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Aquella primera república, bloqueada por los buques de Cortabarría, amenazada seriamente, no sólo desde Coro y Maracaibo, sino desde su propio seno, amanecía, vivía y se iba a dormir cada noche como una niña enferma en un tiempo en que una enfermedad seria para cualquier niño o cualquier niña desembocaba casi siempre en la muerte. Y, para colmo, es posible que uno de los remedios que se buscó más bien acelerara esa muerte.
O un remedio que le buscó un joven rebelde, cuya cultura se había formado un poco a los trompicones, leyendo aquí y allá, viajando, preguntando, buscando en los rincones todo lo que pudiera interesarle: Simón Bolívar. Porque fue Simón Bolívar el que buscó, el que hizo viajar a Caracas, a Francisco de Miranda, y la llegada de Miranda a Caracas más bien aceleró la muerte de aquella niña. Pero eso no lo podía adivinar nadie. Don Francisco de Miranda era general en Europa y tenía una experiencia bélica y política que nadie podría haber tenido en América. Y en ese momento no sabían aún que se iba a enfrentar a caudillos tropicales que no respetarían nada parecido al honor o a las buenas costumbres. De eso se enterarían todos poco después, y terminarían imponiéndose José Félix Ribas, el Diablo Briceño y Simón Bolívar, que no le tuvieron asco a hacerse caudillos tan bárbaros como los que tenían que combatir y quizás por eso entraron a la Historia por la puerta grande.
El 10 de diciembre de 1810, el barco inglés Avon llegó al puerto de La Guaira con aquel pasajero muy especial. No viajó con Bolívar porque Bolívar lo hizo en un navío de la armada inglesa, y no querían comprometer a los ingleses del todo en aquel asunto.
En La Guaira lo recibieron Simón Bolívar y sus amigos. Según Jules Mancini, Miranda llegó a aquella aldehuela que hacía de puerto de Caracas luciendo muy orgulloso su uniforme de general francés de 1793, año en que, por cierto, estuvo a un paso de la muerte que lo esperó, por fortuna inútilmente, junto a la sangre fresca, al lado de la guillotina. En la playa había una manifestación presidida por Simón Bolívar y Martín Tovar y Ponte, hijo del conde de Tovar. El bicornio de pluma –cuenta el argentino Manuel Gálvez, uno de los mejores biógrafos de Miranda–, sobre el peinado en catogan; la casaca azul con hojas de oro; la banda con los colores republicanos, de la que pendía el largo sable curvo que golpeaba las piernas forradas en el blanco calzón; las botas con espuelas doradas, todo daba al viejo general, de corbata negra, frescamente empolvado, de zarcillos en las orejas, una figura impresionante.
La Junta de Caracas no se sintió nada feliz y hasta consideró muy seriamente impedir su desembarco, pero finalmente sus miembros cedieron a la presión de los que pensaban que era conveniente y necesario reforzar la posición de los caraqueños con la presencia de alguien conocido en el mundo entero. Y el 12 de diciembre, día de la Guadalupe, llegó a Caracas el viejo general que había recorrido las cortes de Europa y había sido un personaje importante en la Revolución Francesa. Y que había fracasado ruidosamente cuando pretendió invadir Venezuela para independizarla.
Caracas no había cambiado mucho en los cuarenta años que Miranda había faltado. Casi todo estaba casi idéntico a como lo dejó al emprender aquel viaje hacia el mar, que ahora había hecho a la inversa. Cuarenta años más viejo todo, pero casi idéntico. En contraste, él sí había cambiado, y mucho: no se parecía en nada al joven inexperto que salió esperanzado de su casa vecina al convento, era ahora un personaje exótico que vestía casacas de colores vivos y llevaba un zarcillo, y hablaba con un acento extraño, que era el de quien había vivido más de treinta años entre personas que no hablaban castellano. Porque ni siquiera en su casa de habitación se hablaba castellano. Ya ni siquiera pensaba en español, puesto que todo el día estaba obligado a hablar en francés o en inglés, y a veces en latín o en cualquier otro idioma, aunque fuera a trompicones. Era, como dice Gálvez, el más universal de los americanos, y, sobre todo, un hombre cultísimo, que se había codeado con filósofos, científicos, músicos y escritores de varios países del mundo que entonces se consideraba civilizado.
El joven Simón Bolívar lo alojó en su propia casa en la esquina de Las Gradillas, a una cuadra de la universidad en donde Miranda estudiaba cuando partió hacia Europa. La misma casa en la que se alojaría el Real Consulado de Caracas, y que mucho tiempo después desaparecería sin que quedara en el lugar ni siquiera una placa conmemorativa.
Venezuela recibía al viejo prócer a punto de convertirse en el primer estado libre, independiente, de la América española. Aunque en verdad poco tenía que ver Francisco de Miranda con el proceso que se desarrollaba cuando volvió a su ciudad natal. Lo que estaba planteado era algo muy sencillo, pegado a la tierra, que respondía a las ideas prácticas de aquel abogado con quien Miranda no debía tenerlas todas consigo: Juan Germán Roscio, que había sido uno de sus acusadores cuando el intento frustrado de invasión de 1806.
Nada de lo que estaba ocurriendo tenía la más mínima relación ni con las exóticas ideas de Miranda, tan cargadas de una originalidad que pocas personas podían comprender entonces. Tampoco tenía todo aquello alguna relación con la persona de Miranda, que llegaba como un perfecto extraño, casi a ver los toros desde la barrera. Pero era muy difícil que un hombre como él pudiera aceptar un papel secundario, y pronto se le vio moverse por la pequeña villa en busca del público que reclamaba su condición de estrella. Ayudado por los jóvenes mantuanos que ya querían mucho más que la simple Independencia, entre ellos, Simón Bolívar casi en primer plano.
La república de Roscio había convocado a elecciones el 11 de junio, menos de tres meses después del 19 de abril. Era un plan de Roscio, poco fantasioso y muy ceñido a la tierra, que planteaba una elección de dos grados: por cada 500 habitantes de veinticinco años o más, varones, casados, con patrimonio mínimo de dos mil pesos en bienes inmuebles o raíces y pertenecientes a las clases libres (o por exceso de 250) se designaba un elector parroquial, y estos, reunidos en partido capitular elegirían a los diputados principales y sus suplentes, uno por cada 20.000 habitantes y otro por el exceso de 10.000 habitantes. Esos diputados formarían el Congreso, que aún se llamaría “Cuerpo Conservador de los derechos de Fernando VII”.
Y Miranda estuvo a punto de no estar entre los candidatos, pero a última hora consiguió meterse por una rendija, como diputado de El Pao, un pueblecito de los Llanos orientales, ubicado a diez o doce kilómetros al este-sureste de Pariaguán, en el actual estado Anzoátegui, a medio camino entre Santa María de Ipire y El Tigre, en donde nace el río Pao, que desemboca en el Orinoco, como para que sus aguas desemboquen en la mar océana después de regarse por el Delta que Colón creyó la entrada del Edén.
Aquel Congreso, lleno de optimismo y de emociones, se reunió por vez primera en la casa de Antonio Pacheco y Tovar, conde de San Javier, la casa de los que habían sido los protectores de Juan Germán Roscio, el 2 de marzo de 1811. Luego se mudó a la Capilla del Seminario de Santa Rosa, en la esquina de las Monjas, en donde antes estuvo la casa que había sido del gobernador y capitán general Ruy Fernández de Fuenmayor y su esposa, doña Leonor cuando se casaron, en noviembre de 1640. El primer presidente del Congreso fue Felipe Fermín Paúl, el hermano prudente y nada revolucionario de Coto Paúl (uno de los más avanzados y geniales entre los revolucionarios caraqueños, que murió en Santa Marta en 1820, de paludismo, sin haber reculado jamás como su hermano), sus primeros secretarios fueron Miguel José Sanz, directamente relacionado con Simón Bolívar, y Mariano de la Cova, oriental, y como subsecretario fue designado el occidental Antonio Nicolás Briceño, el Diablo, enemigo personal de Bolívar y otro de los grandes revoltosos de aquel tiempo. En cuanto el Congreso se instaló, la Junta del 19 de abril declinó sus poderes, y, en seguimiento de ideas prácticas del abogado Roscio, se designó un triunvirato, cuya presidencia se turnaba semanalmente. Los tres primeros designados fueron Cristóbal Mendoza (o Hurtado de Mendoza), Juan de Escalona y Baltasar Padrón, abogado el primero, hacendista el segundo y militar el tercero; trujillano y uno de los más nobles entre los próceres civiles de Venezuela el primero, santanderino y saltador de talanquera, puesto que caída la segunda república pidió cacao e hizo gestiones ante la corona para probar su fidelidad a la monarquía, el segundo, y caraqueño y prócer militar de muy bajo perfil el tercero; y como suplentes: Manuel Moreno de Mendoza, Mauricio Ayala y Andrés Narvarte, que después sería vicepresidente y presidente de Venezuela.
Aquel primer congreso venezolano nombró comisiones para discutir la Constitución y los códigos civil y penal, así como una ley de libertad de prensa, condición indispensable para la existencia de un país verdaderamente libre e independiente, y, en atención a algo que en aquellos días era fundamental, la provisión de beneficios eclesiásticos. En todo aquello estaba muy presente la huella prudente de Juan Germán Roscio, que en la práctica se había convertido en la contraparte práctica de las fantasías mirandinas.
Las fantasías mirandinas tenían su cuartel, su punto de partida, su punto de apoyo, en la esquina de Sociedad, así llamada por una Sociedad anterior a la Patriótica, que fue organizada por Miranda y los suyos. Pues aun cuando Miranda era miembro del Congreso y había recibido el nombramiento de teniente general, necesitaba un canal para conducir sus propias fuerzas, a las que se habían unido con singular entusiasmo las de los jóvenes mantuanos, hijos de los que Roscio con prudencia y discreción orientaba día a día. Los padres estaban por conseguir lo que querían, que era una Independencia política que les garantizara la Independencia económica para desarrollar sus negocios y crear riqueza. Los hijos, o por lo menos un grupo activísimo de ellos, querían mucho más: querían una revolución política que alcanzara la igualdad, la fraternidad y la libertad, lo que entonces se llamaba “la ley de los franceses”. Y Miranda sabía muy bien, por su propia experiencia, que aquel impulso de los jóvenes podía desviarse y arrasar con todo lo que encontrara a su paso hasta estrellarse con una realidad demasiado sólida como para ignorarla. Por eso había que canalizarlo, que controlarlo, que evitar que se destruyera a sí mismo, como había ocurrido en la Francia que el general Miranda había conocido desde adentro, y de la que podía hablar con pleno conocimiento de causa a aquellos jóvenes que no veían el momento de echar a correr rumbo a la cumbre, rumbo a la victoria que los esperaba llena de candelas. Miranda asumió el papel de domador de fieras, y la realidad le dio la razón. Eran fieras, y pronto, en cuanto vieron sus vidas amenazadas por otras fieras, tuvieron que actuar como tales.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
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