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A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.
EN LOS DÍAS DE MIRANDA
Las tribulaciones de un canario criollo en tierra y agua
El teniente coronel, ayudante y edecán del gobernador Cagigal, don Francisco de Miranda, pronto se vio envuelto en una intriga internacional que tendría no pocas consecuencias no sólo para su carrera de soldado, sino para su vida, y hasta para todas las vidas de los españoles americanos. Parece ser que dentro de aquel complicado juego de la política europea, que en buena parte era la política del mundo entero, el gobernador Cagigal decidió que necesitaba toda la información posible sobre la isla de Jamaica, que era el centro neurálgico de la acción de los ingleses en el Caribe, tal como lo era Cuba para los españoles. Requería, pues, enviar a alguien de su absoluta confianza para que, con ojo militar y visión política, le presentara un cuadro completo de lo que había en aquella isla tan cercana al territorio insular que la corona le había confiado. La excusa fue el entablar negociaciones para el intercambio de prisioneros entre España e Inglaterra, pues los había en buena cantidad y era necesario el canje. Alegando que no conocía a nadie mejor preparado para la misión, Cagigal se la encomendó a su protegido Miranda y así lo informó al ministro de Indias, José de Gálvez, el tío del gobernador de Luisiana cuyo sobrino, además de ser inmaduro y malcriado, detestaba al caraqueño. Adicionalmente, se le encomendó al criollo una misión nada fácil: la compra de dos barcos para España. Nada fácil porque España estaba en guerra con Inglaterra, y no era sencillo que las autoridades inglesas autorizaran a un oficial español a comprar barcos en Jamaica. El gobernador inglés de Jamaica, de apellido Dilling, se prestó para hacerse ojos ciegos ante la operación, aunque claramente advirtió que no movería un hilo si algo salía mal. Es por eso por lo que la operación se hizo con un falso comprador, un tal Phillip Alwood, lo cual resultará en serios problemas para Miranda, que muy a su aire creyó que podía resolver el caso con un hábil plumazo y un pase de pecho. Por cierto que Mariano Picón Salas habla de aquella aventura como cierto misterioso viaje a Jamaica, disfrazado de comerciante cubano que deseaba adquirir mercancía de contrabando, con lo cual el gran escritor merideño le quita a su obra rigor investigativo para acercarla algo a la libertad de una novela, aunque, en cuanto a la verosimilitud de la novela habría que hacer una muy seria observación crítica, pues, si como Picón Salas dice poco después, España e Inglaterra estaban en guerra, no resulta muy creíble que un pretendido comerciante español entrara con tanta facilidad a Jamaica. Picón Salas afirma también en su ensayo, que es novela, ahora sí con mucho acierto que Cagigal, a quien sirve de ayudante en la expedición que parte a las Antillas en la guerra contra los ingleses, será de cierta manera su instrumento. Durante largos años el famoso militar español tendrá que sincerarse y explicar una serie de hechos no enteramente claros en que le complicará la peligrosa fantasía mirandina. Miranda le trata casi filialmente, pero el tono de afecto y confidencia apenas encubre el verdadero predominio que el joven criollo ejerce sobre el fogueado veterano.
Con o sin el sincero apoyo del fogueado veterano, el particular carácter del criollo y su facilidad para buscarse complicaciones no le permitirían cumplir una misión tan delicada sin meterse del todo en un verdadero embrollo, vaya uno a saber por qué causa en realidad. Partió el 14 de agosto de 1781 de Batabanó, puerto contiguo a La Habana, con varios prisioneros y cuatro mil pesos, y en el más perfecto estilo británico de cumplir la palabra empeñada, fue interceptado por un barco inglés y hecho prisionero de los corsarios, que a pesar de serlo respetaron el dinero que llevaba encima. El teniente coronel español Francisco de Miranda llegó a puerto en calidad de prisionero, pero ello le costó al capitán que lo apresó un buen rapapolvo, suficiente como para que el orgullo del caraqueño se diera por satisfecho y pudiera emprender la misión que oficialmente lo llevó a aquel sitio. Cumplida con éxito en pocos días, no pasó mucho tiempo sin que el gobernador inglés, luego de haberlo apoyado en sus gestiones, se ofendiera con el español por un desaire que el español le hizo, y el español Miranda tuvo que abandonar el alojamiento que el inglés le había acordado. Por cierto que al narrar esos hechos, Manuel Gálvez manifiesta su asombro por lo mal que escribe don Pancho, y tiene razón: no sólo su ortografía es deplorable, sino su sintaxis, y eso, en lugar de mejorar, se hizo peor con el paso del tiempo y en la medida que vivió en países en los que no podía hablar español o lo hablaba muy poco. También habla Gálvez con alguna extrañeza de las compras de libros caros que realizó Miranda en Jamaica, y llega a la conclusión de que debía haber recibido dinero de Caracas. No es difícil sospechar otra cosa muy distinta, directamente relacionada con los cuatro mil pesos que el teniente coronel llevaba y le fueron respetados por los corsarios. La transparencia administrativa no era uno de los fuertes del caraqueño, como tampoco lo fue su corrección gramatical. Lo segundo no le causó jamás dificultades, pero lo primero sí.
Al llegar a Cuba. El 13 de diciembre de 1781, Miranda informó a Cagigal en detalle todo lo relativo a las fuerzas navales y a las instalaciones militares existentes en la isla de Jamaica, algo al sur de Cuba. Había cumplido a cabalidad sus tres misiones, la pública y las secretas, y Cagigal podía estar muy satisfecho por haberlo escogido para la tarea. Pero poco después, a bordo del buque en que regresó don Pancho, también venían bienes por valor de 8.000 pesos pertenecientes a Phillip Alwood, a quien muy españolamente Miranda llamó don Felipe Alwood, el inglés que aparecía como comprador de los dos barcos, y a quien Miranda, según su versión, le pagó sus servicios de esa irregular forma. Y, como suele ocurrir en esos casos, no faltó quien denunciara el hecho ante las autoridades competentes. Don Pancho alegó, cuando fue acusado de tratar de pasar aquellos bienes de contrabando en Cuba, que lo había hecho como parte de su convenio con Alwood, pero es obvio que siempre quedará la duda. ¿Por qué, si era parte del pago a Alwood por sus gestiones en ayuda de Miranda, Miranda no informó oficialmente, aun con el debido secreto a las autoridades españolas, acerca de aquel trato? Miranda sostiene, y podría ser cierto, que Cagigal estaba en cuenta del trato con Alwood. Pero también podría ser eso parte de lo que observa Picón Salas acerca del influjo del criollo sobre el fogueado veterano. El hecho punible del contrabando se produjo y fue probado hasta la saciedad por sus acusadores, y su justificación, en realidad, fue bastante feble.
Cagigal, sin duda por amistad y por defender a su protegido, pero en buena parte por salvar su pellejo y evitar que se supiera que Miranda, además de recibir la misión de comprar irregularmente dos navíos había sido enviado en calidad de espía, lo cual podía ser fácilmente deducible de los escritos que Miranda llevaba consigo, ordenó que el contrabando se custodiara en forma especial y se guardara bajo llave en el castillo de La Habana, lo cual motivó que el intendente, don Juan Ignacio de Urriza y sus funcionarios, celosos de su jurisdicción, protestaran abiertamente e hiciesen saber que no estaban dispuestos a dejar las cosas de ese tamaño, aun cuando el gobernador en persona lo exigiera. Finalmente, alguien pagó los derechos de importación y el asunto pareció haberse resuelto. Pero no fue así, simplemente siguió su curso y se agregó a las muchas quejas que había en contra de Miranda, entre ellas nada menos que “una Sumaria de 155 páginas” (Polanco Alcántara) incoada en su contra por el Consejo de la Inquisición, por delitos de “proposiciones, retención de libros prohibidos y pinturas obscenas”. Bien podría haberse dicho a sí mismo Francisco de Miranda: Con la Iglesia hemos dado, Pancho…
Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":
Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios
El canario enjaulado
El joven canario que dejó su nido
Cambio de nombre, cambio de rumbo
Los primeros vuelos de un canario criollo
Las tribulaciones de un canario criollo en tierra y agua
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