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Más te Valiera Estar Duerme

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Más te Valiera Estar Duerme

El 15 de septiembre de 1886 el general y doctor Antonio Guzmán Blanco tomó posesión de la presidencia de la república de Venezuela otra vez. Había vuelto luego de hacerse rogar y estrenando un nuevo título: “Aclamado de los pueblos”. Ya era un hombre de cincuenta y siete años, que en esos tiempos se tenía por edad avanzada. Su padre había muerto el 14 de noviembre del 84 y él había mantenido a toda hora una gran actividad. Hasta había publicado un libro sobre Bolívar, además de un análisis sobre la vida política de Venezuela. En Madrid, a donde fue a los funerales de Alfonso XII, fue recibido por la Real Academia y homenajeado en distintos círculos. Mientras tanto, movía sus hilos con mucho sigilo para garantizarse la elección el 86. El movimiento, que se llamó “La Aclamación”, fue cuidadosamente planeado y dirigido por él desde donde quiera que se encontrara. Logrado su propósito y aún negando sus evidentes intenciones, Guzmán llegó a La Guaira el 27 de agosto, acompañado por su esposa, su hija y su yerno, un personaje de antología, Augusto, Duque de Morny, descendiente directo de Charles Maurice de Talleyrand-Perigord, que aunque era cura tenía sus muchas malas mañas, y de una hermana de la Emperatriz Josefina.
Al volver a sentarse en la silla de nuevo emprendió, como era su costumbre, todo un programa de obras públicas, en las que en muchos casos obtuvo jugosos contratos para el vistoso duque. Inauguró el Cuño o casa de la moneda y construyó numerosos puentes y avenidas, no sólo en Caracas sino en varios puntos del país. Y, desde luego, le dio un nuevo impulso a la construcción de vías férreas, con lo cual consiguió un repunte de la economía. También reorganizó la Imprenta Nacional, que había creado él mismo en 1877 y poco a poco se había ido deteriorando. En materia de política exterior su acción más notable fue la ruptura de relaciones diplomáticas con el Reino Unido a causa de la invasión de territorio venezolano desde la Guayana Inglesa, así como sus esfuerzos para solucionar los problemas causados por los límites con Colombia.
En lo interno repuntó la oposición antiguzmancista, se acentuaron las conspiraciones y los planes de alzamiento y hasta se descubrió un complot para asesinar al general, doctor y presidente que no le auguraba nada bueno en el porvenir.
Joaquín Crespo, que había recibido del Congreso guzmancista el título de “Héroe del Deber Cumplido” (aunque un humorista dijera que “héroe del pagar no ha sido”), estaba seguro de que lo había hecho muy bien al cuidarle la silla al jefe y que, por lo tanto, le tocaba suceder al jefe en cuanto se cumpliera el bienio 86-88. Obsecuente, así se lo propuso al jefe, pero el jefe no aceptó la idea. Una reunión de ambos, el 29 de junio de 1887, terminó mal. Guzmán no transigió. Desconfiaba de Crespo, que no era un buen administrador ni reprimió como era su deber a los insolentes jóvenes de la Delpinada que hasta tenían un periódico para insultar al Ilustre Americano y Aclamado de los Pueblos. Crespo sabía que no tenía la fuerza necesaria para combatir a Guzmán porque hasta entonces fue su incondicional y con ello se enajenó voluntades. Decidió irse de Venezuela, y partió para España dos días después del encuentro (8 de julio de 1887). Guzmán se sentía cansado, y decidió dejar también el escenario. Alegaba que no quería dirigir “una cruzada casi personal contra Crespo.” Y el 10 de agosto de ese mismo año de 1887 dejó para siempre el país, luego de encargar a su sucesor constitucional, Hermógenes López. Antes de irse propuso una “Convención de candidatos liberales”, en la cual participarían Juan Pablo Rojas Paúl, Francisco González Guinán, Raimundo Fonseca, Ovidio María Abreu y Manuel Antonio Matos, el concuñado de Guzmán que también se disgustó con él porque le retaceó el apoyo.
Una oferta de doscientos mil pesos y del ministerio de Relaciones Interiores decidió todo, y Francisco González Guinán, que estaba por cumplir los treinta y seis años y se había hecho célebre en el país en 1877 al publicar El Consejero de la Juventud, terminó apoyando a Juan Pablo Rojas Paúl, lo que prueba que éste tenía el apoyo de Guzmán. González Guinán se había distanciado de Crespo cuando éste lo sacó del gabinete y ahora se lo cobraba con altísimos intereses, pues como ministro de Relaciones Interiores hizo lo que quiso para impedir que los crespistas pudieran molestar la elección de Rojas Paúl.
Ahora sí que se equivocó del todo Guzmán Blanco. La elección de Rojas Paúl fue muy accidentada, y Crespo, ya abiertamente peleado con Guzmán Blanco viajó como una tromba a Trinidad y a Saint Thomas para organizar su invasión e imponer su voluntad. Francisco de Paula Páez, hijo del viejo caudillo llanero y antiguo subalterno de Crespo se lo impidió. El 2 de diciembre de 1888 Páez, a bordo del vapor “Libertador” capturó la goleta “Ana Jacinta” con la que Crespo pensaba llegar a Coro para invadir y tomar el poder. A los cuarenta y seis, el hombre que se convirtió en general cuando tenía la mitad, fue a tener a La Rotunda, la cárcel que construida entre 1844 y 1854, con un sistema de aislamiento individual que permitía la vigilancia permanente con una atención eficiente a cargo de muy pocos supervisores llamado Panopticón, inventado por Jeremías Bentham, inglés y amigo de Francisco de Miranda. Cuando entró en ella Crespo ya eran muchos los políticos que la habían conocido. Pero a pocos de ellos se ofrecieron las comodidades que conoció el antiguo presidente que, diez días después de entrar recibió la visita del presidente Juan Pablo Rojas Paúl, con quien convino solucionar todo sin atender las exigencias que Guzmán Blanco hacía casi a gritos desde París. El día de Navidad, Crespo salió exiliado, rumbo a Perú. Ya sin disimulo, Rojas Paúl emprendía su camino de claro alejamiento de las rutas guzmancistas.
Uno de los puntos más delicados de la acción de Rojas Paúl contra Guzmán fue la anulación de varios contratos en los que los guzmancistas ganaban un buen dinero. Pero más grave fue la constitución de una Junta para adquirir la casa natal de Bolívar, que era propiedad de Guzmán Blanco, que se negó a venderla sin una buena compensación monetaria, lo cual hizo que muchos hombres de pro escribieran denunciando la actitud antipatriótica y poco bolivariana del antiguo presidente, que se había proclamado sumo sacerdote del culto al Libertador y ahora se resistía a hacer un mínimo sacrificio por su dios.
Los universitarios llevaron adelante la campaña antiguzmancista. El 26, cuenta Manuel Alfredo Rodríguez, “un estudiante de matemáticas colocó un sombrero viejo entre las patas del caballo de Guzmán e instigado por sus compañeros despojó del sable al caballero. Otro estudiante golpeó con una piedra una de las espuelas del jinete y notó que la pieza cedía. Acto seguido se operó el fenómeno del contagio. La multitud se aglomeraba en las esquinas y los estudiantes gritaban: ‘¡Abajo la estatua! ¡Abajo Guzmán!’. (…) En seguida los universitarios se introdujeron al Templo de San Francisco y se apoderaron de varios cabestros utilizados para la reconstrucción del edificio. Esas cuerdas fueron atadas a varias partes del monumento pero sobre todo a la cabeza del caballo que miraba hacia el Este. (…) Saludante giró sobre el saliente del pedestal donde ajustaba la peana de bronce que la sostenía. Un nuevo esfuerzo y el monumento cayó frente a la sede actual de la Biblioteca Nacional, abriendo un agujero en el pavimento. Al producirse la caída de la estatua la multitud prorrumpió en aclamaciones, se congregó en el centro de la plazoleta y con las cuerdas que los ataban arrastró los fragmentos de bronce en una loca carrera por las calles de la ciudad.” También cayó la estatua de Antonio Leocadio Guzmán y fueron saqueadas muchas de las propiedades del ex-presidente y de algunos de sus más cercanos colaboradores. La casa natal de Bolívar se salvó por la campaña pública que se había desatado poco antes. Los episodios antiguzmancistas son la luz que no deja ver el resto de la actuación de Rojas Paúl en su bienio. El auge de los precios del café, inscrito dentro de una clara recuperación de la economía mundial, le permitió emprender un programa de construcción y reparación de iglesias que contrasta abiertamente con la política anticlerical de Guzmán. El más conocido de los templos de Rojas Paúl es el de San José, construido para sustituir un ranchón que se hizo para suplir el espacio de la catedral de Caracas, que quedó seriamente dañada, como casi todos los templos de la ciudad, cuando el terremoto de 1812. El de San Francisco también se dañó, pero no como la catedral, que tenía “desplomada la pared del naciente y con grandes grietas la bóveda del presbiterio” cuenta Enrique Bernardo Núñez en La Ciudad de los techos Rojos.
Pero Rojas Paúl también cayó en la trampa caudillista y trató de cambiar las disposiciones constitucionales para buscar su reelección. Ansiaba un pacto para retornar a la silla cuando puso todo el peso de su influencia en la elección de Raimundo Andueza Palacio, que fue designado para el cargo por el Consejo Federal el 6 de marzo de 1890 para el bienio 90-92, con lo que se inició otro accidentado capítulo de la historia del país, con su guerra, sus cantos y todos los aliños del caso.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme

 

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de Eduardo Casanova

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