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El GeneralÃsimo Francisco de Miranda, convertido en dictador, supo desde el primer instante que la enfermedad de la Niña era incurable. Asumió aquel papel con la vana esperanza de que algún milagro le permitiera salvarla. Pero sabÃa muy bien que no contaba con los elementos mÃnimos para emprender aquella empresa. El elemento humano que tenÃa consigo era poco menos que inútil, y se hizo un esfuerzo sobrehumano por organizar una fuerza combatiente con los extranjeros, fue como un tonto canto de cisne que no podÃa resultar en nada concreto.
SabÃa muy bien que no tenÃa fuerza para derrotar a Monteverde, y empezaba a pensar seriamente en dejar el territorio a los realistas y emprender la reconquista desde la Nueva Granada, tal como lo harÃa en definitiva su entonces epÃgono, Simón BolÃvar y Palacios, en aplicación del Tratado de Alianza y Federación entre Cundinamarca y Venezuela, firmado por Jorge Tadeo Lozano y Peralta y el cura Madariaga, el 28 de mayo de 1811. Ante la gravedad de la situación, el GeneralÃsimo hizo que se dictara la Ley Marcial y se suspendiera la Constitución. Todo el poder de la república quedó, a partir del 19 de mayo de 1812, en las manos de Miranda. Y en manos de Miranda se perdió la república. Se perdió la Patria Niña.
Una de las causas de resentimiento contra Francisco de Miranda era que habÃa formado grupos de extranjeros para defender la Independencia, lo cual demostraba su desconfianza hacia los criollos. También habÃa ofrecido la libertad a los esclavos que se unieran al ejército, y muchos de ellos, que no sabÃan manejar un arma, sumaban desorden a las tropas. Los mantuanos, que eran amos de los esclavos, no se sentÃan nada felices con aquello. Las deserciones se sucedÃan y hacÃan pensar a muchos que la caÃda de la república era cosa de dÃas. Los enemigos de Miranda intrigaban a más y mejor, sin darse cuenta de que con esa actitud se condenaban ellos mismos a morir. Y lo curioso es que en esos dÃas Monteverde no las tenÃa todas consigo. También el lado realista estaba tambaleando, pero los del lado republicano no lo sabÃan. Se repetÃa la situación de Coro, la de 1806, cuando Miranda, de no haber regresado al mar, habrÃa podido tomar Caracas.
Pero en rigor, la muerte real de la república fue aquel 6 de julio, cuando cayó Puerto Cabello y además de perderse un parque importantÃsimo se rompió del todo el precario equilibrio de fuerzas que, mal que bien, Miranda habÃa conseguido mantener.
Miranda, al enterarse, dejó escapar una sentencia definitiva, en francés: Venezuela est blesée au coeur. Monteverde, al caer Puerto Cabello, habÃa puesto sus manos en un formidable arsenal, que le permitirÃa aplastar a los republicanos en cosa de dÃas. Miranda y la república estaban perdidos. La patria habÃa perdido una de sus plazas más importantes, y con ella todas sus esperanzas. En Barlovento, los descendientes de esclavos se alzaron, reafirmando aquello de que los que más tenÃan que ganar defendieron a sus enemigos.
El 12 de julio Francisco de Miranda, el hombre que concentraba todo el poder de la recién nacida república de Venezuela, decidió hacer lo único que podÃa hacer: capitular. Reunió a Roscio, Casa León, Francisco Espejo, Coto Paúl y José de Sata y Bussy, y todos estuvieron de acuerdo en que no tenÃa el más mÃnimo sentido seguir una guerra que ya estaba perdida. Lo sensato era ahorrar la sangre de los soldados y tratar de que el paÃs encontrara un camino menos cruento para seguir adelante.
Ese mismo dÃa Miranda envió a Monteverde, que estaba en San Mateo, la propuesta de capitular, y Monteverde, agachado, aceptó el 13. En realidad, Monteverde no tenÃa la más mÃnima intención de negociar. En aquel momento decisivo Miranda cometió otro de sus graves errores: envió como negociador a don Antonio Fernández de León, el marqués de Casa León, español y camaleón, que sin un gesto de compasión le clavó un puñal en la espalda. Un puñal cargado de cifras y de números, pues Casa León, envuelto en sus propias tinieblas, corrió la voz de que Miranda se habÃa robado el tesoro de la nación. Y tanto los republicanos como los realistas pensaron que el gran hombre querÃa beneficiarse de la miseria de todos.
Un Miranda, agotado y desilusionado, llegó a La Guaira para embarcarse en una nave inglesa. TodavÃa cometerÃa dos errores fatales más, dos errores que le costaron la vida y lo condenaron a las tinieblas por el resto de su agonÃa: el primero fue que en vez de embarcarse, aceptó la hospitalidad del jefe del puerto, un tal Casas, y en esa casa se acostó a esperar el amanecer que nunca llegarÃa; y el segundo fue no explicar que su plan era revivir la guerra desde la Nueva Granada, la otra parte de la Confederación que aún seguÃa libre y con vida. Era la noche del 30 al 31 de julio de 1812, y en las sombras se preparó el último acto de la vida real de Francisco de Miranda.
Lo que en realidad querÃa Miranda, como vimos, era irse del territorio venezolano para reemprender la lucha desde afuera en aplicación del Tratado de Alianza y Confederación entre Cundinamarca y Venezuela, que era algo absolutamente válido y sensato. Entregar la parte venezolana para, desde la otra, emprender la reconquista. Sospechaba que la posición de Monteverde habÃa llegado a ser muy precaria, y que sin la accidental toma de Puerto Cabello con su parque, habrÃa tenido que retirarse hacia Coro en cosa de dÃas. ParecÃa más o menos evidente que si en poco tiempo se retomaba la acción, los realistas no podrÃan mantener el territorio en su poder mucho tiempo. Pero no pudo embarcarse. No está nada claro lo que pasó en el puerto de La Guaira al abrigo de las tinieblas. No es fácil saber lo que en verdad ocurrió esa madrugada. Manuel MarÃa de las Casas, que era el comandante militar de La Guaira, Miguel Peña, que era el jefe polÃtico, Simón BolÃvar, Juan Paz del Castillo, José Mires, Manuel Cortés, Tomás Montilla, Rafael Chatillón, Miguel Carabaño, Rafael Castillo, José Landaeta y Juan José Valdés, decidieron arrestar a Miranda. BolÃvar, aun sin saberlo, con ese acto poco noble se impulsó a sà mismo y se convirtió en el Libertador que serÃa traicionado en 1830 por dos de los que estaban con él esa madrugada, querÃa fusilar al GeneralÃsimo. Alegaba BolÃvar que Miranda los habÃa traicionado, puesto que tenÃa que quedarse para evitar que Monteverde incumpliera lo pactado, pero eso lo dijo mucho tiempo después y como para justificarse. Haya sido lo que haya sido, Miranda fue entregado a los españoles, según algunos historiadores por Manuel MarÃa de las Casas, y esa madrugada se le escuchó decir lo que debÃa considerarse como sus últimas palabras: Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche.
Ese fue el verdadero final de la historia de Francisco de Miranda, que luego de estar preso en La Guaira, Puerto Cabello y Puerto Rico, terminó en Cádiz, en La Carraca, en donde murió el 14 de julio de 1816, sin tener idea de que ese dÃa era el aniversario de la Toma de la Bastilla.
En toda Venezuela habÃa empezado un baño de sangre. Los realistas comenzaron a cortar orejas, a clavar puñales en los vientres de las mujeres, a cortar cabezas, a quemar vivos a sus presos. La Patria Niña habÃa muerto. Toda inocencia habÃa muerto.
CapÃtulos Publicados:
La niña mopribunda
El ParaÃso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El dÃa de Caracas
La AgonÃa de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las RoÂjas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los BolÃvar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frÃo
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El ParaÃso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
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