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¡cómo saldré de este opaco laberinto! siento que me envuelven espirales de colores dibujados por las manos de la muerte mientras cantan una fúnebre tonada las almas de los que creyeron en mis ojos y me ha abandonado mi cuerpo me ha abandonado fracasé me equivoqué desde el primer momento mi vida ha sido un fracaso total he debido conformarme con ser alcalde de San Mateo pero mi ambición me llevó a convertirme en un simple caudillo y novio de la muerte y capaz de atacar a traición con astucia y sin escrúpulos a emprender un combate en el que por desgracia resulté vencedor derroté a mis enemigos y puse mi nombre en la historia sí pero tarde o temprano todos se darán cuenta de que todo ha sido un inmenso engaño no había enemigos sino truhanes que debían ser espantados por cualquier perro guardián y yo fui ese perro mi triunfo a la larga sólo podrá compararse con los célebres triunfos de Pirro el epirota miles de idiotas festejarán mis victorias y me harán monumentos y cantarán mi gloria sin darse cuenta de que en realidad he sido un gran fracasado o se aprovecharán de mi nombre para saciar sus pequeñas ambiciones y seguir engañando a los miserables mi nombre mi gloria malditos sean mi nombre y mi gloria que sólo han servido para que otros medren he sido un majadero mucho peor que Don Quijote o quizás pueda compararme con Jesucristo que salvó a la humanidad para que miles de ociosos y explotadores usen su nombre y se aprovechen de los miserables gracias a mí a mi ambición a mi afán de gloria y de triunfos los pueblos de esta parte del mundo están condenados a la pobreza miles millones de seres que aún no existen vivirán en la más espantosa miseria por culpa de mi ambición y de mis enemigos de los de antes y los de ahora los de antes porque deliberadamente trataron de evitar lo inevitable con el uso calculado de las tinieblas y los de ahora porque las tinieblas no los dejan ver el camino y se han lanzado al precipicio ¡ay! si mi mujer no se hubiera enfermado de muerte cuando fuimos a San Mateo o si hubiera podido quedarme en silencio si me hubiera quedado quieto cuando empezó la agitación en Caracas quizá habría fracasado lo que triunfó y no yo con mi inmensa victoria a cuestas un éxito que me aplasta que me convierte en pobre cuerpo arrastrado por un alud por la muerte la muerte la muerte la muerte la muerte la muerte la muerte la muerte la muerte
El general luchaba, ya no por vencer a un enemigo, sino apenas por sobrevivir, por respirar, por seguir en la luz, por volver, por ser, anhelosamente, desesperadamente, mientras la luz apenas alcanzaba a llenar el espacio polvoriento en la pequeña habitación de la hacienda, lejos del mar, cerca del mar, lejos de las montañas, cerca de las montañas, lejos y cerca de la ciudad. La ciudad, en la costa. La costa. La costa. La costa que nunca le había gustado. Que siempre lo hizo pensar en fracasos, en caídas, en abandonos que jamás olvidaría. En octubre había celebrado su santo, el día de San Simón. En octubre, San Simón. Mucha gente lo acompañó y lo festejó y bailaron y cantaron y tomaron bebidas fuertes, pero fue una fiesta melancólica, a pesar de la alegría de los lugareños. Todo el mundo había sentido la presencia de la muerte, de la negra nube que se acercaba y se alejaba de los ojos tristes del general, Su Excelencia el general, Simón el triste, convertido en su propia sombra llena de arrugas y de lágrimas contenidas. El 24 de julio cumplió cuarenta y siete años de vida, y nadie se acordó de la fecha. Cuatro meses después ya era evidente que el general estaba a punto de irse del reino de los seres vivos luego de cuarenta y siete años y unos meses de sufrir, de apagarse con cada resplandor. Y cuatro meses después de cumplir cuarenta y siete años ya era evidente que no llegaría a otro día de cumplir años ni pasaría por otro San Simón ni por otra fiesta ni por ninguna celebración, salvo las protocolares e hipócritas que se harían en torno a sus huesos luego de que su carne y sus órganos se descompusieran y se convirtieran en pastas malolientes que finalmente terminarían convertidos en polvos como de ceniza. O de cal. Y quién sabe si mezclados con restos de perros callejeros y de cerdos en una urna pequeña, en alguna catedral, para que gobernantes ladrones hagan falsas misas y nuevas ceremonias signadas por la falsedad. Cuatro meses que habían sido de declive, de ir con la corriente hacia el mar, de dejarse llevar ya sin siquiera intentar un gesto de resistencia. La muerte, su muerte, estaba allí y aunque nadie era capaz de mirarla o de escuchar su voz, ronca y aguda a la vez, todos sabían que estaba allí. Que ya no era el general vencedor, el general ante quien los otros se inclinaban, sino Simón el triste. El triste. Triste.
De repente, como saliendo de su duermevela, el general sintió que alguien lo veía desde un par de ojos de acero, fijamente. Era un hombre menudo, delgado, de mirada fuerte y penetrante. Un hombre que impresionaba por lo frágil y que sin embargo inspiraba temor. Lo extraño es que era idéntico a él, el general, que ahora era un ciudadano, un paisano cualquiera, un hombre dominado por la tristeza y la derrota, un cuerpo que se aproximaba claramente a su final. A su derrota final. Era idéntico a él, sí, pero no como si se viera en un espejo, puesto que la pequeña cicatriz de la nariz, que en el espejo se veía como si estuviese del lado derecho, estaba a la izquierda. Era él mismo, se dijo. Tenía que ser una alucinación. Simón el triste lo vio por vez con las primeras voces del alba y sintió que el miedo lo dominaba por completo. Ahora, ya cerca de las ocho de la mañana, se atrevería a enfrentarlo. Si era un mal sueño, se despertaría, se dijo. Trató de cerrar los ojos. No pudo. Trató de tapárselos con la mano derecha, pero la mano se quedó sobre su pecho. Se dio cuenta de que no podía moverse. Estaba paralizado, pero sentía perfectamente su propia respiración, difícil respiración, jadeante, como si el aire se le hubiera convertido en agua. Agua salada de mortaja. Así debían respirar los peces, se dijo. Pensó que la voz tampoco le saldría, pero no fue así. Escuchó su propia voz, que salía de su garganta y su boca como siempre. Aguda y clara, aunque ahora con algo de ronca y silbante. ¿Quién eres tú? -le preguntó con tono que trataba de ser autoritario. Soy un viejo amigo -le respondió el otro con voz aguda y una sonrisa serena. Trató de nuevo de cerrar los párpados, como para concentrarse, pero de nuevo el cuerpo se negó a seguir sus órdenes. Se le había insubordinado, pensó, como más de una vez le ocurrió con la tropa. Siempre pudo imponerse al final, pero esta vez se sentía demasiado débil. Yo creía que la muerte era una vieja… –dijo como tanteando. ¿La muerte? no sé, pero no debe ser vieja ni joven… –le contestó el otro como buscando una camino común. El general se sintió más tranquilo. No era la muerte. Dejó escapar un difícil suspiro, se apoyó en la almohada y volvió a entrecerrar los ojos.
La última muerte de Simón el triste (2004)
La última muerte de Simón el triste trata de la muerte de Bolívar y algunos momentos de su vida, no de su vida militar, sino de su vida como ser humano. En ella Bolívar dialoga con su propia muerte y le hace ver que sabe que ha fracasado, que no sólo no ha conseguido “la máxima felicidad posible” para los pueblos de América, sino que causó con su acción una desgracia terrible. Los episodios de su vida que se presentan lo hacen ver como un ser humano, que nada tiene que ver con el dios o el semidiós que después de su muerte quisieron inventar los políticos y los historiadores.
Mi queridísimo Guillermo:
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