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Soñar sinceramente para que la ficción deje de ser una impostura. El siempre imprescindible Borges, el ciego luminoso de Buenos Aires, nos ayuda a entrar en el peligro. Nos sacude de la desnudez. Su afirmación, recogida de su Biblioteca personal, de los tantos prólogos que dejó sembrados, el dedicado a Los tres impostores de Arthur Machen configura el lugar de esta escritura de hoy. Todo lo que Machen escribió fue invento, un sueño dentro de otro, un juego de reflejos. De nada nos vale creer que la realidad es la soñada. La realidad es el sueño, he allí la creencia de Machen, secundada por Borges.
Soñar sinceramente significa creer lo que se sueña, abastecer el sueño de una fuerza creíble, hacerlo posible, es decir, ficción. Que no es otra cosa que la realidad sacudida, burlada. No hay situación más estúpida que la realidad. La ficción la salva de tanta cosa ociosa, inútil, en el mal sentido del término.
De allí que vivamos esta ficción, este juego de espejos donde todos tienen el mismo discurso, el mismo color, la misma mirada, la misma decadencia. El país, forjado a maravilla por la ficción, es una novela por entregas. Nadie se salva de la realidad. Se impone soñar para derrotarla. Pero soñar sinceramente.
Un poco más adelante, el autor de Ficciones, en su misma caja de resonancia verbal, nos entrega La teoría de la clase ociosa, de Veblen.
Borges se pasea por el Thorstein Veblen de 1899, el autor de la negación de la Utopía: revelación de la sátira, del descueramiento de un mal sueño, ese que alguien inventa para imponérselo a la falsa ficción, a la realidad. Una sociedad utópica, alfabéticamente ideológica, se somete a la incultura, a la obediencia casi ciega.
Borges hace de Argentina el mejor de los ejemplos: “Entre nosotros, el fenómeno de la clase ociosa es más grave. Salvo los pobres de solemnidad, todo argentino finge pertenecer a esa clase. De chico, he conocido familias que durante meses calurosos vivían escondidas en su casa, para que la gente creyera que veraneaban en una hipotética estancia o en la ciudad de Montevideo. Una señora me confió su intención de adornar el hall con un cuadro firmado, ciertamente no por virtud de la caligrafía”. Incorregibles, los argentinos se pasean por una tragedia que han sabido sortear gracias a los cambios climáticos de una utopía psicológica: se creen el ombligo del mundo, de allí que en medio de los piqueteros se paseen por la Plaza de Mayo como si el resto del universo fuese parte de la pampa.
No deja de tener razón el viejo Borges. La guerra de Las Malvinas, por ejemplo, sirvió de telón de fondo para ocultar una derrota que convirtieron el triunfo con la renuncia de los militares. Los vicios terrenales de Maradona forman parte de una reliquia: agoniza con una camisa con la cara del Che Guevara, con la franca ilusión de que podrá crear el hombre nuevo con su nostalgia futbolística, cuando le decían el “pelusa”, sólo que la hepatitis, la cirrosis que lo adorna, no es producto de algún designio celestial: la cocaína, el exceso de licor y toda la comida del mundo se le han acumulado en el hígado. Pero para los argentinos se trata de un ejercicio de divinidad. Hasta una iglesia tiene el regordete. Y sus seguidores, que según dicen pasan de cien mil, los que cotizan lágrimas y sacramentos, más allá de la limosna y las consignas pegadas en las paredes de una clínica. En teoría, pero más en la práctica, se trata del ejercicio de la clase ociosa argentina. Desde décadas se creía que los argentinos eran italianos. Después de Las Malvinas, de una democracia gelatinosa, y ahora la ayuda venezolana, ese país se desvela por una patria menesterosa. Lo que antes era para ellos mirada por encima del hombro, es hoy parte de su tragedia.
Menem, Kirshner, ambos peronistas, representan lo mismo. Sólo que el primero es libidinosamente ocioso. El segundo es un ocioso oportunista. Sabe ocultar la miseria. La receta: Perón, Evita e Isabelita. Ahora, la señora Kirshner, experta en viajes, saborea el triunfo de esa utopía tan decadente como el tango de puñales.
Borges no lo perdió de vista, a pesar de su ceguera. Advirtió que en las vísceras de Juan Domingo Perón navega la idea de esto que hoy está ocurriendo. También leyó a Moro. Y mire como soñó sinceramente. Todo paraíso peronista merece un mordisco de manzana, podrida.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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