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Con el mayor gusto ofrezco a los visitantes y lectores de “Literanova” una crónica breve, una breve semblanza, escrita por mi pariente y amigo Alberto Lossada Sardi, acerca de un hombre justo, que fue amigo y pariente de mi padre y se merece sobradamente el homenaje que se le hace.
En estos días se cumplieron 28 años de su ausencia entre nosotros. Lo recuerdo en su viejo bufete, de Altagracia a Cuartel Viejo n° 21, con la “vieja” Isabel, su sempiterna “secretaria” que, me imagino, hoy seguirá acompañándolo en el más allá, o donde quiera que estén. En aquella vieja casona –por cierto, donde había nacido- se reunían, constantemente, abogados –de aquellos de entonces- buscando sus consejos, su asesoría, en casos que manejaban y se les habían complicado. Y él, con una sonrisa, y sin pretensión alguna, se metía de cabeza en el caso, de manera gratuita y, como decía él, “viendo estos casos se aprende algo todos los días”. El hecho de haber desempeñado altísimos cargos públicos, entre ellos magistrado de la Corte Federal, no le hacía perder su reconocida sencillez y generosidad para con quien necesitara de él (muchos años después de su muerte me enteré que era él quien había provisto al General Arévalo Cedeño en sus últimos años, empobrecido y en mala salud). Innumerables veces le pregunté por qué no se había dedicado a una cátedra universitaria, y respondía que no creía poderse adaptar a la vida académica, y, sin embargo, fungía de catedrático por el simple placer de ayudar a sus colegas. En los difíciles años de la dictadura perezjimenista, muchos de sus “alumnos” le dieron la espalda cuando, por no querer ser colaborador de un dictador, se negó a aceptar cargos públicos, y, a pesar de ello, después del 23 de enero sus puertas siguieron abiertas para ellos…
Melómano dedicado, su colección de música clásica llenaba las horas vacías que, hacia el final de su vida, se hacían cada día más largas. Era, sencillamente, una delicia oírle describir un concierto determinado, una ópera o la ejecución de algún maestro que le gustara, pues transmitía a quien le oía la sensación de haberlos oído junto con él.
Nunca quiso pedir la jubilación (al cabo de unos 40 años de servicio público) pues “un caballero no pasa factura a su país”, y tan sólo ante la insistencia de tantos amigos aceptó solicitarla ya hacia el fin de su vida (en hora de apremios económicos), pero cuando alguien se dignó concedérsela ya fue como pensión de sobreviviente para su viuda.
Nunca le amargaron estas cosas, a las cuales daba poca importancia y, por el contrario, no se cansaba de repetirme “en la vida hay que ser probo, justo y creer en lo que se hace. Ése es el secreto del triunfo. El triunfo no es ante los ojos del prójimo sino ante tu propia almohada. Cuando puedes dormir con la conciencia tranquila has triunfado. Y no dejes que nadie te convenza de otra cosa”.
Fue de esos grandes hombres que la historia ha dejado escondidos entre sus páginas a la espera de que alguien lo encuentre. Hace poco se cumplieron 28 años de su ausencia..
¡Ah!, se llamaba Alberto Lossada Casanova, y era mi padre…
Alberto Lossada Sardi, octubre de 2007
Alberto:
Hola Albertico:
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