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| « Isaac J. Pardo | Alejandro Otero en Washington DC por Gonzalo Palacios » |
POR EL VALLE DEL LUCERO no se va a ninguna parte. Es una cuenca verde y caliente que está lejos de todo, sumergida en un mundo de nubes azulosas y perdida en una selva oscura, casi negra, una de esas selvas pobladas por ruidos y cantos, reclamos, aullidos y risas, murmullos y quejas, gemidos y silencios viejos. Es un valle que a veces amanece envuelto por brumas grisáceas y a veces de tarde se lava con lluvias violentas, con cascadas de cristales que bajan del cielo, con ese murmullo que nunca se aleja. Y cuando no hay lluvia lo quema y lo quiebra un sol inclemente: el sol del infierno. A ese valle verde lo atraviesa un río que a veces es hilo y a veces torrente y no tiene principio no nombre, pues hay quien lo llama río Braguetón, o del Lucero o del Mocho o del Valle, y desemboca en el Caño Calzón, que lleva sus aguas al mar después de atravesar un océano de tierra y pasar por otro río inmenso que sí tiene nombre. Una vez subía al margen del río un camino abierto por manos humanas, una de esas vías que asustan al verlas, camino de fuegos temblorosos y cruces derrumbadas, tierra pisada con dolor de siglos, dibujo de plantas cansadas. Por ese camino llegaron los hombres que dieron su nombre a El Lucero. Llegaron de tarde, una de esas tardes de trémulo cielo en las que el calor derrite las hojas y convierte la tierra en una pasta negra y maloliente. Como muchas veces, la lluvia subía en pequeñas gotas a quemar los ojos de los sesenta y dos jinetes. La gente de abajo pensó que estaban todos locos y nadie llegó a imaginarse que muchos de ellos se quedarían para siempre en el valle. Se rieron al ver que muchas familias subían y se sentaron frente a las puertas de las viejas casas a esperar que regresaran. Pero nunca volvieron, y un día se supo en El calzón que habían hecho un pueblo llamado El Lucero, en donde la gente vivía despacio y sin darse cuenta de que había un mañana porque estaban siempre pensando el ayer. Era un pueblo de casas aplastadas y calles de arena que cuando llovía trataba de convertirse en un lodazal con marchitas flores de arcilla y de cal. Su pequeña iglesia intentaba inútilmente señalar hacia el cielo con el dedo maltrecho de su torre enana y su calle principal -que era principal por ser la más ancha- estaba adornada por la primera casa, la única de dos pisos, que todos sabían que había estado allí desde muchos años antes de que el general Luces tuviera la ocurrencia de imitar a los hombres de armadura cuyas historias había leído cuando era niño, esos hombres recios e invencibles que con la mano en la espada decapitaban indios y fundaban pueblos en nombre del Rey, de ese Rey que ya no existía, pero el país en conjunto es inmenso y queda mucho territorio por llenar, Excelencia, y por eso considero inmejorable la oportunidad que se nos presenta así como el emplazamiento para fundar en él una urbe que algún día hablará a la posteridad de las grandezas de su ilustrado Gobierno y será prueba de que usted más que nadie se ocupó de llevar la civilización a los más apartados rincones de nuestra bendita patria. Y otro día los habitantes de El Calzón asistieron en alarmado silencio al paso lento y seguro de unos enormes elefantes de acero que se dirigían a El Lucero, pero luego se enteraron de que se habían quedado en la mitad del camino entre El Calzón y El Lucero, en un lugar que las máquinas desnudaron y a la larga convirtieron en un mundo aparte con casas rodeadas por flores de todos colores y enormes galpones repletos de obreros que hablaban distinto a los del país. La gente de El Lucero celebró con grandes fiestas la llegada de la Compañía porque se decía que les llevaba la prosperidad y los haría felices y ricos, pero la Compañía -en todo sentido- se quedó para siempre en la mitad del camino, tratando de ponerse en las tierras que rodeaban El calzón por el lado de El Lucero y El Lucero por el lado de El Calzón, tierras que por mucho tiempo habían estado ligadas de una u otra manera a la casa de los Luces, la más antigua del pueblo que desde el principio humilló a las otras con su segundo piso y su fila de balcones y su techo de un rojo brillante e irregular que también parecía hecho a propósito para distinguirla de las demás. Pero en realidad cuando la hicieron no tenía rivales de ninguna especie, pues don Rodrigo de Gordiales y Esquelétez no podía ver desde ella otras tierras que las suyas. En ella se alojó con su familia y sus esclavos a tratar de arrancar algo que nunca llegaría, y cuando el gobierno decretó la libertad de los esclavos aquella casa quedó inmensamente sola, habitada apenas por el viento y la avaricia de don Hermenegildo Gordiales, nieto de don Rodrigo, pues fueron tales las condiciones que pretendió imponer a sus antiguos servidores, que todos prefirieron alejarse hacia El Calzón a vivir de conuquitos y esperanzas. Fue entonces cuando la Hacienda La Gordialera empezó a desmoronarse, y apenas daba a sus propietarios para sobrevivir con lo poco que cosechaban y la leche que daban las cinco viejas vacas que conservaban, y a las que la señora Gordiales hizo famosas en la región atribuyéndoles la causa de la belleza de su única hija, que era notable, y así se hizo de algún dinerito vendiendo a precios exorbitantes frasquitos llenos a medias de leche agria entre las marchitas mujeres de El Calzón. Y así, cuando el general Luces hizo fusilar a Hermenegildo Gordiales por liberal y fundó El Lucero, puso como centro de la nueva población a la antigua casa de la Hacienda que entonces perdió su patio de café y sufrió profundas mutaciones, y bien pronto se vio rodeada por otras casas, aunque conservó el privilegio de ser la única de dos pisos. Y tan sólida era su construcción que ni siquiera veinte años del más absoluto abandono le hicieron mella, y cuando volvieron a habitarla les bastó con darle una buena limpieza y reponerle algunos vidrios para que recuperara todo su antiguo y humilde esplendor, sobrio y discreto. Fue en aquella madrugada cuando el destartalado automóvil con su descomunal parrilla se detuvo frente a la casa de los Luces. El increíblemente cargado vehículo dejó de chirriar y se paró con un último quejido, y las tres jóvenes descendieron sacudiéndose el polvo y estirando brazos y piernas, sin molestarse en notar la luz difusa y de un pálido amarillo de fantasmas viejos que las envolvía. Dos de ellas, obedeciendo las órdenes de la otra, empezaron a llevar objetos al interior de la casa, doce sillas, dos mesas, tres camas, un enorme escaparate en cuya puerta estaban pintadas escenas de algún decadente paraíso terrenal repleto de angelitos asexuados, tres cómodas de manera negra con tiradores de cobre muy bien pulidos, siete sillas de extensión, once mesas auxiliares, tres mesitas de noche, dos biombos sencillos (uno de ellos chino con hermosas escenas campestres en las cuales se veían en incrustaciones de diversos materiales hermosas mujeres que en grupos de catorce comían frutas frescas cerca de siete grandes dragones que apuntaban con sus colas a siete montañas nevadas, mientras que el otro sólo tenía calcomanías de flores en muy mal estado), un viejo escritorio tallado con imágenes del Quijote, dos largos bancos de madera carcomida que alguna vez -pero muy remota- estuvieron pintados de un verde brillante. Y luego bajaron seis baúles llenos de ropa y, tras encender más velas, empezaron a sacar vestidos, enaguas, cortinas de telas diversas, joyas de fantasía, pantallas de lámparas, lápices y papeles, dos viejas máquinas de escribir, una de ellas con teclas de menos, sábanas, almohadas y edredones, y después bajaron del techo del carro varios cajones y, martillo en mano, los abrieron para sacar las copas talladas, los vasos de cristal, las dos vajillas de porcelana, dos juegos de cubiertos, uno de diario y otro para las grandes ocasiones, libros de Céline y de Flaubert y Baudelaire y Martin du Gard y Kafka y Proust y Azorín y Bergson y Antonio Machado y Daudet y García Lorca y Stendahl y Claudel y Dostoyevsky y Tagore y Oscar Wilde y Jorge Luis Borges y Thomas Mann y Camus y Shakespeare y Vicente Gerbasi y Lawrence Durrelll y Alejo Carpentier y Dante y Tolstoi y Gogol y Eça de Queiroz y Virginia Wolf y André Malraux y Guimaraes da Rosa y Lagerqvist y Vargas Llosa y Robert Graves y García Márquez y Homero y Rilke y Cervantes y Cocteau y Calderón de la Barca y Elliot y Cortázar y Hesse y Selma Lagerlof y Gorki y Brecht y Vallejo y Horia y Romain Rolland y Rimbaud y Faulkner y Voltaire y Chejov y Balzac y Joyce y Marlowe y Unamuno y Bacon y Pablo Neruda y Fuentes y Walt Whitman y Pirandello y muchos más, y después de colocar la ropa en sus correspondientes cajones volvieron al automóvil y sacaron lo que quedaba: una nevera con el motor arriba, un congelador, una cocina de kerosén, una bañera con patas de dragón, una máquina de coser y un gran reloj de pared que daba la hora cuando le venía en gana. Luego sacaron de uno de los cajones quince cuadros, veintiséis grabados y ciento catorce fotos que en un santiamén encontraron sus lugares en las paredes manchadas por el tiempo y el aire perezoso. En aquella colección de fotografías estaba la historia de la familia, desde la primera instantánea que se tomó en vida Ángel Gabriel Luces tocado por toda la curiosidad que despertó en él aquel invento que acababa de llegar del sur de Francia, y en la que se leía muy tieso, con los bigotes endurecidos por un producto hecho a base de petróleo y cola de carpintero, y los ojos muy fijos tratando de mantener una mirada de tigre enjaulado, cuando todavía ni soñaba con ser militar sino que la pasaba de lo más bien como el único hijo de un honorable político de muy buena posición, aunque pobre. Desde ésa hasta la última, la que se tomaron las tres hermanas junto a la fuente de las nalguitas cuando estuvieron de paso por la capital, había corrido más de un siglo de agua turbia bajo los puentes de piedra. En las imágenes de papel se podía ver la cara fantasmal del abuelo, Gabriel Luces, sentado y absorto frente a su piano, y a su mujer, Cecilia, algo gorda y tratando de fingir alegría a los cuarenta días de haber dado a luz al hijo, Ángel, el único que tuvo. Las tías abuelas, Angelina y Angélica, estaban también presentes en una desteñida foto que les tomaron a las dos cuando la segunda recibió su primera comunión de manos del padre Pérez. Abanicos y flores de papel, biombos y elegantes gestos petrificados, como invitados a un banquete de papel, todos en blancos, marrones, sepias, amarillos y negros que lentamente habían ido formando un bosque de recuerdos olorosos a naftalina y tules que empezaba a derrumbarse con el viento. Y quizá la foto más importante era la del grupo de carnaval, una ampliación hecha en la capital del negativo que encontraron mucho tiempo después entre los archivos del fotógrafo que murió en la cárcel, y cuya importancia -según explicó Ángel a sus tres hijas- radicaba en dos aspectos: primero, en que era la última fotografía que le habían tomado en vida al general Ángel Gabriel Luces, quien murió pocas horas después de haber posado en aquel heterogéneo grupo; y, segundo, que era el único documento que reunía a casi todos los fundadores del pueblo y prácticamente a todos los que vivían en El Lucero en aquel carnaval furioso en el que Ángel tiñó a casi todo el pueblo con una mezcla de agua, harina, talco, azulillo, huevos, carburo y el yodo que le robó al doctor Ibor en un descuido. Sólo faltaba en esa foto la imagen del fotógrafo, aquel italiano que hasta ese preciso instante había podido salvarse de ser manchado gracias a su habilidad para esconderse y huir. Pero a casi nadie le interesaba la estampa del fotógrafo italiano, pues fue él quien esa misma noche mató al general Luces y acabó para siempre con el carnaval y las luces de artificio. En cambio la cara de Ángel Luces sólo aparecía como la de un niño, excepto en aquella curiosa foto que se tomó recién casado, en donde aparecía su mujer reclinada y completamente desnuda mientras él permanecía enhiesto, vestido de paltó-levita, con una galera en la derecha y cagado de la risa. Tampoco estaba en la colección el rostro de doña Isabel, la esposa del general Luces, a pesar de que el de su marido se repetía en casi todas las posiciones y situaciones imaginables y posibles. La única vez que oyeron a su padre hablando del asunto, las tres niñas se enteraron de que la ausencia de la bisabuela se debía a que desde muy joven tuvo trastornos mentales, tanto que cuando el general decidió fundar el pueblo para vivir definitivamente en él, ya ella estaba loca, y nunca recuperó la razón después del nacimiento de Angélica, la menor de sus siete hijos, nacida poco después de la muerte del tercero de los que no sobrevivieron la primera infancia. La pobre mujer ni cuenta se dio de que al poco tiempo después de llegar a El Lucero perdió a otro de los hijos y sólo le quedaron Angelina, Gabriel y Angélica, porque se encerró para siempre, eternamente ausente hasta del banquete de papel, todos en blancos, marrones, sepias, amarillos y negros que lentamente habían ido formando un bosque de recuerdos que rápidamente terminaron de colgar las tres hermanas en las paredes que alguna vez fueron del mismo color de los tules y las nubes frescas. Y al terminar de poner cada cuadro y cada foto en su lugar, la menor se dirigió al cajón que hacía de centro de la instalación eléctrica, puso los tapones nuevos y dio vuelta a la válvula. Como respondiendo al imperativo de un conjuro mágico todas las luces de la vieja casa se encendieron a la vez, el receptor de radio empezó a funcionar y todos los aparatos eléctricos que acababan de poner en sus sitios se les unieron como en una especia de sinfonía eléctrica maravillosa y enloquecedora que parecía querer espantar de una vez por todas a los fantasmas de papel y tul carcomidos por el tiempo. Las tres hermanas dominadas por la risa empezaron a bailar, del minuet a la polka y del salto al grito de tormenta, corrían de un lado a otro, saltaban y giraban y sus cabriolas de brazos abiertos las llevaban como mágicos derviches de carne y cartón a todos los rincones de la vieja casa. Hasta que de repente las luces se apagaron y las tres hermanas siguieron bailando y cantando en medio de la más profunda oscuridad y cortando con sus voces un silencio de arañas asustadas…
Los Caballos de la Cólera (1972), próximamente será reeditada.
Por la urdimbre de la trama y la apelación al mito, más de un lector encontrará en esta novela un paralelo con Cien Años de Soledad, pero esas semejanzas son, en todo caso, secundarias. Lo importante es que para contar esta historia, Eduardo Casanova recurre a un lenguaje absolutamente propio y verosímil que impregna todo el texto de una terrible certidumbre. Escrita con un notable dominio de la frase, la novela se propone como un mundo cerrado y autónomo donde el lenguaje, de una mesura y una contención envidiables, estalla de pronto en páginas de alto vuelo que registran de manera alucinada y poética el universo de la experiencia sexual. Todos los encuentros sexuales entre los distintos personajes, ya sea que nazcan de un amor incontenible (como en el caso de Angel y Rosa) ya sean de producto de una violación (como en del general Luces con la hija de Gordiales) o de una seducción (en el caso de las hijas de Angel con Pedro Acera) participan de esa atmósfera alucinada propia del mito que los suspende en un movimiento cósmico. De esta manera, los personajes son arrebatados por un impulso ancestral, movidos por razones que sitúan más allá de cualquier tentativa de análisis, ya sea histórico o psicológico, son como partículas de desgracia en poder de un viento desconocido y arrastran su destino su expiación final. La violencia, subyacente a lo largo de todas sus páginas, aflora a primer plano en la lucha por el poder, la ley de la selva y la lucha guerrillera.
Lei esta novela en 1974 cuando a los 15 cuando estaba en bachirerato. Desde mi juventud he leido muchas novelas pero esta novela es la que mas me ha gustado en toda mi vida.
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