Se anunciaba, sobre todo en Guayana, una nueva guerra civil. Santiago Mariño aprovechaba en Oriente la coyuntura para renacer como caudillo, mientras en Maracaibo Rafael Urdaneta prácticamente impedía que los movimientos paecistas tomaran vuelo. Una reunión de “notables”, otra vez los notables, en la iglesia de San Francisco, pide en noviembre un Congreso Constituyente, que debería hacerse en noviembre de 1826 y restauraría lo que se llamaba la “antigua Venezuela”. Y, para colmo, apareció en Caracas el tema de la “Constitución Boliviana”, traído por Antonio Leonado Guzmán como recomendación nada menos que del propio Simón Bolívar, que regresaba poco después a Bogotá sin darse mucha cuenta de lo que le iba encima.
Una vez de regreso en Colombia, debió darse cuenta el Libertador de que las cosas se le complicaban cada día más. Entre otras cosas, la Guerra de Independencia había arruinado al país, pero, para colmo, su gesta en el Sur lo había arruinado aún más. La miseria era el orden del día. Lo común era encontrarse con ruinas, algunas de ellas producto de terremotos, pero la mayoría producto de la guerra y el pillaje. Casi todas, si no todas, las familias de Venezuela habían pagado un alto precio por todo lo sucedido entre 1812 y 1823, y en todas ellas se contaban por decenas los muertos. En los caminos se veían soldados, solos o en partidas, dedicados a pedir limosnas o a asaltar a los que parecían tener algo de riquezas. Todos aquellos años de guerra hicieron que muchos de ellos no supieran otra cosa que disparar o clavar puñales o espadas o bayonetas. Y hasta en los altos jefes era evidente la desmoralización. Sólo sabían mandar, y era imposible que se quedaran quietos ante todo lo que los rodeaba. Se enfrentaban civiles y militares por el poder en pequeña y gran escala. Y en Venezuela empezó a imponerse la idea de que el culpable de todos sus males era el gobierno de Bogotá. Al principio en la persona de Francisco de Paula Santander, puesto que ejercía el mando en ausencia de Bolívar, a quien querían excusar por aquello de que estaba lejos, en el Sur, peleando contra los godos. Pero cuando se supo que Bolívar estaba en Bogotá y mandaba, y no terminaba de solucionar los problemas de los venezolanos, la opinión empezó a cambiar.
Y como para que las cosas se complicaran aún más, los godos, los antiguos realistas, intrigaban, bien para que se acabara la república, bien para que les permitieran compartir el poder. Y Páez no desdeñaba apoyo alguno para su Cosiata, que crecía día a día y a ojos vistas. En su Autobiografía no es nada explícito. Explica poco la situación. Su narración apenas cobra vida cuando cuenta todo lo que ocurrió a partir del 6 de mayo de 1824, cuando el Congreso decretó una leva de cincuenta mil hombres y él se aplicó a hacerlo, (Pp. 268 y siguientes) y reconoce que actuó con un cierto exceso de energía. Después de eso, su cuento se hace confuso, recuerda que al reprimir y después perdonar a los esclavos que se alzaron en Petare, los antiguos godos empezaron a verlo con buenos ojos. Luego acusa a Santander de varias cosas, y su narración apunta hacia que, simplemente, quería alzarse como se alzó, aun a pesar de que Bolívar hizo un último y desesperado esfuerzo por evitar lo que ya debería haberle parecido inevitable.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios

 

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de Eduardo Casanova

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