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Simón Bolívar y Palacios, cuando empezaba su carrera política y militar, escribió un documento en el que explicaba a su manera, entre otras cosas, las causas del fracaso de aquella primera república. El más frecuente error que cometió Venezuela –afirmaba–, al presentarse en el teatro político fué, sin contradicción, la fatal adopción que hizo del sistema tolerante; sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo sensato y tenazmente sostenido hasta los últimos períodos, con una ceguedad sin ejemplo. (Simón Bolívar, Obras Completas, Ministerio de Educación de los Estados Unidos de Venezuela, Editorial Lex, La Habana, Cuba, 1947). Ese “sistema tolerante” a que se refiere el joven don Simón, convertido de la noche a la mañana en analista político, es el federalismo. Y en buena parte el analista tenía razón. Pero en parte no, porque no tuvo en cuenta que no se trataba de sistema, no había que poner el énfasis en escoger entre centralismo y federalismo para explicar el fracaso de aquella “Junta” y de los Triunviratos que la sucedieron. La verdadera causa, aunque ayudada por la debilidad del sistema, estuvo en la poca preparación, en la inexperiencia, de quienes asumieron el poder ejecutivo de Venezuela a partir del 19 de abril de 1810. Mucha voluntad pero muy poca escuela. Simplemente, ninguno de ellos tenía una idea muy clara acerca del manejo de la república. Como vimos, la Junta quedó formada por José de las Llamosas, Martín Tovar y Ponte, Feliciano Palacios, José Hilario Mora, Isidoro López Méndez, Rafael González, Valentín de Ribas, José María Blanco Liendo, Dionisio Palacios, Nicolás Anzola, Juan de Ascanio, Silvestre Tovar Liendo, Pablo Nicolás González, Fernando Key Muñoz, Juan Germán Roscio, José Félix Sosa, Francisco Xavier Ustáriz, José Félix Ribas y Herrera, José Cortés de Madariaga y Francisco José Ribas y Herrera. Demasiados; varios mantuanos, más de un peninsular, un canario y un chileno. En fin, un auténtico arroz con mango. Cuando hacía falta que alguien asumiera el mando, porque el mundo se les iba a echar encima, prefirieron diluir las responsabilidades, quizás porque en verdad ninguno de ellos sabía lo que tenía entre manos. Varios de ellos, a la hora de la verdad, o corrieron o saltaron la talanquera, como el santanderino José de las Llamosas, que fue uno de los promotores del alzamiento de los esclavos barloventeños en contra de la República y murió en 1816 luego de saltar la talanquera y haber sido Cónsul del Real Consulado en Caracas, realista de uña en el rabo.
Aquella primera Junta, en realidad, no sabía muy bien hacia dónde ir. Casi de inmediato, apenas un par de meses después de haberse alzado con el poder, se dieron cuenta de que tenían que legalizar del todo, o legitimar del todo, lo hecho, y decidieron convocar a elecciones. El ideólogo de la situación, Juan Germán Roscio, se encargó de redactar un reglamento y una alocución para convocar las elecciones, primera verdadera muestra de democracia en nuestra América en el tiempo. En la alocución habló de “convocaros para consultar vuestros votos, y para que escogieseis inmediatamente las personas que por su probidad, luces y patriotismo os parecieran dignas de vuestra confianza.” (José Gil Fortoul) Y, entretanto: nave al garete. Desde luego que, como dice un poco más abajo Roscio, hasta ese momento sólo estaba representada en la Junta Caracas, y no había presencia del resto del país. Se trataba, pues, de convocar a una Asamblea Constituyente que decidiera hacia donde iría la nación en su conjunto, pero no se les ocurrió que era necesario sustituir la autoridad del antiguo gobernador y capitán general de la Provincia por una persona que asumiera las mismas responsabilidades, aunque no rindiera cuentas a una lejana metrópolis sino a un cercano Congreso, por ejemplo, pero con plena autonomía. ¿Se imaginan lo que debe haber sido la toma de decisiones en aquellos días? Para mover a un capitán de plaza, tendrían que ponerse de acuerdo veintitantas personas, luego de que el marqués del Toro, que tampoco sabía mucho de la materia, lo pidiera o tratara de evitarlo, según el caso. Se la pusieron demasiado fácil a los realistas.
Y para colmo, el reglamento electoral dejaba afuera a más de medio mundo. A las mujeres, a los menores de veinticinco años (salvo que estuvieran casados y velados), a los dementes, a los sordomudos, a los que tuviesen causa criminal abierta, a los fallidos, a los deudores a caudales públicos, los extranjeros, los transeúntes, los vagos públicos y notorios, los que hubiesen sufrido pena corporal aflictiva o infamatoria, y todos los que tuviesen casa abierta o poblada (los que no la tenían propia y vivían arrimados o como esclavos o como dependientes de otro). Para votar, pues, había que ser varón libre, sin tachas y con fortuna propia no inferior a dos mil pesos en bienes “muebles o raíces libres”. Empezábamos mal. La exclusión de las mujeres, aunque deplorable, sólo refleja el estado de la cultura de entonces, que despreciaba a la mujer. La de los esclavos, dependientes y personas sin bienes propios, demostró la intención de limitar la “democracia” a los ricos, a los propietarios, a los mantuanos, y explica el por qué de que a los realistas, especialmente a José Tomás Boves, les fuera tan fácil convencer a los excluidos de que debían unirse a la causa del Rey, que era más popular.
Y estaba, desde luego, presente en la situación la vaguedad de los objetivos del movimiento del 19 de abril. Para algunos, como Andrés Bello, Llamosas y muchos de los que después se manifestaron como realistas, sí se trataba de defender los derechos del rey Fernando VII, pero para otros, en especial para los mantuanos, el objetivo era la Independencia económica en primer lugar, y la política, en segundo, y para otro grupo, el de los Salias, los Bolívar, los Ribas, que luego se vio reforzado con la llegada de Miranda, el objetivo era algo muy parecido a una revolución social, que debía ir más allá de lo conseguido por los próceres norteamericanos durante el siglo anterior, pero que no podía ser algo idéntico a la Revolución Francesa, puesto que la Revolución Francesa era Napoleón y sus soldados, y ellos combatían a los franceses. Obviamente, no había nada parecido a la unidad de criterios entre ellos, en tanto que sí lo había entre sus enemigos.
En ese marco de imprecisiones e indefiniciones se realizaron las elecciones, que concluyeron en noviembre. Y poco después, el 7 de diciembre, Antonio Ignacio de Cortabarría, comisionado especial de la Regencia española, conminó a los ayuntamientos venezolanos a prestar juramento de obediencia a las Cortes instaladas en León, so pena de ver bloqueadas sus costas. Cortabarría era un Ministro Togado del Consejo Supremo de España e Indias, que había recibido el 1º de agosto de 1810 la orden terminante de someter a los vasallos rebeldes de Venezuela y Nueva Granada y se embarcó en Cádiz el 13 de septiembre para cumplir aquella orden. El 24 de octubre desembarcó en Puerto Rico y estableció su cuartel general, es decir, llegó en plan de guerra aun sin haber hecho el más mínimo contacto con aquellos “vasallos rebeldes”. Y lo primero que hizo fue enviar aquel ultimátum, que no dejaba el más mínimo espacio a la negociación. En su correspondencia exigía, además que se obedeciera al recién designado gobernador y capitán general Fernando Miyares, que como premio a haber hecho presos a los comisionados que viajaron de Coro a Caracas, fue designado sustituto de Emparan, pero casi de inmediato quedó claro que era un hombre pusilánime e incapaz de afrontar lo que tenía que afrontar. En Caracas había sido vecino y amigo de los Bolívar, y su mujer, doña Inés Mancebo, fue en realidad la nodriza del futuro Libertador. También exigía el restablecimiento de la Real Audiencia y el licenciamiento de las tropas republicanas, La Junta, el 25 de diciembre, le respondió rechazando el calificativo de “rebeldes” y desconociendo la autoridad del vasco, que el 21 de enero bloqueó las costas de las provincias que seguían los lineamientos de la Junta de Caracas. Y ese acto podría considerarse también el comienzo de la Guerra de Independencia de Venezuela, aunque hay otras fechas que podrían considerarse con muy buenas y hasta mejores razones. En Cumaná se produjo en esos días la única acción importante de ese momento, cuando el coronel Vicente de Sucre, padre de Antonio José, rechazó exitosamente a las fuerzas españolas que pretendían alzar a los partidarios de España en aquella región oriental. Ya estaba en Caracas Francisco de Miranda, y con las fuerzas de Cortabarría llegó el primer azote que sufrió Venezuela: Domingo de Monteverde.
En realidad, los que soñaban con hacer de Venezuela un país feliz, murieron niños, como los Santos Inocentes.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
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