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El lenguaje es la argamasa que une tiempos y civilizaciones. El yo individual va tendiendo su necesidad de comunicarse hacia otros, y tiene ante sí el reto de vencer el límite del mundo cerrado de los nacionalismos. Le urge tomar la tradición impura de su lengua, el juego de situaciones diferentes. Ya la literatura no trata de personajes locales en torno a una trama lineal que finalmente se cierra. Hay un horizonte extenso, infinito en posibilidades, para que dialoguen también las civilizaciones, y para que tiempos históricos distantes y clases sociales con costumbres definidas, se aproximen hacia un todo, lo mismo que hacemos los otros que somos nosotros. En este propósito del arte literaria se busca preservar las experiencias actuales y las que nos aguardan en el futuro.
Buscamos al otro como dijo Pascal que le habló Dios: Me buscas ahora porque ya me habías encontrado. De otro modo no me buscarías.
Y no podemos decir que enfrentamos la anarquía del idioma, porque eso no significaría su muerte sino una proliferación incontenible que siempre puede dirigirse y rendir provecho. Se trata de algo peor: querer sujetar con reglas lo que ha nacido de modo espontáneo, porque las lenguas no se construyen mediante convenios aceptados por los pueblos. De allí que las instituciones lingüísticas encuentren limitaciones en esa tarea, porque la creación de una lengua es obra de circunstancias endógenas inconscientes, y otras externas impuestas por la relación entre comunidades humanas de diversos hábitos y formas de expresión.
La hegemonía de las sociedades occidentales sobre la cultura y el lenguaje, ha producido la reacción de los grupos influenciados y los ha incitado a mejorar la sensibilidad y elevar los principios de la conciencia. Las pautas que han querido imponer los profetas de la corrección de la lengua y los hábitos sociales, pretende obligar a comunidades sometidas a nacer otra vez, sin color ni raza, sexualmente neutros, purificados en la política y con la mente programada para afirmar lo que es bueno y rechazar lo que es malo; y tan peligroso para la libertad como eso es la lealtad de los nacionalismos y proteccionismos hegemónicos que quiere imponerse a la cultura. Se fomenta así un régimen de servilismo cuando creemos ser libres.
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El escritor Alberto Manguel ha hecho una eficaz comparación entre dos personajes de las letras, respecto del uso del lenguaje de acuerdo con el aprendizaje recibido por cada uno. El primero es Pinoccio, del autor italiano Carlos Collodi; y el otro es Humpty Dumpty, de la obra “A través del Espejo”, de Lewis Carrol. La comparación estriba en la formación de cada uno conforme a la época de creación de esas obras literarias. Debe recordarse que el títere Pinoccio no obtuvo un aprendizaje sino de lo superficial de la lengua, efecto en la realidad del hecho de que el italiano como idioma propio comenzaba a asentarse en forma definitiva. El muñeco de madera ha recibido una enseñanza que pudiéramos llamar escolástica, en la que prevalecen las restricciones de la expresión lingüística. Pinoccio apenas comprende las palabras que lee pero es incapaz de asimilarlas, y por esa razón los libros no pasan a ser para él una adquisición de experiencia o conocimiento.
Por el contrario, el personaje de Carroll maneja un idioma inglés ya establecido por mucho tiempo, que podía ser explorado y cuestionado con mayor seguridad. Humpty Dumpty usa la contradicción y el absurdo, y su expresión es libre y plena de sugerencias que se oponen al sentido racional del lenguaje. Que los límites de la interpretación de las palabras coincidan con los del sentido común, como lo propuso Umberto Eco en sentido de necesidad, no impiden ni restringen el valor que tiene para el lenguaje la imaginación y, con ella, la memoria, la asociación y la imitación.
El desorden lingüístico ha forjado los hermosos idiomas y dialectos de Castilla, de Provenza y los de nuestra América española, y es verdad que hay notables diferencias entre los diversos modos del lenguaje, como afirmó Bernard Shaw respecto del inglés de Norteamérica: “Una lengua común nos separa”. Pudiera ser el desorden de las expresiones de la lengua el estímulo de la imaginación y la poesía, como el orden lo es de la razón. El verbo en sentido general es el vehículo de las emociones y pensamientos humanos, y de aquellas permite expresiones libres que chocan, quizás, con el uso extendido en una comunidad determinada. La lengua se hace con las esperanzas y tragedias de la vida de los hombres, amasadas con la mezcla de humanidad que la enriquece. Las obras literarias deberán tomar en cuenta ese idioma llano que ha nacido del balbuceo del primer niño.
Lo que dijo George Steiner acerca de la Babel necesaria es hoy más que nunca una exigencia. Las culturas aisladas están destinadas a desaparecer, mientras que las grandes culturas del mundo se han formado por el contagio con otras civilizaciones. Y eso es forja del lenguaje: mezcla y contagio de idiomas, de color y texturas, para ampliar las experiencias de la vida y sostener la libertad.
Esta libertad es la del artista en general, y constituye la ansiedad, la tentación de alcanzar el imposible. El escritor tiene la palabra como instrumento y la utiliza dándole una extensión y un significado que trasciende a lo meramente comunicativo. Es suscitación de ideas y sensaciones, estética que renueva la imaginación y deja en el ánimo del escucha emoción que se transforma en ráfaga de la vida, por la fugacidad de sus trazos y la perennidad de las impresiones del mensaje.
Victor Hugo se hallaba en el exilio a causa de su enfrentamiento al emperador Napoleón III (a quien el escritor llamaba: “Napoleón, el pequeño”). En su extrañamiento en la isla anglo-normanda de Guernesey, en el Canal de La Mancha, compuso Victor Hugo el poemario filosófico: La Leyenda de los siglos, un conjunto armónico de poemas que describía la humanidad en forma cíclica, en todos sus aspectos: historia, fábula, filosofía y religión. En el conjunto de poemas se destaca “El Sátiro”, un desafío al mundo y a dioses falsos, inclusive al poder del gobernante:
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Excelente texto este de Alejo Urdaneta sobre cómo el lenguaje es elemento fundamental para el entendimiento y fusión de las civilizaciones y de los pueblos que las conforman. Basta recordar la Torre de Babel, en la que se confundieron todas las lenguas, para darle al lenguaje el sitial privilegiado que le corresponde como aglutinador de hombres, de creencias y de culturas diversas. Sin embargo, difiero de Alejo en su sueño de fusión de la humanidad. A pesar de las apariencias, de los diccionarios y de las enciclopedias ya impresas, el lenguaje es un ser vivo y, por lo tanto, cambiante e inaccesible para la población del globo terrestre. El dialecto suizo, por ejemplo, no se escribe y, si lo tratan de transmitir con letras impresas, no tiene ni ortografía ni gramática que lo normen. Lo que se llamaba de una forma hace diez años, ahora se lo denomina con otro vocablo, que cada vez produce más y mas dolores agudos en la de garganta. Este idioma
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