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La muerte es algo demasiado radical, demasiado definitivo, como para tomarla a la ligera. Ese ser que deja de moverse, que deja de sentir, que deja de existir, que se convierte en algo inerte, sea un hombre, una mujer, un niño o un animal, se pierde para siempre. Jamás podrá recuperarse. Jamás podrá ver, oír, moverse de nuevo. Y no hay absolutamente nada que justifique la causa de esas muertes, cuando la causa es la violencia, la intransigencia, la muerte. No importa qué fue primero, si el huevo o la gallina. No importa quién disparó primero. No importa quién obligó al otro a disparar segundo. Hay que erradicar la intransigencia, la guerra, la violencia, la muerte. Ojalá todos pudiéramos seguir, de verdad, el ejemplo de aquel que predicó que había que ofrecer la otra mejilla. O de aquel otro que dijo “Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible”. No importa si uno fue Dios y el otro hombre, ambos nos señalaron el camino, y apartarnos de ese camino es negar el porvenir. No se trata de religión, no hablo de los divino, sino de lo terrenal, lo humano. Como hombre, como simple hombre, como mortal, siento simpatía por algunas causas, pero no puedo cegarme al extremo de justificar ni siquiera una sola muerte. Defender a los que de una u otra manera causan muerte y dolor, es negar el porvenir. Si supiéramos qué hay después de la muerte, podríamos arriesgar la vida. Pero la muerte parece ser demasiado definitiva, demasiado total, demasiado radical, como para poder justificar cualquier tipo de violencia que la cause. Siento, sí, mucha simpatía por quienes se defienden, pero también la siento por quienes no se defienden. Y en cambio no siento la más mínima simpatía por los que lanzan la primera piedra, por los que gritan, por los intransigentes, los guerreros, los violentos. Ojalá algún día…
Mi querido amigo:
Eduardo Casanova tiene razón cuando condena la visión ligera y banal de la muerte que pregonan los gobernantes. Debieran leer el ensayo de Albert Camus: El hombre rebelde. En ella se trata del nihilismo absoluto que propone la muerte también absoluta, la de todos los oponentes, nunca la de quienes la proponen. en esto cambian la tesis de Camus, que dice que el nihilismo absoluto es la de todos, incluso la de quien la desea en otros, porque también se incluye como suicida. Y sin embargo, es una muerte pensada, lógica y organizada, es decir banal. Nunca se mata en estos casos por razones pasionales sino por ideología. Heathcliff, el peraonaje de Cumbres borrascosas, mataría la tierra entera por poseer a Cathy, nos recuerda Camus. Hitler mataba por sistema, lo mismo que Stalin, lo mismo que el gobierno que nos han impuesto con peluca amarilla. 
Gracias, Alejo, gracias, Gonzalo. Gonzalo: iba a escribirte explicándote esa segunda parte, pero recordé una anécdota de Zumeta que solía contar Arturo (Uslar Pietri), acerca de un periodista que, cuando Zumeta, como director del diario, se manifestó en desacuerdo con algo que había escrito, le respondió: "Yo lo que quise decir...", y Zumeta lo interrumpió con un tajante "¿Entonces, por qué no lo dijo?"... Cordiales abrazos.
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