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Corolario del libro de Luz Marina Rivas (1958) Literatura de la otredad. (Caracas: Universidad Central de venezuela, 1992. 231 p.) es en muy buena parte su antología Las mujeres toman la palabra. (Caracas: Monte Avila Editores, 2004. 211 p.), amplio registro del relato escrito por mujeres entre nosotros que se abre en 1915 con “El genio del pesacartas” (1915) Teresa de la Parra (1889-1936) y se cierra en 1995 con “El vestido santo” de Ana Teresa Torres. Así, como ahora lo veremos al comentar el precioso tomo, las piezas claves del proceso literario mujeril entre nosotros están allí en sus textos claves.
EL ESCRIBIR DE TERESA
Hay que iniciar la lectura de Las mujeres toman la palabra, el título no pudo ser mejor elegido, con la explicación que fue sólo hasta 1935 cuando hubo un movimiento literario femenino hecho como conjunto, como una unidad entre nosotros, más en un agrupamiento de mujeres de diversas edades que dentro de una generación propiamente, por ello Luz Marina Rivas las denomina grupo en una de las páginas de La literatura de la otredad. Antes, sólo nos referimos a las narradoras, y esto no les quita valor a lo hecho por las escritoras pero sólo tuvimos creadoras aisladas, algunas de la inmensa altura que tuvo y tiene Teresa de la Parra, sin duda aun hoy, nuestra escritora mayor, cuyo imaginar, por su belleza y en hondo registro vive, y vivirá, permanentemente. No podemos decir que no haya sido superado porque su vigencia es absoluta sólo que hay que advertir que tras Teresa de la Parra las mujeres tomaron otros senderos, caminos distintos, aunque no le han dado la espalda, de allí la grandeza de Teresa de la Parra. De hecho los grandes asuntos estaban presentidos y trazados por ella. Fíjense: la mujer como centro de la ficción, lo que será la novela social, sugerido plenamente para nosotros por ella en aquellos pasajes de Ifigenia en donde María Eugenia Alonso le pide al tío Pancho la lleve a conocer los lugares más pobres de Caracas (Obra selecta,ed.1992,t.I,p.86) o el arte del recuerdo tan vivo que está expresado tan bellamente en Las memorias de mamá Blanca. Pero también la conciencia mujeril, e incluso nuestro primer feminismo, lo desarrolló Teresa de la Parra con anticipación en aquellas bellas conferencias, redactadas en 1929, pronunciadas en 1930 en Bogotá, las cuales constituyen su tercer libro, Influencia de la mujeres en la formación del alma americana, libro sustancioso y sustancial, no impresas por vez primera hasta los años sesenta bajo un título sin sentido, que nada decía de su contenido (Tres conferencias inéditas. Caracas: Ediciones Garrido, 1961. 158 p.). Para su cuarto libro, que ya estaba diseñado en su correspondencia con Vicente Lecuna (1870-1954), su Vida sentimental de Simón Bolívar, la vida no le dio tiempo.
Y además, y ello no es poco, incluso Teresa de la Parra logró desarrollar a la ficción lejos de los estrictos espacios en la que la colocó el criollismo y el regionalismo de su tiempo cosa que vemos en el espléndido relato La mama X. (Caracas: Tipografía Moderna, 1923, III,59 p.) tan admirado y reeditado hoy en día (1990, 1992 y 2003), preámbulo de lo que será al año siguiente Ifigenia, de hecho es un fragmento que pertenecía a esta singular novela y debió ser sacado de ella para que esta no perdiera su unidad. Así La mama X es hermano por ello del fragmento, porque lo fue así originalmente, de Gabriel García Márquez: Isabel viendo llover en Macondo, excluido por su autor de La hojarasca. (Bogotá: Sipa,1955. 137 p.). Por la misma razón que lo hizo Teresa de la Parra, al extraer de los borradores de Ifigenia La mama X, para que su novela no perdiera su cohesión. Así lo hizo también García Márquez con Isabel viendo llover en Macondo. (Buenos Aires: Estuario, 1967. 43 p.) luego publicado autónomamente convirtiéndose hoy en día, a nuestro entender, en el mejor cuento de García Márquez. Por ello mismo trabajó Teresa de la Parra a La mama X como una unidad en sí mismo, lo envió a un concurso y luego lo publicó en un folleto. Y hoy podemos gozar no sólo de su honda belleza sino de su poder fabulador y por ser uno de los primeros y bien realizados relatos escritos por una mujer en nuestro siglo XX, quizá más bien una brevísima nouvelle, porque ninguna mujer publicó libro alguno de cuentos en Venezuela durante el siglo XIX y en el XX no fue hasta 1931 cuando la hoy desconocida Carmen Olivo Álvarez editó La sierra de las orquídeas. (Caracas: Editorial Elite, 1931. 291 p.) y, todavía bajo Gómez, Flora Méndez. (Caracas: Editorial Elite, 1934. 22 p.) de Ada Pérez Guevara el cual entronca con el movimiento que venimos historiando que si bien será evidente primero en la novela que en el cuento parte de 1940, de Síntesis de Irma De Sola Ricardo.
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UN CONTRASENTIDO
Sin embargo, a La mama X le sucedió otra cosa, producto del sin sentido literario de 1923: no fue premiado en el concurso al cual fue enviado por haber sido considerado que no era un relato venezolano, por lo cual se le concedió un premio especial, distinto al del ganador. ¡Semejante exabrupto¡ Creemos que una obra es venezolana por el solo hecho de haber sido escrita por un venezolano o una venezolana no por otras razones y no por la geografía real o imaginaria en la que sucede porque sino habría que eliminar muchas obras de nuestra prosa de ficción. Y así también a muchas de nuestras ficciones les caería el mismo sanbenito como sucedió a Pedro Berroeta (1914-1996), treinta años más tarde, también aquí, con su lograda novela La leyenda del conde Luna. (México: Aguilar,1956. 211 p.) la cual no fue considerada “venezolana” por suceder en la Edad Media. Fue un punto de vista insensato, propio solo de un tratante literario y no de un sensible crítico. Y pese a la torpeza La mama X y La leyenda del conde Luna siguen teniendo su vivir pleno por tener lo que debe tener toda obra literaria auténtica: la belleza de la escritura, la interesante anécdota y el pleno desarrollo. Y La leyenda del Conde Luna sigue siendo nuestra única novela fantástica, inexplicablemente nunca reeditada pese a deslumbrar a cada uno de los lectores y críticos a los que se la hemos hecho conocer.
LA SEÑORITA QUE SE FASTIDIABA
Cerramos estas observaciones sobre Teresa de la Parra con otra observación también mujeril. Dos años antes de la edición príncipe de Ifigenia su autora publicó en Caracas dos extensos fragmentos de aquel libro, gracias a José Rafael Pocaterra, que fue su editor, con su verdadero y original título: Diario de una señorita que se fastidia. (Caracas: Imprenta Bolívar, 1922. 28 p.), fueron dos trozos, con pocas variantes, productos de la escritura final, de los capítulos II y IV de la segunda parte de Ifigenia, la titulada “El balcón de Julieta”. Fue en París, antes de imprimirla, pagada la edición por el general Juan Vicente Gómez, porque Teresa de la Parra pertenecía a la “Círculo intelectual del gomecismo”, cuando se hizo el cambio de título. Fue, a nuestro entender un error, un dislate, un desconocimiento de nuestro mundo tropical, del sopor producto de calor, como lo anotó antes que nosotros el maestro Arturo Uslar Pietri (Letras y hombres de Venezuela, ed.1958, p.274). Mucho más hondamente femenino, geográficamente tórrido, y dándole sentido a aquella sociedad adormecida del gomecismo lo que se revelaba en el título original el cual pasó a ser en la primera edición el subtítulo del libro que después desapareció de su portada, en sus sucesivas ediciones, con el pasar del tiempo.
LA MUJER POSTERGADA
Y habría que añadir, antes de entrar en Las mujeres toman la palabra, otra consideración más, relativa a la narrativa venezolana lo cual es que si bien, ya lo hemos señalado, tuvimos una literatura como conjunto después de la muerte de Gómez, para nosotros desde de 1937 cuando se publicó la novela Tierra talada de Ada Pérez Guevara, antes de 1924, fecha de Ifigenia, aunque hubo algunas narradoras, todas aisladas unas de otras, tuvimos en la coreana Virginia Gil de Hermoso (1857-1913) la primera escritora de ficción en lograr amplio eco con sus libros, con sus novelas románticas y lacrimosas, Incurables (1911) y ¡Sacrificios¡ (1915). Virginia Gil de Hermoso incluso pudo, aunque su libro no fue impreso sino décadas después (1978), haber fundado nuestra novela socio-política con El recluta, trasunto de aquella gran tragedia que significaron nuestras guerras civiles pero mirado ello con ojos de mujer lo cual hubiera sido complementario de lo observado por Gonzalo Picón Febres (1860-1918) en El sargento Felipe. (Caracas: Tipografía Herrera Irigoyen 1899. 187 p.). Atrás de la Gil de Hermoso no hay otra y delante de ella está, nada más y nada menos, que la gran Teresa de la Parra y después de la autora de Ifigenia el vasto movimiento del escribir mujeril en el cuento y en la novela el cual no se ha detenido nunca hasta ahora. Estudiar todo esto complejo itinerario ha sido a lo cual ha dedicado su vida y su investigar Luz Marina Rivas.
TOMAN LA PALABRA
Era necesario todo este escolio para entrar en Las mujeres toman la palabra. El volumen lo inicia, como ya lo hemos indicado, nuestra Teresa de la Parra con su bello relato, de ascendencia fantástica, “El genio del pesacartas”, relato que incluso se podía considerar antecedente de lo hecho por Julio Garmendia (1898-1977) en La tienda de muñecos. (París: Editorial Excelsior, 1927. 147 p.) sino no conociéramos también, hoy gracias a Carlos Sandoval (El cuento fantástico venezolano en el siglo XIX. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 2000. 149 p.), el rico movimiento de este tipo de relatos en nuestra literatura del siglo XIX, también antologado por Sandoval (Días de espantos. Caracas: Universidad Central de Venezuela,2000. 300 p.). El relato de Teresa de la Parra es fino, delicado y sugerente.
En ”Leticia” de Irma De Sola Ricardo encontremos el relato de la iniciación sexual de una joven, muchacha que ya tenía en aquella pacata sociedad de los años treinta honda conciencia de su sexualidad, por ello “Leticia” es relato siempre sorprendente que Luz Marina Rivas ha logrado rescatar y exponerlo en la consideración de los lectores de hoy.
En “La bailarina” de Dinorah Ramos hallamos como una mujer, una profesional, es capaz de renunciar a su oficio, profesión y vocación para casarse, lo que ya en aquel momento era condenable porque implicaba una renuncia así misma porque como se lee en el cuento de Elba Arraiz, el verdadero nombre de Dinorah Ramos, “Yo era una de las innumerables mujeres a quienes la cercanía de un hombre había cortado las alas” (p.33).
En “Pelusa” de Ada Pérez Guevara nos encontramos con una mujer trabajadora; en “La siembra humana” de Mireya Guevara la mirada hacia los marginados que viven la pobreza del medio; la aproximación al hombre, a lo masculino, sexualmente hablando, está en “¿Cómo besa el doctor Bonnet?” de Belén Valarino. Este es un relato singular en el cual la antóloga encuentra que “la protagonista de este cuento se presenta como una mujer autosuficiente, solvente económicamente, que mantiene una relación amorosa con un hombre siete años menor y se plantea derroteros muy diferentes al matrimonio…el relato sorprende por su diferencia con la elaboración de personajes femeninos en conflicto propia de la narrativa de los años cincuenta” (p.63-64).
En “El joven de las barbas” Gloria Stolk presenta el siempre encuentro entre un hombre y una mujer en el cual él se fascina por su ternura y sumisión y ella lo logra encadenar, un asunto muy típico de los años cincuenta y del dolor siempre sufriente de las mujeres que aparecen en los libros de esta autora que miró el amor con angustia y supo bien, en carne propia, como era de “amargo el fondo”.
Con Antonia Palacios (1904-2001), es nuestro mirar, pasamos a otro momento de la escritura mujeril, un momento de plenitud del fabular y del escribir. Para muchos Antonia Palacios sólo fue la autora de Ana Isabel, una niña decente lo que no es poco. Pero ella nos ofreció desde los años sesenta cuatro admirables libros de relatos, de cuentos de raigambre poética, de uno de los cuales, Crónica de las horas ha tomada Luz Marina Rivas el memorable “Y la casa regresaba por fragmentos” en donde otra vez parece hacerse presente el arte del recuerdo y la perennidad del tiempo.
Antonia Palacios publicó su gran novela en 1949 y 1964 con su Crónica de las horas, reinició, después de largos años de hondo dolor por la muerte de su única hija Maria Antonia Frías, del concebir de la ficción. En 1975 fue la primera mujer en obtener el Premio Nacional de Literatura.
Pero también en ese período se realizó un gran vuelco, apareció en 1968, una nueva generación literaria con varias muy destacas mujeres entre ella. Poetas como Hanni Ossot (1946-2002) o narradoras como Laura Antillano (1950) o Antonieta Madrid (1939). La Antillano de obra extensa y bien cernida, quien publicó en 1969 su primera obra La bella época, de la cual se toma aquí ”La imagen”. Y en decurso del tiempo, siempre fiel a su vocación por la palabra, ha desarrollado una amplia labor como autora de narraciones cortas que le llevaron a concebir una, “La luna no es como pan de horno”, con el cual obtuvo, fue la primera mujer en obtenerlo, el premio del Concurso de cuentos del diario El Nacional (agosto 3,1977), lo cual es consagratorio entre nosotros. Así “La luna no es como pan de horno”, no se puede pedir un título más femenino, que es antológica, esencial, central, es de hecho una elegía en prosa hecha tras el deceso de su admirada mamá, la pintora Lourdes Armas. Nos bastaría con este relato para certificar, no se crea que exageramos, la grandeza de Laura Antillano como narradora sino tuviéramos otros cuentos, como los que están aquí, como “El fauno”.
De ese mismo período es Antonieta Madrid, su libro de cuentos Reliquias de trapo es de 1972, su primera novela No es tiempo para rosas rojas, es de 1975. Su volumen de narraciones Feeling de 1983, sin desdecir lo que leemos en Reliquias de trapo, nos ofrece lo más lúcido de su escribir, lo mas estimulante para la fantasía de cualquier lector. De ambos libros ha tomado Luz Marina Rivas los dos relatos de Antonieta Madrid que aquí nos ofrece, seleccionados con especial cuidado: “La paz se acabó en está casa” de Reliquias… y “Transmigración” de Feeling.
Está aquí un relato que dejó huella: tal “Evictos, invictos y convictos” el polémico anticuento de Lourdes Sifontes Greco (1961).
Marcadamente mujeril es “En el suelo o a mil años de luz” de Iliana Gómez (1951) con su pregunta constante por la identidad personal.
En Milagros Mata Gil (1951) nos conmueve hondamente su “Carta de una viuda de la guerra civil” que relata la muerte de un ser amado de la protagonista caído en la masacre del 11 de abril de 2002.
En Lidia Rebrij (1948) el amor y el desamor sentido por las mujeres siempre está presente en su fabular. Aquí en “Falsa piel” es el relato de una bella muchacha que se desnuda cada noche y ofrece su cuerpo en un local nocturno pero junto a ello está también el drama de la inmigración porque “Dorys frontera”, como la llama, vino de allá. Para trazar “Falsa piel” a su magnífica autora, siempre de suntuoso lenguaje, le bastó un poco más allá de una cuartilla para hacer su revelación, llena de piedad.
La aparición de Silda Cordoliani (1953) con su primer libro Babilonia (Caracas: Fundarte,1993. 85 p.), cuyo relato así titulado se recoge en Las mujeres toman la palabra, fue registrada como un hecho decisivo en nuestras letras. Y “Babilonia”, con una honda belleza en la forma relatar, nos ofrece la historia de una iniciación sexual en los lejanos tiempos del mundo antiguo.
En cambio Stefania Mosca (1957), con su siempre augusta ironía, en “La chica Cosmo” destruye los mitos de la actual sociedad industrial en la cual la belleza femenina no es un valor espiritual sino material y una forma de utilizar a la mujer. El relato es sabrosamente demoledor.
Judit Gerendas (1940) en “La escritura femenina” registra los sortilegios por los cuales debe pasar para escribir una mujer que es a la vez madre y esposa. Y, claro, el relato se espiga desde las ideas expuestas por Virginia Wolf (1882-1941) en Una habitación propia (1929), el cuarto de escribir que toda creadora debe poseer, según la notable inglesa. La protagonista de Judit Gerendas sueña con un mundo mejor para sus hijos (p.185) pero también la escuchamos cuando escribe:”yo me había estado preguntando sobre el cómo podría configurarse una expresión de lo femenino. Puesto que resultaba evidente que yo no lograría nunca escapar de esa condición, debido a mis limitaciones ya esbozadas, tendría que estar dispuesta al menos a sumirla, y a enfrentarla lúcidamente” (p.187).
“Cambio de guardia” de Milagros Socorro (1960) nos permite mirar certeramente, dice Luz Marina Rivas, con la que coincidimos, “las contradicciones de nuestra cultura” (p.191).
El de Blanca Strepponi (1952), “Las orejas de Asia”, es una visión de la vida cotidiana “que roza lo insólito” (p.197) como apunta la antóloga.
Y por fin, el también doloroso, “El vestido santo” de Ana Teresa Torres, que luego hallamos desarrollado dentro de una de sus más densas novelas, Vagas desapariciones (Caracas: Grijalbo, 1995. 304 p.), nos pone ante los sucesos, siempre entremecedores, del Caracazo (febrero 27,1989). Así tanto Milagros Mata Gil, en la narración antes citada, como Ana Teresa Torres se acercan hondamente a la realidad, dolorosa, grave, contradictoria, llena de asesinatos, del no dejar de que las gentes mueran con dignidad, que aparecen en el vivir venezolano de estos años.
LAS NOVELAS MUJERILES
Ya nos hemos referido, gracias a las hondas incursiones de Luz Marina Rivas, como fue la insurgencia de las letras femeninas en el post gomecismo. Ella lo miró en La literatura de la otredad a través de la narración corta. Pero estas también tuvieron su cultivo de la novela y aunque Luz Marina Rivas no se refiera a ellas por las índole específica de su estudio deseamos pasar una rápida ojeada a estas novelas, también abresurcos por el mensaje que traen a sus lectores, porque ellas complementan el panorama trazado por ella y cómo cuento y novela nos dan el conjunto de lo hecho por la mujer escritora en este decisivo período de nuestra vida contemporánea.
Porque casi todas ellas, las mismas que escribieron sus ficciones fueron a la vez las militantes de lo femenino, de hecho la primera generación de luchadoras por el papel y los derechos de la mujer en nuestra sociedad y más tarde nuestras sufragistas fueron ellas.
Es punto de vista plenamente aceptado por la crítica, muy bien explicado por la profesora Carmen Mandarino (1936) en su prólogo a la recuperación de la novela de Trina Larralde (1909-1937), muerta muy temprano, a los veinte y ocho años: Guataro (ed.1981,p.22) que las novelas que citaremos ahora son las que hay que considerar primeramente, junto al alguna que nosotros hemos añadido para que el registro sea completo.
Fueron, esta última es nuestra personal opinión, casi todas escritas al calor del alero de Teresa de la Parra, nuestra creadora mayor ayer como hoy, la escritora más admirada por ellas, tanto que cuando se trasladaron a Caracas en 1947 los restos de la autora de Ifigenia, muerta en Madrid once años antes (abril 23,1936), un grupo numeroso de mujeres pidió permiso al director de Protocolo de la Cancillería, Pedro Luis Sánchez Pecheco, donde fueron las exequias, para cargar ellas la urna de la gran difunta. No les fue permitido porque se consideró que aquello no lo podían hacer las mujeres pese a haberle expresado allí mismo una de ellas que “por qué no lo iban a poder hacer si cuando moría una monja las otras religiosas cargaban el féretro”. Y lo curioso fue que quien aquello dijo era la única mujer judía de aquel coro de mujeres que rendían honor a la que consideraban la más grande de sus congéneres. Valga la anécdota por todo lo que ella puede decirnos medio siglo más tarde.
Así se ha considerado que las novelas sobresalientes escritas por mujeres venezolanas, antes de 1960, fueron, después de las de la gran Teresa, Tierra talada. (Caracas: Tipografía La Nación, 1937.199 p.) de Ada Pérez Guevara, Guataro. (Santiago: Ercilla,1938.272 p.) de Trina Larralde, quien fue una de las primeras antes de morir Gómez quien dio la palabra a la mujer en su columna “Al encuentro de la mujer venezolana” que publicaba en la revista Elite. Y estos libros continúan con Tres palabras y una mujer. (Caracas: Asociación Cultural Interamericana,1944. 146 p.) y El corcel de las crines albas. (Caracas: Avila Gráfica, 1950. 172 p.) de Lucila Palacios, Ana Isabel, una niña decente. (Buenos Aires: Editorial Losada,1949. 216 p.), de Antonia Palacios, Anastasia (Caracas: Edime,1955. 182 p.) de Lina Giménez y Amargo el fondo. (Caracas: Tipografía Vargas, 1957.201 p.) de Gloria Stolk. Así las protagonistas de nuestras novelas femeninas fueron María Eugenia Alonso (Ifigenia), Aurora (Tierra talada), María Antonia Ladera (Guataro), Berta (Tres palabras y una mujer), Anastasia de la novela homónima y Gisela (Amargo el fondo). Estos fueron las novelas escritas por mujeres, expresión de sus palabras en donde ellas “exponen sus anónimas tragedias, desde la marginalidad desproporcionada a sus engranajes socio-económicos… De unas como María Eugenia Alonso, María Antonia y Aurora, conocemos las peripecias prematrimoniales. De otras, como Berta, Anastasia y Gisela, las desazones y dudas existenciales con experiencia en la integración de parejas, tratadas con madurez, sinceridad y hasta sarcasmo… Durante algo más de media centuria nuestras escritoras han venido fracturando armaduras con herrumbre de siglos y han expuesto, con valentía, irresoluciones y avideces latentes en la mujer como ente humano, en quien ha prevalecido como destino el llamado a la creación y cuido de la familia, por formación, por costumbre, por escasez de opciones, pero con añadiduras también, y a veces sobresalientes, de conciencia y sensibilidad social requeridas de realizaciones trascendentes, o simplemente, de haceres donde la individualidad se mantiene” como sostiene Carmen Mannarino en el estudio suyo antes citado (p.22-23).
El proceso que seguirá la novela escrita por mujeres, después de 1960, cuando Elisa Lerner trabajó sobre los borradores de su novela El canto de la ociosa, de la cual sólo se conoce un fragmento publicado en una antología preparada por la siempre animosa Cristina Guzmán (Las mujeres cuentan, ed.1980,p.24-26) nunca publicada hasta ahora, aunque sus hojas existen en poder de su autora como hace poco nos confesaba, la animamos entonces a revisarlas y publicarlas. Fue mucho después pues cuando Elisa Lerner publicó su primera novela De muerte lenta. (Caracas: Fundación Bigott/ Equinoccio, 2006. 239 p.), cuyos asuntos ya se acunaban ya en los años sesenta en su notable obra dramática y en sus ensayos siempre celebrados.
Desde los sesenta los derroteros que seguirá la novela venezolana escrita por mujeres serán diversos y complejos. Pero el trabajo hecho por nuestras creadores entre 1935-1960 es significativo y para nada puede ser dejado de lado como nos lo mostró, dentro de los universos de la narración corta, y nutrida por el amplio conocimiento de la mujer que hizo posible el feminismo contemporáneo, fuera de Venezuela y en tono menor dentro de ella, Luz Marina Rivas primera en su Literatura de la otredad y después en La novela intrahistórica. (Valencia: Universidad de Carabobo, 2000. 286 p.), centrado en este último caso en el examen de varias de las más destacadas novelas de Laura Antillano (Perfume de gardenia, 1982 y Solitaria, solidaria, 1990), Milagros Mata Gil (La casa en llamas, 1989 y Memorias de una antigua primavera, 1989) y Ana Teresa Torres (El exilio del tiempo, 1990, Doña Inés contra el olvido, 1992 y Malena de cinco mundos, 1995).
CODA
Y por fin cerramos con una observación hondamente personal: Luz Marina Rivas, ha sido lo hemos sentido siempre que conversamos con ella, siempre que nos acercamos a las páginas de sus libros, no sólo la que descubrió en el imaginar femenino un ámbito para el desarrollo de su vocación por la interpretación literaria sino que también halló un sendero para la exploración de si misma, para el conocimiento de su alma femenina, todo ello a través de la lectura y análisis de los cuentos y novelas escritos por las mujeres.
(Leído en la sesión del “Círculo de Lectura” de la Fundación Francisco Herrera Luque correspondiente al martes 8 de junio de 2008).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
A Roberto Lovera De Sola, gracias por sus investigaciones acerca de la novela escrita por mujeres, tan valiosas y bien escritas. Un abrazo de afecto,
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