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Ya no sé si todo fue la pura invención de mi tÃa -que toda su vida ha tenido fama de piadosa y hasta de pendeja-, o si de verdad algo raro pasaba en las casas de mis antepasados. En todo caso, la gente del pueblo sà creyó que en aquel viejo edificio de tres patios y gruesas paredes, donde tarde o temprano terminaban por morir casi todos mis parientes, salÃa un aparecido. Debió ser el alma de aquel tÃo soltero que mató a su madre (mi bisabuela) para robarle unas joyas y pagar asà sus deudas de juego (ese mismo que terminó colgándose de una viga cuando se supo todo). Era, y de eso estaban seguros los enterados, un espÃritu maligno. Por eso debe suponerse que era aquel tÃo, el único malvado verdadero de toda la familia, creo. Los demás hicieron lo que hicieron por la guerra, o por los tiempos, pero no disfrutaron sus muertos. Aunque mi abuelo (hermano del tÃo matricida) también se las traÃa y hay hasta quienes para rebatir la hipótesis del tÃo de las joyas afirman que el aparecido es él, o, en el mejor de los casos, uno de los que se cargó, como aquel rarÃsimo turco juglar y comerciante llegado en sus años mozos a la aldea que cuando habÃa luna llena cantaba ante las ventanas con su voz pastosa y su apenas logrado a medias oficio de ministril. De buena fuente sé que una noche -la última de las suyas- el pobre turco tuvo la ocurrencia de cantar frente a la vieja casa cuando cumplÃa años de muerta mi ilustre bisabuela. Las notas truncas se mezclaron en las piedras del piso con la sangre del infortunado trujamán (cuando mi señor abuelo cortaba un gañote, todo el mundo -o todo el pueblo- se quedaba como en misa: Si lo hizo, sus buenas razones tendrÃa, decÃan todos y nadie se atrevÃa a condradecirlo en eso, ni en ninguna otra razón). Al fin y al cabo, todo el mundo (todo el pueblo) trabajaba para él o vivÃa en una casa de su propiedad (pues todas las casas lo eran aunque no todos sus habitantes le pagaran por vivir en ellas) o le debÃa o tenÃa cualquier forma de obligación para con él y, además, era cosa sabida que cuando perdÃa la paciencia podÃa derribar un muro a mordiscos. Y lo hacÃa. Sin duda, de tanto verse acatado, se acostumbró a ser obedecido. Y dicen que la mosquita muerta de mi tÃa heredó mucho de su voluntad, aunque nada de su violencia. Yo la recuerdo siempre quieta, seria y recatada, pero dueña de una mirada que supongo capaz de derribar los mismos muros del abuelo y al abuelo, de paso. De cualquier manera, tÃo impaciente, abuelo vengador o turco serenatero o uno cualquiera de los que un arranque de violencia del abuelo envió a encontrarse con sus manes, algo, algún espÃritu, empezó de repente a regar maleficios desde una mancha de la vieja casona de la familia. Y todo el mundo -todo el pueblo- juraba que pasar frente a ella era más que suficiente para atraerse un lÃo de desgracias. Y la mala mancha fue creciendo y tumbó la casa y las dos casas vecinas y las casas vecinas de las vecinas hasta que toda la manzana quedó convertida en un lóbrego parque, un cementerio sin tumbas, habitado por oscuros arbustos desconfiados y miedosas lagartijas con vocación de serpientes. Y lo más notable es que el maleficio no se detuvo allÃ, no: Atravesó las calles y siguió extendiéndose de casa en casa, de esquina en esquina, de manzana en manzana y en obra de pocos meses el pueblo quedó desierto, abandonado, convertido en yermo. Sólo permaneció en pie la última de las edificaciones, nada vieja, por cierto propiedad de mi tÃa, que, desde su refugio escuchaba el canto tristealegre del viento que convertÃa en enorme flauta aquel camposanto sin monumentos y contemplaba con infinita paciencia el retorno de aquel mundo a los dominios absolutos del ocre y del verde. Pero su voluntad era fuerte, como su mirada: No era posible perderlo todo. Se decidió en un santiamén, firmó papeles, consiguió poderes, buscó tÃtulos supletorios, hizo justificativos, llevó jueces de dos o tres instancias y todo quedó solucionado. Sólo entonces dejó su casa de la orilla y se fue a vivir a Caracas.
Desde entonces, cada vez que paso cerca de la enorme urbanización industrial que cubre ahora el territorio que mi tÃa les vendió a los extranjeros, trato de imaginarme el desconcierto y las miradas de estupefacción de los aparecidos -si es que en verdad existen- cuando ulula una sirena o estalla una caldera o inicia su rotundo martilleo cualquiera de las mastodónticas maquinarias que han terminado por sustituir para siempre los tinajeros y las jaulas de loros y los cofres de madera y las lámparas de aceite o de carburo. Para siempre.
Eduardo: Simplemente, delicioso! PARA SIEMPRE te ubica al lado delos grandes cuentistas del mundo: felicitaciones, Gonzalo.
En su estilo poético y nostálgico, Eduardo Casanova nos muestra de nuevo sus cualidades como cuentista. He leÃdo todos sus cuentos publicados o en papeles secretos, y puedo asegurar que el escritor de ayer es ahora el mismo en su expresìón de poeta y que el tema de su obra literaria es muy nuestro, nos define. El tiempo ha enriquecido su pluma, que puede estar con nosotros, como lo dice el cuento, PARA SIEMPRE. Felicitaciones al poeta y narrador.
Muy bueno el cuento Eduardo. Ese abuelo era cuál el paterno o el materno??
Muy bueno el cuento Eduardo. Ese abuelo era cuál el paterno o el materno??
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