Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
| « ¿Ha muerto la Literatura? | Ad inteligentes, pauca » |
El Protocolo Francés y una posible invasión de Cipriano Castro son las excusas que utiliza Juan Vicente Gómez para quitarse la careta, declarase indispensable y afincarse en el poder omnímodo y permanente, a pesar de las protestas de quienes hasta última hora creyeron que el país marchaba hacia la institucionalización y la democracia.
El Protocolo francés fue un documento firmado por Ladislao Andara, como ministro de Relaciones Exteriores y el ministro plenipotenciario de Francia, Louis Jean Levesque D’Avril, el 11 de febrero de 1913, en el que se acordó el pago de las obligaciones de Venezuela con Francia y se regularizaron las relaciones entre ambos países. Con ello se solventaba la crisis creada por el gobierno de Cipriano Castro a raíz de la posición de la Compañía de Cables Telegráficos en la Revolución Libertadora. Previamente (en junio de 1910), el general Juan Vicente Gómez promulgó una nueva Ley de Bancos y aprobó la creación de un Banco Comercial Agrícola e Hipotecario, que asumiría las operaciones de la Tesorería Nacional que hasta entonces habían estado a cargo del Banco de Venezuela. Quedó encargado del proyecto el general Román Delgado Chalbaud, que viajó a París con Manuel Corao. Allá contactaron la Casa Louis Dreyfus y el Crédit Français, representados ambos por Paul Marie Bolo, aventurero conocido como Bolo Pachá, quien convenció a los viajeros de que en vez de la idea original se creara un Banco Nacional de Venezuela, con capacidad para emitir billetes hasta por el doble de su capital, y que también se creara un Banco Territorial de Venezuela, que durante cincuenta años gozara del monopolio de los préstamos hipotecarios en Venezuela, y que en ambos hubiese capital francés. Bolo consiguió una entrevista de los enviados venezolanos con Joseph Caillaux, Presidente del Consejo de Ministros, en la que éste manifestó el apoyo del gobierno de Francia a las ideas del exótico discutidor, que hasta había estado preso por trata de blancas. Las propuestas levantaron una fuerte polémica en el país y causaron la ruptura de El Mocho Hernández con el gobierno. La oposición más notoria al proyecto, que al parecer tenía la buena voluntad del Presidente Gómez, fue la de Manuel Antonio Matos y los directivos del Banco de Venezuela, que le hicieron ver a Gómez lo que significaba aquello en términos de pérdida de soberanía. Ante esos argumentos, el general Gómez desechó la idea, a pesar de la insistencia del tal Bolo Pachá. Un subproducto de aquello fue la caída en desgracia del general Delgado Chalbaud, que, alejado del gobierno, inició un proceso conspirativo y cayó preso, fue encerrado en la Rotunda de 1913 a 1927, y poco después de salir a la luz invadió Cumaná desde el Falke y murió en el intento. Bolo Pachá fue fusilado en febrero de 1918, cuando se descubrió que había traicionado a Francia en la Primera Guerra Mundial. Otro resultado del caso fue el atraso de la solución del conflicto con Francia por un par de años, que a su vez desembocó en el conflicto del Protocolo Francés.
Y el más grave de los subproductos de aquella situación fue la ruptura definitiva de la casi perfecta unidad que existía en el medio político venezolano, al menos superficialmente. El alejamiento radical del Mocho Hernández, que sería de sus últimos errores políticos, y la salida del gabinete de Leopoldo Baptista, implicaron que el Consejo de Gobierno no aprobara la firma del Protocolo porque le fue presentado después de haber sido firmado. Aquel Consejo de Gobierno que se le alzó a Gómez, estaba formado por José Ignacio Pulido (liberal amarillo, muerto poco después), Alejandro Ibarra, Juan Pablo Peñaloza (“lagartijo” –liberal– del Táchira, combatiente de la “Libertadora”, desde 1913 enemigo irreconciliable de Gómez y protagonista de varios alzamientos e invasiones, capturado en 1931, murió encadenado en el Castillo de Puerto cabello en el 33), Nicolás Rolando (liberal amarillo de origen italiano nacido en Barcelona, combatiente de la “Libertadora”, exilado, regresó al país a invitación de Gómez; en 1913 se distanció del dictador y se retiró de la vida pública. Murió un año después), José María Ortega Martínez (caraqueño, liberal, combatiente de la “Libertadora” enemistado con Gómez el 13, exilado, varias veces intentó organizar invasiones contra Gómez. Murió en México el 33), Ramón Guerra (liberal amarillo, jefe militar cuyas acciones hemos visto varias veces, después de la disolución del Consejo se retiró del todo; murió en 1922), Francisco Tosta García (conocido escritor, historiador y costumbrista, pero también militar, político y diplomático, liberal, en 1914 se retiró a la vida privada y murió en 1822), Leopoldo Baptista (de los Baptista trujillanos, aunque combatió a Castro terminó uniéndosele y ocupó cargos de gran importancia, en 1906 fue ministro de Relaciones Interiores y el 19 de diciembre de 1908 fue una de las figuras claves del golpe de Gómez, de quien se distanció en 1913; desde el exilio participó en varios movimientos contra Gómez; murió en 1931), Ramón Ayala (liberal, guzmancista, continuista, unido a última hora a la “restauración”, combatiente contra la “Libertadora”; el 13 se distanció de Gómez y se fue al exilio en Estados Unidos, donde murió en 1920) y Mariano García. La Corte Suprema, tal como en el siglo XXI más sumisa que suprema, ordenó a Consejo que emitiera su voto, puesto que el Protocolo, al no haber sido aprobado aún por el Congreso, no se había convertido en Ley. Gómez se salía con la suya y echaba a la basura el Consejo de Gobierno. El Congreso modificó la legislación vigente y convocó a los suplentes, con lo que se allanaba el camino para el continuismo de Gómez.
En realidad, casi todos los hombres del Consejo no estaban haciendo otra cosa que oponerse a las maniobras continuistas (¡otra vez!) de Juan Vicente Gómez, cuyas “tropas de asalto” estaban encabezadas por José Gil Fortoul y Francisco González Guinán, que a pesar de su reciente participación en el “Círculo Valenciano” hacía puntos con el compadre de su antiguo protector (no mucho tiempo después el dictador, con toda su malicia, le haría ver que “faltaba una firma” en el documento en que todos los ministros renunciaban para una reorganización de gabinete, y esa firma era la de González Guinán, que así se enteró de que sus días cerca del poder habían terminado). El abogado, diplomático, poeta, cronista y sobre todo historiador José Gil Fortoul, era hijo de José Espíritu Santo Gil, conocido como El Pelón Gil, extrañísimo personaje nacido en los Llanos aragüeños en 1821 y muerto setenta años después en El Tocuyo, y que luego de estudiar derecho y tener una actuación destacada en su región, mantuvo durante la Guerra federal una guerrita privada contra el federalista José Félix Mora, en la que ambos cometieron toda clase de atrocidades. Su hijo José, barquisimetano nacido en 1861, pero criado en El Tocuyo, estudió allí y en Caracas, en donde se graduó de abogado en 1885. Además, bajo la influencia de Adolfo Ernst, que fue su profesor de Historia Natural, se hizo positivista, lo cual tendrá mucha importancia en su vida posterior. A los veinticinco años (1886) fue enviado como cónsul a Burdeos y vivió en Europa once años seguidos. Luego de tres en Caracas, tiempo en el cual le comisionaron la redacción de una historia de Venezuela, vuelve a Europa. En 1900 es cónsul en Trinidad y en 1901 representa a Venezuela en la segunda conferencia interamericana, en México. Entre 1902 y 1908 ejerce diversas funciones diplomáticas en Europa. El año 8 es destituido de su cargo de encargado de negocios en Berlín por haberle llevado la contraria a Castro, que le ordenó retirarse de la segunda conferencia de la paz, en La Haya, debido a una propuesta norteamericana relativa al cobro de deudas y reclamaciones por parte de súbditos de un Estado contra otro Estado. Cuando pensaba radicarse en Argentina, el nuevo gobierno, el de Gómez, lo designa ya no encargado de negocios, sino ministro plenipotenciario en Berlín. Llamado por Gómez regresa al país como senador, luego del éxito de los dos primeros tomos de su Historia Constitucional de Venezuela. En el congreso se hace notar por sus iniciativas progresistas, que llevan a Gómez a nombrarlo ministro de Instrucción Pública en 1912. En 1913 también se destaca por su apoyo a las maniobras continuistas de Gómez, que lo nombra presidente del Consejo de Gobierno, por lo que transitoriamente ejerce la presidencia de la República el 13. Luego de múltiples actividades civiles y diplomáticas, y hasta de sufrir un atentado en el Nuevo Circo en 1932, Gil Fortoul murió en Caracas en junio de 1943, a los ochenta y un años.
1913 puede haber sido un año estupendo para Juan Vicente Gómez (que tenía el 13 por su número de suerte), pero fue funesto para el país. Por lo pronto, La Rotunda, el Castillo Libertador de Puerto Cabello, el Castillo de San Carlos en la Barra de Maracaibo y muchísimas cárceles más, así como calabozos en las jefaturas civiles y cualesquiera otros sitios de reclusión, se llenaron de presos políticos a un extremo que el país casi no podía imaginarse. Y de nuevo las islas del Caribe, Colombia y Estados Unidos se poblaron de exiliados políticos venezolanos. Muchos de los encarcelados y muchos de los exiliados permanecieron en esas condiciones hasta sus muertes.
En 1913 la opinión oficial de Estados Unidos frente a Gómez empieza a decantarse. Hay algo muy importante que destaca Manuel Caballero: Un alto funcionario del servicio exterior norteamericano reconoce sin disimulo la intervención de Washington en el encumbramiento de aquel hombre del que empezaban a desconfiar. En efecto, un documento de Charles L. Chandler, de la sección latinoamericana del Departamento de Estado, dice textualmente: Debemos ser muy cuidadosos en el manejo de Gómez. Para no hablar sino de eso, moralmente fuimos responsables por ponerlo allí y si bien es cierto que debemos ver desfavorablemente toda perpetración de métodos inconstitucionales en las repúblicas hermanas, pienso que queda abierta la cuestión de si Gómez, con todos sus defectos, no podría ser mejor que alguna criatura débil de carácter como Alcántara o con una mentalidad de conejo saltarín como el Guzmán Blanco de sus últimos días. Gómez no tenía competidores, y los norteamericanos se resignaban a dejar allí otro son of a bitch, después de todo, aunque no fuera tan our son of a bitch.
También es 1913 el año en que el poder político se desplaza de Caracas a Maracay. Gómez había estado en aquella pequeña ciudad, que también fue distinguida por Miranda, por Páez y por Crespo, a comienzos del siglo, cuando se alojó en la casa del general Manuel Modesto Gallegos, en donde después estarían los Telares de Maracay. Pero fue en abril de 1909 cuando llegó con ánimos de quedarse, en 1911 cuando prácticamente la convirtió en su domicilio y en 1913 cuando ya no hubo duda: Se había establecido en Maracay y el poder ya no estaba en Caracas. En Caracas podía estar el presidente (provisional) de la República, que era Victorino Márquez Bustillos, potugueseño pero muy ligado a la oligarquía trujillana por haberse casado con Enriqueta Iragorry Briceño, pero en Maracay estaba el comandante del ejército que era el que mandaba. Esto último debido a la posibilidad de que el gobierno de los Estados Unidos interviniera, como fuerza de policía, si consideraba que se estaban quebrantando los principios constitucionales del país. Con aquella especie de limbo legal no sería fácil que el Congreso norteamericano aprobara una intervención. El presidente actuaba quizá como un mensajero al y del gabinete, o como mucho como un primer ministro, pero todo el mundo sabía que quien gobernaba era el general Gómez. El presidente tenía que viajar a Maracay cuantas veces fuera necesario a buscar las órdenes del jefe, y en el caso de Márquez Bustillos fue presidente provisional durante siete años, pero no gobernó ni siquiera un día. Gómez era en realidad “presidente electo”, pero no asumió en propiedad. Ello le permitió, entre otras cosas, mantener al país en la más estricta neutralidad durante la Guerra del 14, lo cual le valdría no pocas críticas de parte de los Estados Unidos. Gómez era germanófilo y no quería comprometer el país en contra de su admirado Káiser y de su admirada Alemania (varios de sus ayudantes domésticos en Maracay venían de Alemania). Márquez Bustillos se separará de Gómez en 1921 y hasta será secretario de gobierno de López Contreras, cargo que perderá rápidamente cuando López Contreras, como Rojas Paúl ante Guzmán Blanco, reaccione contra el fantasma de Gómez para seguir su propio camino.
Ese período de los dos presidentes, o del provisional más largo que haya conocido el país, o del obediente servidor que, un poco al estilo de los asiáticos seguía al pie de la letra las órdenes del hombre fuerte, fue terrible para todo el que su había hecho la idea de que el país podía vivir en libertad. Gómez se había asegurado un congreso sumiso, designado por él mismo, en donde sólo podían estar los que obedecían sus deseos y sus órdenes. Había pasado de ser “el gobernante más ‘consensual’ en toda la historia de la República desde la primera presidencia de Páez,” como dice Manuel Caballero, a ser el más implacable de los dictadores, que simplemente no admitía disidencias. En eso debe haber habido mucho del sentimiento colectivo: También en tiempos de Páez el país estaba hastiado de las guerras, y su necesidad de paz se reflejó inicialmente en el propio gobernante, que buscaba, por consenso, mantener la paz, y luego se creyó indispensable y dejó de lado aquella posición (aquella careta) para imponer su propia voluntad, o por ambición simple o por desprecio a la opinión pública.
El mayor apoyo del dictador era su ejército, que debía serle fiel a toda prueba. Poco a poco lo iba tecnificando, pero también poco a poco se iban formando dos bandos: los que habían estudiado y se habían graduado en la Escuela, que iban ascendiendo en riguroso orden de escalafón, por un lado, y los que se habían dedicado a la guerra sin estudios ni preparación alguna, por el otro. En 1919 se produjo el primer intento de alzamiento contra el régimen, que fue rápidamente abortado y dominado sin contemplaciones.
Gómez era un hombre enfermo a causa de la prostatitis, y así como en tiempos de Castro el bisturí de Revenga tenía mando, en el de Gómez la falta de ambición política y la discreción del doctor Adolfo Bueno evitaron una situación similar. Hubo, sin embargo, algunas consecuencias serias de aquella retención urinaria del dictador.
Pero lo más importante, lo realmente fundamental, lo dominante aunque muy poca gente lo entendiera, de todo ese período fue la aparición en el escenario del formidable dios petróleo, que ha sido, posiblemente, el más dañino de todos los factores que han formado la Venezuela de los siglos XX y XXI.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
El Preludio de La Alborada
La Alborada del Tirano
Nuestro hombre en Maracay
Comentarios recientes