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El 14 de agosto de 1810 se creó la Sociedad Patriótica de Agricultura y EconomÃa, a imitación de las sociedades decretadas en España durante el tiempo de Carlos III. En Venezuela no prosperó aquella iniciativa real, pues, sino muy tardÃamente.
En tiempos del gobernador y capitán general de Venezuela Manuel Guevara y Vasconcelos, el 23 de enero de 1805, dos años antes del fin de su gestión (y de su vida, puesto que murió siendo gobernador, el 9 de octubre de 1807), y no en el reinado de Carlos III, sino cuando era rey Carlos IV, se estableció la Sociedad que le dio nombre a la esquina de Sociedad, que se llamaba Sociedad de Amigos del Comercio de Caracas, o Sociedad de Comercio, a solas, que fue como terminó llamándose durante su brevÃsima existencia. Fue promovida, pues, tomando como modelo aquellas Sociedades de Amigos del PaÃs creadas en España en tiempos de Carlos III, por un grupo de comerciantes que encabezaban Bruno Ignacio de Abasolo y Fernando Key Muñoz, vasco el uno y canario el otro. Key, el canario, fue Secretario de Hacienda de la Junta de 1810, y su posición durante el proceso de emancipación fue, como la de muchos peninsulares, canarios y criollos de aquellos dÃas, demasiado pragmática: se pasaba de un bando a otro sin mucha vergüenza, aunque sin los efectos nefastos del camaleonismo del más famosos de los saltadores de tapia, que fue el marqués de Casa León. HabÃa sido socio de la compañÃa “Muñoz y Orea", fundada en 1875, y como tal fue demandado por Josefa y Tomás Muñoz, que reclamaban para sà parte de las ganancias obtenidas por Key en diversos negocios que hizo en tiempos de guerra. El pleito duró veinte años (1812-1832) y en definitiva no terminó en nada, salvo en la seguridad de que ninguna de las dos partes tenÃa razón, o si, se quiere, cada una habÃa tratado de “raspar” a la otra. Hoy, casi dos siglos después, se ven cosas muy parecidas. Key murió en Canarias en 1845, a los setenta y siete años. Su Sociedad, que en definitiva era el equivalente a una Bolsa de Valores mezclada con Cámara de Comercio y club de comercio, sólo existió lo suficiente como para que la esquina de Caracas en donde funcionaba adquiriera el nombre que desde entonces ha tenido.
Pero la verdadera Primera Sociedad, la nuestra, aunque no le haya dado nombre a esquina alguna, es la Sociedad Patriótica.
La idea de crear en Caracas un club polÃtico al estilo de los que funcionaban en Francia en tiempos de la revolución, o una sociedad, como terminaron llamándola, debe haber sido de Francisco de Miranda o de Simón BolÃvar. O de los dos a la vez. Miranda las habÃa visto funcionar cuando vivió en la Francia revolucionaria, en tiempos de la Convención y del Directorio; y BolÃvar, antes y después de enviudar, estuvo en territorio francés, en donde discutió mucho el tema de la revolución con su antiguo maestro, Simón RodrÃguez, además de que conoció personalmente a muchos personajes de distinta importancia de los que participaron en los sucesos franceses de fines del Siglo XVIII y comienzos del XIX. Existen pruebas claras de que durante su estada en Londres tanto Simón BolÃvar como Andrés Bello fueron conquistados por don Francisco de Miranda para la bellÃsima idea de crear una gran república independiente y libre que cubriera todo el territorio de la América española. Miranda regresó a Caracas con BolÃvar, en septiembre de 1810, y con ellos vino el francés Pedro Antonio Leleux (1781-1849), que actuaba como Secretario de BolÃvar y luego fue Secretario y Edecán de Miranda. A Leleux se debe que se haya salvado el famoso archivo del Precursor. Después de participar activamente en la Guerra de Independencia y hasta en la polÃtica de la Gran Colombia, volvió a Calais, su tierra nativa, en 1824. En 1841, escribió sus recuerdos de aquellos tiempos, y contó que entre otras cosas se dedicó a la creación de la Sociedad Patriótica. En realidad, la Sociedad fue el partido de los que aspiraban a ir mucho más allá de la conservación de derechos de los reyes españoles en territorio americano, y hasta más allá de la simple autarquÃa. De origen mantuano casi todos, como BolÃvar, o los Salias, o cuasi mantuano, como Soublette, eran los partidarios de una revolución que asà se deslindaban del todo de los mantuanos de la generación anterior, quienes, si bien aceptaban la idea de la autonomÃa, lo hacÃan con una connotación más comercial que polÃtica y social, y quizá, a partir del vacÃo de poder que se creó cuando Napoleón le puso la garra a España, se hubieran conformado con una soberanÃa polÃtica, parecida a la que terminaron dando los ingleses a las colonias que no se alzaron del todo. Miranda llevaba la batuta, y trataba de contener la fogosidad de los socios. En Europa estuvo preso varios años por no ser –o parecer– tan revolucionario como los que estaban en el poder. Aquà querÃa evitar que esas situaciones se repitieran. Pero, primero, era necesario que se creara el paÃs nuevo, el paÃs que habÃa venido promoviendo desde su eterno exilio. La república que, gracias a la imaginación de Miranda, se llamarÃa Colombia en honor al descubridor. HabrÃa que hacerla por cuotas, pero hacerla. Algo asà como lo que algún tiempo después, entre los socialistas ingleses, se llamarÃa movimiento fabiano. Y el primer paso se podÃa dar en Caracas, en su ciudad natal. La Sociedad Patriótica, el Club que no querÃa tan jacobino, pero sà lo suficientemente fuerte como para imponer sus puntos de vista, era el instrumento que necesitaba. Le acompañaban, además de BolÃvar y Leleux, Vicente Salias, Pedro Salias, Antonio Muñoz Tébar, Carlos Soublette, Miguel Peña, Francisco Espejo, Pedro PellÃn, Lorenzo Buroz, Coto (Francisco Antonio) Paúl, Pedro Pablo DÃaz, José MarÃa Núñez, Carlos Núñez, Rafael Castillo, en fin, la juventud dorada de aquel momento. Tres fueron los presidentes de sesiones: Miranda, Espejo y Muñoz Tébar. Se reunÃan a partir de las seis de la tarde en asambleas que duraban hasta media noche y en sus filas no hubo distingos de clase social ni de sexo, en una época en la que era muy difÃcil que se admitiera a mujeres en ese tipo de actividad. Era un verdadero partido polÃtico de vanguardia. Promovieron y hasta pusieron a circular un periódico llamado El Patriota de Venezuela, del que se conocen cuatro números aunque se sabe que hubo siete. Hicieron cuanto les fue posible por propagar sus ideas, no sólo con la publicación, sino con actos públicos, como los del primer aniversario del 19 de abril de 1810, en el cual levantaron un “árbol de la libertad” frente a la casa, hoy inexistente, en la que pasó Emparan su última noche en la Caracas que no quiso su mando, Madrices a Ibarra 1. En su sede de Sociedad colocaron retratos de Gual y España, para dar a entender que se solidarizaban con aquel movimiento. Y hasta fundaron una “Tienda de los Patriotas” para vender objetos de proselitismo y a la vez recoger dinero, que necesitaban para sus actividades de agitación y propaganda. Definitivamente, no han inventado nada los activistas de izquierda de nuestro tiempo.
Gil Fortoul recoge en su Historia la visión de un realista, contemporáneo y anónimo, acerca de la Sociedad Patriótica, en los siguientes términos: Los individuos que componÃan esta Sociedad Patriótica, al principio sólo eran aquellos que se titulaban establecedores del Gobierno y protectores de la libertad venezolana, que eran muy pocos y los principales motores del 19 de abril de 1810: después comenzaron a admitirse todos los que se nominaban patriotas y que en el concepto de los vocales lo eran, precediendo antes de nombramiento votación secreta; y aunque por este tiempo se ponÃa algún cuidado de no admitir por socios a los que no fuesen conocidos por verdaderos patriotas y personas blancas, con el tiempo y después de publicada la Independencia e igualdad, se admitÃan de todas clases y estados, de personas blancas, mulatos, negros e indios, asistiendo también, con mucho escándalo y admiración del pueblo y aun algunos individuos de esta Sociedad, muchas mujeres de sus socios a las sesiones que se tenÃan de las ocho a las once de la noche, y después de concluidas salÃa esta mezcla de hombres y mujeres por las calles con grande alboroto y escándalo, todo lo que sufrÃa y disimulaba el Gobierno por no poderlo remediar, pues al fin la Sociedad Patriótica se componÃa de la mayor parte de la república toda armada, y sólo dejaba de comprender en su seno a los que eran conocidos con el connotado de Godos que se tenÃan por desafectos y opuestos al sistema de Independencia. Esta Sociedad Patriótica para su gobierno económico formó unas instrucciones que aprobó el Poder Ejecutivo y para que las cumpliesen sus miembros, tenÃa una Junta que se componÃa de un presidente, cuatro diputados, dos fiscales o censores, un tesorero, tres secretarios y un portero, de los cuales la mayor parte se elegÃa el dÃa primero de cada mes, junto con el presidente. Al principio de su establecimiento sólo tenÃa sus sesiones los martes, jueves y sábados; pero después que fué aumentándose de tantos miembros, fuerza y poder, las tenÃa todas las noches o cuantas veces querÃa. En esta Junta se trataba de todas materias, polÃticas, civiles, militares y religiosas: en ella sancionaban, adicionaban, corregÃan, anulaban y mandaban detener las leyes, decretos y determinaciones que constituÃan el Congreso. Su archivo existÃa en la misma casa en donde celebraban sus acuerdos y la última fué la de Juan Xerez Aristeguieta, que es en la que en el dÃa habita Guillermo Whaston, y se ignora dónde existe en el dÃa, ni en dónde lo hayan trasladado; pero podÃan dar razón de su paradero los tres últimos secretario que se dice eran José MarÃa Pelgrón, arrestado en las bóvedas de La Guaira (1812), Juan José Navarrete, en las mismas, y Benito Pages, sobrino del Dr. D. Francisco Espejo, quien se afirma que en el dÃa vive en el pueblo de Santa LucÃa, y lugar o hacienda nombrada Siguire. Por los muchos detalles que contiene, se deduce que es un informe de alguien que conoció la Sociedad desde adentro, y que puede haber sido un tránsfuga o un espÃa, y escribió en 1812 el texto para Domingo Monteverde, quien se lo pasó a Pablo Morillo, quien a su vez lo envió al Archivo de Indias en 1815. Fue publicado en Caracas, en El Universal, por Miguel Segundo Sánchez, en septiembre de 1917.
No le iba a ser nada fácil a Miranda contener la tendencia cisjacobina. AsÃ, frente a la tesis de que la Independencia absoluta podÃa abrirle la puerta a la anarquÃa, Coto Paúl declaró abiertamente que preferÃa la anarquÃa al inmovilismo. ¡La anarquÃa! –dijo en un apasionado discurso que ha sido recogido por varios autores– Esa es la libertad, cuando para huir de la tiranÃa desata el cinto y desanuda la cabellera ondosa. ¡La anarquÃa! cuando los dioses de los débiles –la desconfianza y el pavor– la maldicen, yo caigo de rodillas a su presencia. ¡Señores! Que la anarquÃa con su antorcha de las furias en la mano, nos guÃe al Congreso, para que su humo embriague a los facciosos del orden y le sigan por calles y plazas gritando ¡libertad! Para reanimar el Mar muerto del Congreso estamos aquà en la alta Montaña de la santa demagogia. ¡Cuando éste haya destruido lo presente y espectros sangrientos hayan venido por nosotros, sobre el campo que haya labrado la guerra se alzará la libertad!… Un discurso que bien podrÃa haberse pronunciado en Cataluña o en AndalucÃa ciento veinticinco años después. Se habló entonces de la existencia de dos congresos, uno que representaba el sentir del pueblo, que era la Sociedad Patriótica, y otro que no se atreverÃa a contravenir los intereses de los poderosos, que era el Constituyente. Es la dicotomÃa entre dos generaciones, la de los mantuanos que, a lo norteamericano, buscaba la Independencia con énfasis en lo económico, y la de sus hijos, que, a la francesa, querÃan la revolución total, y la lograron. Se inició en ese instante la verdadera carrera polÃtica de Simón BolÃvar, cuando la noche del 3 de julio contuvo el alma y alzó la voz para expresar la inconveniencia de que existieran dos congresos y afirmar la sumisión de la Sociedad al Poder Legislativo, que representaba la legitimidad, pero, a la vez, pedir a los diputados que sin más demoras declararan la separación de España. Fue entonces, el 3 de julio de 1811, cuando dijo una de sus primeras sentencias memorables y que también ha sido recogida por numerosos autores a través del tiempo: ¡Que los grandes proyectos deben prepararse en calma! Trescientos años de calma ¿no bastan?… El 4 de julio, en la mañana, una delegación de la Sociedad presentó un escrito a los constituyentes exigiendo la declaración de Independencia, y el 5, cuando se produjo, Francisco de Miranda, que era miembro de los dos cuerpos, alentó la celebración en las barras y salió a la calle al frente de una manifestación de apoyo a lo que se acababa de producir. Junto con Francisco Espejo se presentó en el Palacio Arzobispal a pedirle a Monseñor Narciso Coll y Prat que jurara la Independencia. Fueron dÃas de alegrÃa, que pronto se agriaron al recibirse noticias de la resistencia que se levantaba en varios puntos del paÃs. La Sociedad se iba extendiendo, mediante filiales en diversas ciudades, tales Puerto Cabello, Barcelona y Barinas. Hacia finales de 1811 ya se veÃa que la actitud jacobina habÃa tomado cuerpo en la Sociedad: El Patriota de Venezuela radicalizaba su posición, polemizaba abiertamente con la Gaceta de Caracas (órgano del gobierno independiente y que luego se convirtió en realista, con José Domingo DÃaz a su frente) y trataba de imponer sus ideas acerca del castigo a los cabecillas de la rebelión de Valencia y en otros asuntos de singular importancia. Luego del terremoto de 1812, la Sociedad Patriótica, como casi todo lo que pudiese llamarse entonces patriótico, entró en franca desbandada. Sus archivos, pese al intento de Pedro PellÃn por preservarlos en una hacienda de Barlovento, no se salvaron de la destrucción. El trópico, el de La Vorágine, cobraba su inexorable cuota, como ahora lo hace el petróleo.
Casi como un desprendimiento de la Sociedad Patriótica fue el Club de los Sin Camisa, cuyo nombre fue copiado de los Sans Coulottes franceses. El de Caracas empezó a funcionar a fines de 1810, en la casa de su creador, Andrés Moreno, y existió, como muchos de los elementos que después entrarÃan a la Historia, hasta el terremoto de 1812. Sus integrantes se manifestaban abiertamente jacobinos, y muchos de ellos lo eran también de la Sociedad Patriótica. Casi todos terminaron como mártires de la libertad. Mártires anónimos en tiempos de vorágine. Tiempos de Patria Niña.
CapÃtulos Publicados:
El ParaÃso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El dÃa de Caracas
La AgonÃa de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las RoÂjas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los BolÃvar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frÃo
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El ParaÃso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
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