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Don Simón Bolívar y Palacios, luego de pasar por el Infierno y enfrentar todo tipo de dificultades, empezó por fin a ver una luz, una débil luz que le anunciaba tiempos mejores, aunque fuera apenas el reflejo de muy lejanas estrellas, en particular de una estrella ajena que tendría sobre su vida una influencia que en aquellos momentos ni siquiera alcanzaba a imaginar.
Pero antes de llegar al Cielo tenía que pasar por el Purgatorio. No otra cosa fue, por ejemplo, el intento de restablecer el régimen federal que tuvo lugar el 8 y el 9 de mayo de 1817, en Cariaco, en lo que hoy es el estado Sucre, y que se conoce como el Congresillo de Cariaco. Allí tuvo una importante actuación un fantasma que regresaba de tierras africanas y de su propio infierno y con ánimos de resucitar varios muertos: el canónigo chileno José Cortés de Madariaga, que al llegar a Margarita le había escrito al Libertador una carta llena de tonterías. Pretendía el cura chileno volver a los días de 1811 ó 1812, y en Cariaco convocó a un Congreso para formar un gobierno representativo y federal. Allí se le unieron varios de los que no habían podido en realidad alcanzar las metas que se habían fijado. Santiago Mariño, Luis Brión, Francisco Antonio Zea, Francisco Javier Mayz, Francisco de Alcalá, Manuel Isaba, Francisco de Paula Nieves, Diego Bautista Urbaneja, Manuel Maneyro, protagonizaron una extraña reunión en la que, sin que se sepa cómo ni por qué, algunos se dijeron algo así como diputados, con una representación popular que en realidad no tenían, y otros no. Mariño, que no figuró como diputado, no dudó en atribuirse también la representación del Jefe del Estado, es decir, de Simón Bolívar, de quien presentó una imaginaria renuncia. Para hacer el cuento corto, aquel Congreso de sombras eligió un triunvirato como aquellos que habían fracasado en los pininos de la república, compuesto éste por Fernando Rodríguez del Toro, que estaba baldado en Trinidad y ni se enteró de lo que ocurría, Francisco Javier Mayz y Simón Bolívar, que estaba ocupado en Guayana y cuando se enteró los mandó a paseo. Como el primero y el tercero no estaban por todo aquello, entraron los suplentes, que eran Francisco Antonio Zea y Madariaga, y se dispusieron a gobernar pero no tuvieron a quién. También designaron en el viento un Poder Judicial y acordaron que la capital de la república sería La Asunción, en la isla de Margarita. Pero eso sí, dejaron el poder militar en manos de Mariño, como general en jefe del Ejército, y de Simón Bolívar, a quien no se atrevieron a destituir del todo. En definitiva, de toda aquella balumba lo único que parece haber quedado fue el nombre, nada apropiado, de Nueva Esparta para la isla de Margarita. Bolívar, el 6 de agosto siguiente, se burló de todo aquello en una carta dirigida a Martín Tovar y Ponte, en la que le decía que había durado “tanto como casabe en caldo caliente”. Pronto se vio que hombres verdaderamente importantes como Rafael Urdaneta y Antonio José de Sucre, no reconocerían aquel intento fallido. El propio Luis Brión se retractó de su error y fue a unirse a Bolívar en Guayana. Bolívar terminó imponiéndose y tildó a Madariaga de loco, en lo que, quizás sin saberlo, se unía al depuesto gobernador Emparan, como para aumentar el tono de caricatura de aquel vano intento del canónigo, que después de insólitas aventuras terminó encontrándose con la muerte en Río Hacha a comienzos de 1826.
En otra parte del Purgatorio, la estrella de José Antonio Páez había ido claramente en ascenso. No pasó mucho tiempo sin que se cumpliera lo que se había propuesto, de convertirse en el jefe de los llaneros y ponerlos a luchar en favor de la república. La batalla de Mucuritas, que fue el 28 de enero de 1817, fue una clara demostración de que eso era así. El nuevo Taita dio claras muestras de su habilidad al colocar sus fuerzas en favor del viento para evitar que el polvo y el humo enceguecieran a sus hombres, y su habilidad, no la fortuna, lo favoreció con la victoria. Fue entonces cuando el jefe español Morillo afirmó “Catorce cargas consecutivas sobre mis cansados batallones me hicieron ver que aquellos hombres no eran una gavilla de cobardes poco numerosa, como me habían informado, sino tropas organizadas que podían competir con las mejores de S. M. el Rey” (Citado por Páez en su Autobiografía). Era el talento de Páez, que al colocarse en el barlovento, había causado el cambio de dirección de los vientos de la suerte. Una suerte que casi siempre se le había negado a Bolívar, pero que terminó acompañándolo por un buen tramo de su vida.
Y, sí, en ese cambio tuvo mucho que ver el que Páez, a pesar de las ganas que siempre tuvo de hacer lo que finalmente hizo en enero de 1830, optara por subordinarse al caraqueño desde que se encontraron en los primeros días de 1830. El llanero lo cuenta así:
A principios de 1818, sabiendo que ya Bolívar se encontraba en el hato de Cañafístola, como a cuatro leguas de Payara, me adelanté a su encuentro, acompañado de los principales jefes de mi ejército. Apenas me vio a lo lejos, montó inmediatamente para salir a recibirme, y al encontrarnos echamos pie a tierra, y con muestras del mayor contento nos dimos un estrecho abrazo. Manifestéle yo que tenía por felicísimo presagio para la causa de la patria el verle en los llanos, y esperaba que su privilegiada inteligencia, encontrando nuevos medios y utilizando los recursos que poníamos a su disposición, lanzaría rayos de destrucción contra el enemigo que estábamos tratando de vencer. Con la generosidad que le caracterizaba, me contestó en frases lisonjeras, ponderando mi constancia en resistir los peligros y necesidades de todo género con que había tenido que luchar en defensa de la patria, y asegurando que con nuestros mutuos esfuerzos acabaríamos de destruir al enemigo que la oprimía.
Hallábase Bolívar en lo más florido de sus años y en la fuerza de la escasa robustez que suele dar la vida ciudadana. Su estatura, sin ser procerosa, era no obstante suficientemente elevada para que no la desdeñase el escultor que quisiese representar a un héroe; sus dos principales distintivos consistían en la movilidad del cuerpo y el brillo de los ojos, que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos, con mirar de águila –circunstancias que suplían con ventaja lo que a la estatura faltaba para sobresalir entre sus acompañantes. Tenía el pelo negro y algo crespo, los pies y las manos tan pequeños como los de una mujer, la voz aguda y penetrante. La tez, tostada por el sol de los trópicos, conservaba no obstante la limpidez y e lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por los cuales había pasado en sus marchas. Para los que creen hallar las señales del hombre de armas en la robustez atlética, Bolívar hubiera perdido en ser conocido lo que había ganado con ser imaginado; pero el artista, con una sola ojeada y cualquier observador que en él se fijase, no podría menos que descubrir en Bolívar los signos externos que caracterizan al hombre tenaz en su propósito de llevar a cabo empresa que requiera gran inteligencia y la mayor constancia de ánimo.
A pesar de la agitada vida que hasta entonces había llevado, capaz de desmedrar al más robusto, se mantenía sano y lleno de vigor; el humor alegre y jovial, el carácter apacible en el trato familiar; impetuoso y dominador cuando se trataba de acometer empresa de importante resultado; hermanando así lo afable del cortesano con lo fogoso del guerrero.
Y más adelante agrega algo de especial importancia:
Puede decirse que allí se vieron entonces reunidos los dos indispensables elementos para hacer la guerra: la fuerza intelectual que dirige y organiza los planes y la material que los lleva a cumplido efecto, elementos ambos que se ayudan mutuamente y que nada pueden el uno sin el otro.
La descripción que hace Páez de Bolívar es la mejor que alguien haya hecho del Libertador. La escribió muchos años después de la muerte de Bolívar, y no hay que olvidar que Páez tenía la conciencia sucia con respecto al Libertador. El ya defenestrado caudillo sabía que en buena parte por su acción de 1830 el Libertador perdió la salud y la vida. Y había experimentado en carne propia eso de ser víctima de los que quieren ascender. De tener que dar paso a los que empujan desde abajo. Y sabía muy bien lo que duelen esas caídas.
Pero lo importante de aquel encuentro es, justamente, lo que afirma Páez: se necesitaban mutuamente. Bolívar, sin Páez, tendría mucho más difícil lograr lo que logró, y Páez, sin Bolívar, no hubiera tenido pasado de ser un hábil soldado que, sin darse cuenta, generó una palabra que salió de Venezuela y fue a Francia, y de Francia regresó al idioma español con vida propia: rastacueros.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
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