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La Muerte del Siglo

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Muerte del Siglo

Entre el 1º de septiembre de 1897 y el 2 de marzo de 1898 ocurrieron muchas cosas. La primera reacción del Mocho Hernández y de Alejandro Urbaneja, presidente del partido burlado, fue perfectamente apegada a la ley: Buscaron testimonios y pruebas para llevarlos a la Corte Federal y pedir la nulidad de las pretendidas elecciones, pero los “legalistas”, que tal como ocurrirá en el comienzo del siglo XXI eran defensores de la ilegalidad, no sólo se dedicaron a obstaculizar aquel intento, sino que usaron la violencia abierta, por lo que Hernández y los suyos vieron que aquella vía no llevaba a ninguna parte y cayeron en el inevitable error de combatir el fuego con fuego. Y en noviembre ya casi todos los jefes del llamado liberalismo nacionalista estaban detenidos.
Crespo no quería presos ese 28 de febrero de 1898, cuando Ignacio Andrade recibió la silla de Manuel Guzmán Álvarez, Vocal Nº 1 del Consejo de Gobierno, y por eso el Mocho y sus amigos salieron de las cárceles el 20, y contaron con una semana para organizar su reacción armada al abuso que se había cometido. La casa del Mocho, de Miguelacho a Misericordia, en el canario barrio de La Candelaria, se llenó de amigos y espías y se vio rodeada de espías y amigos. Desde octubre del año anterior habían ido organizando todo para lanzarse a la lucha armada, el burlado candidato había decidido que la acción empezaría en Carabobo y Cojedes, en donde tenían grandes compinches que estaban dispuestos a formar parte de su ejército, como Luis Loreto Lima y Evaristo Lima, primos hermanos entre sí, los hermanos Salvador, Félix, Froilán y Modesto Barreto, Samuel Acosta y otros. Si un novelista narrara, tal como fue, fuga del Mocho Hernández más de un crítico tacharía la novela de inverosímil. El 23 de febrero del 98 se corrió la voz de que el general Hernández estaba enfermo, y su médico, David Lobo, fue a verlo. Al poco tiempo, escoltado por dos señoras y en coche de alquiler llegó a la casa Eloy Escobar, disfrazado con levita, sombrero alto, anteojos oscuros y una espesa barba postiza. Un espía para despistar a los espías. Al cabo de un rato salió el Mocho con el mismo disfraz de Escobar y las mismas señoras y se montaron en el coche de alquiler. Minutos después el jefe cambiaba de vehículo en la casa de Felipe Llamozas, y al rato llegaba a la casa de Escobar, de Reducto a Miranda, a unas catorce cuadras (nueve y media al Oeste y tres y media al Sur) de la casa del Mocho. Allí lo esperaba el joven Vicente Lecuna. Se les reunieron el doctor Lobo, Eloy y José María Escobar y Juan José Michelena. A la una de la madrugada salieron hacia la casa del conductor del tren que saldría a primera hora de la mañana rumbo a Valencia. Les costó encontrar la casa y el general Hernández despertó al dueño de la botica del lugar (Palo Grande, al Oeste de la ciudad), que era conocido, para preguntarle dónde vivía el ferrocarrilero. Superado ese obstáculo, el conductor metió a Hernández en un escaparate que se usaba para transportar picos, palas y azadones, y a la hora debida lo llevó a la estación central, en Caño Amarillo, a pocos pasos de la casa de Crespo, que esa mañana regaba tranquilamente en el jardín sin sospechar lo que se hacía tan cerca de él. Cuando el tren partió, rumbo a los Valles de Aragua y Valencia, en él iban, como inocentes pasajeros, Vicente Lecuna y José María Escobar. Al pasar Los Teques, el maquinista, Rafael Ramos, sacó a Hernández de su ataúd y le permitió moverse con alguna libertad en un vagón de carga convenientemente cerrado. A las tres de la tarde, luego de que la policía en Maracay había buscado en el tren a un político de segunda que viajaba también en segunda, llegaron a Valencia, y a las ocho de la noche, el general Hernández salió de su escondite escoltado por el doctor José de Jesús Arocha, al que después llamarían El Tigre Arocha, fundador del Liceo San José y uno de los hombres más honorables del país, que había nacido en Montalbán treinta y siete años antes (Ver: Otero, Luis Enrique, El Tigre Arocha, Colección “Venezuela Salesiana”, Ensayo 1, Los Teques, 1986) y, aunque médico, se había dedicado por completo a la educación. Esa misma noche el doctor Arocha y el Mocho se trasladaron a Queipa, en donde el 2 de marzo del 97, dos días después de la toma de posesión de Andrade, iniciaría su curiosa revolución.
El principal resultado de aquella revolución fue la muerte de Joaquín Crespo, y su subproducto, la llegada de los andinos al poder. Al comienzo se regó como una alegre tormenta por buena parte del país. Arrancó especialmente en el estado Cojedes con muy poca gente, pero pronto se vio que los miles de estafados por la burda maniobra electoral del gobierno estaban resueltos a cobrarse la afrenta con saña. A imitación de Páez cuando la “Revolución de las Reformas”, Crespo, gobernador titular del estado Miranda (que cubría los actuales estados Miranda, Aragua, Guárico y Nueva Esparta y era, desde luego, el más importante del país) y como jefe de la primera circunscripción militar, salió en defensa de las autoridades constituidas, con dos diferencias fundamentales: el presidente seguía en su lugar y en el fondo los alzados tenían más legitimidad que los gobernantes. El 9 de marzo llegó Crespo a Valencia y decidió ir a “cazar” al Mocho por los lados de Bejuma y Montalbán, tierra de los Arocha, mientras el general Manuel Modesto Gallegos iría con una fuerza importante hacia Cojedes. Gallegos lo hizo con toda la calma del mundo, y Hernández, con un golpe de audacia tomó Tinaquillo y se apoderó de un buen parque. Los de Crespo seguían dando golpes de ciego mientras Hernández les daba empujoncitos y se preparaba a enfrentarlos en serio, para lo cual la suerte escogió una “mata” en el hato El Carmelero, cerca del pueblo de Cojedes, hacia el Oeste del estado, a mitad de camino entre San Carlos y las ciudades hoy unidas de Acarigua y Araure. El lugar entró a la historia como la Mata Carmelera.
El 16 de abril de 1897, en la mañana, una bala anónima hirió de muerte en el pecho al general Joaquín Crespo. El mestizo se convirtió en blanco por un fatal instante, El niño prodigio había vivido cincuenta y seis años y ya no era ni niño ni prodigio, sino un hombre que había errado demasiado y persistía en errar. “El general Crespo se había desmontado de la mula que cabalgaba y hacía ensillar su caballo peruano. El gran jefe era demasiado visible, expuesto fatalmente a los certeros disparos de los cazadores que subidos en los árboles de ‘La mata Carmelera’ tenía apostados el general Hernández, acechando la vida del General Crespo”, cuenta el doctor José Rafael Núñez, citado por Rondón Márquez. Eran las ocho de la mañana cuando la bala de algún mochista le entró a Crespo “más abajo de la clavícula derecha y le salió un poco detrás del cuadril izquierdo”, como precisa en coronel Antonio Martínez Sánchez, también citado por Rondón Márquez. Una bala anónima, como la que mató a Zamora unos kilómetros al Este de la Mata Carmelera, o como la lanza que quitó a Boves del reino de los vivos en Urica. Y todas causaron extraños meandros en la historia.
También allí murió, aunque no físicamente, el Mocho Hernández, que no supo aprovechar lo que había ocurrido, y en vez de irse a la capital a tomar el poder, se quedó caracoleando hasta que cayó en manos del general Ramón Guerra. Era el rey indiscutido del error.
Andrade no pudo con el paquete que le dejó entre manos la muerte de Crespo. Designó para sustituirlo como jefe militar a Ramón Guerra, pero Guerra quería suceder a Crespo también como gobernador del estado Miranda, en lo cual competía con el otro jefe militar de la campaña contra el Mocho, el general Antonio Fernández. Andrade, para evitar un pleito, decidió dividir Miranda en tres sin esperar, como indicaba la Constitución vigente, el final del período constitucional, y designó a Fernández gobernador de Aragua y a Guerra gobernador de Guárico. Guerra aceptó a regañadientes y se fue a su nuevo destino, pero pronto se produjo el rompimiento, cuando Andrade envió al general Celestino Peraza a exigir a Guerra que anulara unos nombramientos que había hecho y Guerra se negó a hacerlo. Andrade envió entonces una fuerza armada al mando de Martín Muguerza, que se dio cuenta de que el otro tenía más fuerza y se unió a él en una guerrita que no tuvo el más mínimo éxito. En marzo del 99 Guerra había fracasado y emprendía el camino de Colombia. Y justamente de Colombia saldría, en sentido contrario, Cipriano Castro. El 23 de mayo de ese mismo año de 1899, Castro invadió Venezuela, y el 22 de octubre llegó triunfante a Caracas.
También en 1899 Gonzalo Picón Febres, en su novela El sargento Felipe (Biblioteca Popular Venezolana, Dirección de Cultura, Ministerio de Educación, Nº 60, Caracas, Venezuela, 1956) ponía en boca de su personaje, Felipe Bobadilla, lo siguiente: ¿sabe usté, amigo en lo que paran estas cosas de la guerra? En llenarse el país de generales mucho más de lo que por desgracia está, generales de cuartajo que todo se lo roban, que a todo el mundo insultan, que por todo se insolentan cuando cargan el machete en la cintura, y que a pesar de ser tan animales como yo, que lo soy pa que se vea, llegan pronto a presidente, y hacen lo que se les da la gana, y los letrados les adulan que da asco; mientras que nosotros nos pasamos la vida trabajando pa ganar una miseria, ellos se hacen ricos en sólo cuatro día. Todavía los escritores actuaban como conciencia del país. Una conciencia que entonces gritó con toda claridad: Venezuela no quería guerra.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo

 

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de Eduardo Casanova

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