Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
| « Todos a votar el domingo 12 | Relatos Fascistas, de Alberto Hernández » |

Hoy por puro caso, encontré en un supermercado de Caracas un paquete de maní horneado en su cáscara. Rápidamente, en un viaje maravilloso al pasado, mi memoria me transportó a unos de los lugares favoritos de mi infancia: el Cine Tropical de San Felipe, en el estado Yaracuy, de José Manuel Avendaño “el local de las orquídeas y de los grandes estrenos” como rezaba el slogan, un sitio único perdido en la provincia venezolana, que alimentó sueños e ilusiones en la chiquillería de los años 40 y 50, desapareció a finales de los 60.
Allí escuchamos por primera vez en Casablanca la frase “siempre nos quedará París” Según los críticos y los cineastas (1) es la declaración de amor más bella y conmovedora jamás pronunciada en el cine. Se la dice Bogart a Ingrid Bergman al final de la película, en el momento en que ambos saben que se separan y no se volverán a ver jamás. “Siempre nos quedará París”. Pero, qué significado real tiene este parlamento: A pesar de que pueda ocurrir lo peor –pase lo que pase- para todos los seres humanos siempre quedará un lugar en el cual podamos amarnos y ser felices, donde manifestar libremente nuestra alegría –reír y por qué no, llorar, expresar nuestra tristeza- el punto de inicio de un retorno al país de los sueños. Este sitio, por supuesto, no puede ser otro que el cine, pues solamente es allí donde todo sale bien, a la medida de un cuento de hadas. Pero, para unos pobres niños de provincia qué significado tenía esta esperanzadora frase: no tenía otro que el Cine Tropical de San Felipe, el único lugar de sueños e ilusiones, no había nada más en el pequeño pueblo.
También allí con la película Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939) con Clark Gable, Vivien Leigh y Olivia de Havilland, nos enteramos de que en 1860 existía un conflicto interno en los Estados Unidos de América, conocido como Guerra de Secesión, una contienda entre el norte y el sur. ¿Qué estaba en juego? Esta guerra no se hizo para la liberación de los esclavos del sur. Lo que se trató de decidir entonces, mediante las armas, era un modelo de país: un sur con su economía aferrada en los grandes latifundios, especialmente en el monocultivo del algodón y por supuesto afincada en la esclavitud; y un norte industrializado, dirigido a la fabricación de manufacturas, producidas por obreros. Al sur no le importaba un país, solo quería vender sus materias primas en el exterior, con el objeto de sostener el deslumbrante estilo de vida de los aristócratas sureños. Al norte, con mejor visión, le interesaba configurar un proyecto económico de país industrial, con peso propio: una nación con fuerza de trabajo, cargada de obreros capaces de dar vida a muchas industrias, dentro de un país unificado donde vender esas manufacturas. También a los venezolanos cuando nos tocó decidir que modelo de país escoger, nos fuimos desde muy antiguo, por el camino del sur: de vendedores de materias primas. Atrás en el pasado, café, cacao, algodón, madera, etc. Nunca intentamos ser un país de industrias, con una clase obrera sólida y bien estructurada. Pero, lo más dramático de la historia reciente de Venezuela es que a la llegada del Siglo XXI, tomados de la mano de Hugo Chávez Frías, éste nos condujo nuevamente por la senda de vendedores de materia prima y el “mono cultivo” -solamente el petróleo- y peor aún, de regalador de nuestros recursos, para desperdiciar la gran oportunidad para Venezuela, de ser el modelo de país industrializado de América latina, como fue el norte en los Estados Unidos de América.
Pero tornando al punto inicial de nuestra historia, en el Cine Tropical, una voz ronca y penetrante, a manera de los cantantes de ópera, anunciaba su pregón: “maní horneado, a locha el paquete” Era un muchacho de unos 10 años edad, muy pobre, lo llamábamos “la Marrana Jiménez” compañero de todos nosotros en la Escuela Padre Delgado. Tal vez su madre horneaba el maní, lo envolvían en papel de periódicos, en paqueticos que parecían “origami”, papel doblado al etilo japonés. Él debía vender 8 paqueticos para reunir un bolívar y nosotros de manera desconsiderada le decíamos: “Marrana, estos paquetes no tienen nada de maní, puro papel de periódico”
La voz de “la Marrana Jiménez” era inconfundible: “maní horneado, a locha el paquete”. Una vez, en un acto conmemorativo de la muerte del Libertador, cuando se guardaba el minuto de silencio, se escuchó su pregón: “maní horneado a locha el paquete” Era la época del dictador Marcos Pérez Jiménez y la pobre “Marrana” fue a dar con sus huesos en prisión por orden del gobernador Cordido, interrumpió el minuto de silencio. Pero lo más importante de esta historia es que todos en el Cine Tropical comprábamos su maní, allí se escuchaba el crujir de la cáscara, mientras la maquina –a modo de una ruidosa locomotora- pasaba la película, bajo la mirada atenta de Capirolo, el irritable operador que conocía todas las mañas del viejo aparato. El maní provenía de las ondulantes serranías de Cocorote. Para mí, siempre lo recuerdo como el mejor maní que he saboreado, con el olor de las montañas verdes del viejo Yaracuy, cultivado en sus valles sembrados de pequeñas aldehuelas, entre serrijones, picachos y arroyuelos, con sus pequeñas iglesias de sonoros campanarios y altas espadañas blancas.
Después vino el bachillerato y no vi entre mis compañeros a “la Marrana”, por supuesto tampoco lo encontré en la universidad. Nunca más supe de él, si está con vida debería rondar los 74 años. Más adelante, por razones de trabajo me tocó viajar a menudo a los Estados Unidos de América, en vuelos aéreos donde nos servían a la hora del aperitivo unas bolsitas de maní muy lindas, con granos bien tostados y sazonados, sabían muy bien, pero que va: nunca como aquellos del Cine Tropical. Estos maníes del avión procedían de las plantaciones de Jimmy Carter, el más importante productor de maní de ese país. Entonces, surgía una pregunta: ¿Por qué un pobre muchacho del Yaracuy, vendedor de maní, no puede con su actividad económica generar ingresos, ni siquiera para sostener sus estudios? En cambio en otros países, alguien con esa misma labor comercial puede llegar a subsistir y más aún, a ser el presidente de un país del primer mundo. Tal vez los economistas conozcan la respuesta, lástima que ellos se ocupan muy poco de estos pequeños acontecimientos de la vida diaria en la Venezuela olvidada.

Cuando escribí por vez primera esta crónica en un periódico del Yaracuy, uno de mis compañeros de infancia –ingeniero y economista, con especialización en petróleo, con quien compartí el maní de la Marrana Giménez- tal vez a nombre de los economistas, me hizo las siguientes observaciones: “Jimmie Carter es ingeniero nuclear y sus padres tienen las plantaciones de maní y la industria de procesamiento y enlatado de maní y otros rubros agrícolas en USA por mas de 150 años, poseen así mismo, el mercado mas grande del mundo que son 58 estados de la unión, mas el resto del planeta. En concreto pueden suplir el maní mas productivo por hectárea del universo. El valor de sus propiedades supera los 5.800 millones de dólares y es y han sido ciudadanos americanos desde la colonia. Por lo demás, producen más de 58 variedades de maíz y son los accionistas más importantes de “Dole” en muchas partes del mundo, recientemente en Chile han hecho inversiones multimillonarias. Bueno, entonces cómo se te ocurre comparar a Jimmie Carter con un pobre muchacho de barrio como la Marrana Jiménez”. ¡Que fuerza tienen los recuerdos! Mi compañero de infancia, un yaracuyano de formación universitaria y especialización, con una educación de primer mundo, con dominio de varias lenguas, exitoso en su vida profesional y residenciado en los Estados Unidos de América, se ha visto obligado a escribirme y hacerme este erudito comentario, tan solo porque se siente ligado a mi (y tal vez, a la Marrana Jiménez, un pobre muchacho como él lo llama) por los recuerdos comunes de la infancia: por un sabroso maní artesanal horneado en su cáscara y por el Cine Tropical. ¡Que fuerza tienen los recuerdos y la magia maravillosa del cine! Todavía, al paso de los años, compartimos recuerdos, pero no así, la percepción real –pragmatismo versus sueños- del mundo en que nos ha tocado vivir.
Mientras saboreo el maní del supermercado, mi esposa me regaña, algo habitual. ¿Por qué tienes que comer maní en cáscaras y dejar todas las conchas encima de la mesa? Ahora me toca a mí limpiar esa basura. -Bueno, así es el maní que a mi me agrada, le respondo. ¿No se? Esta respuesta no es enteramente sincera, una frase para salir del paso y no tener que ser yo quien limpie la mesa, pero con mis lectores quisiera ser honesto: para mi, el maní que me ha gustado siempre es el de la “Marrana Jiménez”, en el Cine Tropical, el único que mantiene un lugar permanente en mi parcela de sueños y de viejos recuerdos de mi infancia.
(1) José Pablo Feinmann, El cine y la condición humana. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011.
Hugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).
Comentarios recientes