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Su pasión era la literatura romántica, especialmente la alemana del siglo XIX: Hoffmann, Novalis y su flor azul; autores de ese espíritu llenaban su interés, y los temas preferidos eran las fuentes de luminosos surtidores en noches de luna, corceles ligeros que perseguían a las doncellas hasta el borde de castillos misteriosos. Toda alegoría le producía exultación, lo llevaba más allá del alcance de la razón; significaban para él la más alta expresión de la belleza casi divina.
Leía las partituras y escuchaba la música de los románticos; prefería a los impresionistas, por su extrema delicadeza para decir el amor; lo enternecía el episodio de Emma Bardac, víctima del asedio de Claude Debussy, en la espera del advenimiento de su hija mimada, Chou Chou. Cada día exacerbaba su pasión absoluta todo lo que fuese romanticismo, y lo buscaba ya en el escorzo del sentimiento amoroso, ya en el tono de Wagner en Tristán e Isolda, que lo dejaba en estado de gran excitación; o de Mahler o Scriabin, que representaban el colmo de los sentimientos apasionados. La cima de su éxtasis estaba en las representaciones exaltadas de escritores y artistas del romanticismo. Había copiado la vestimenta de sus héroes: se cubría con una capa adornada con destellos inexplicables y usaba amplio sombrero; y con ese atuendo llegaba a la tertulia literario-filosófica donde se hablaba hasta la alta noche de esos temas. Era la belleza sin dolor lo que buscaba; no sentía la atracción por Lautréamont y rehuía por la misma razón al lóbrego Poe. Ambos le inspiraban el temor de la muerte, por sus poemas y relatos oscuros y de locura. Esa literatura ambigua y de terror no convenía a su espíritu delicado y romántico.
Una noche en el Café trataron los temas de siempre: la pasión inalcanzable de Orfeo en la espera de Euridice, las grutas que guardan secretos de duendes, hadas que brindan collares de luna, la música preferida. Alguno de los tertuliantes sugirió el tema y pronto hablaron del Conde de Lautréamont y sus Cantos de Maldoror, no obstante su prudente reticencia. Le producía extraña confusión la obra: la despersonalización, el temor de perder la identidad, el doble representado en la sombra intrusa: “la palma del mal” aterrorizaba al poeta que había luchado con su propia sombra y se hallaba dividido en dos seres irreconciliables. Lautréamont debía vencer a la sombra y ésta lo imitaba. Cuando el poeta decidió romper el espejo encontró su propia efigie. Ese tema de Los Cantos de Maldoror del Conde de Leatréamont sacudía la tranquilidad de espíritu y dejaba al tertuliante en estado de zozobra incontenible: Lautréamont - l’ autre monde – era más que literatura.
Se despidió muy alterado. Al llegar al portal tuvo la impresión de la noche, del silencio lluvioso de la calle solitaria, y lo dominó una intuición inesperada para crearle pánico como nunca antes había sentido después de las tertulias artísticas. Sintió miedo de las sombras que surgían de las esquinas: un gato, el reflejo de un débil farol, el murmullo nocturno, y trató de refugiarse en otros pensamientos distintos de los que sugirió la velada. Evocó la música preferida y recordó los pozos encantados y las estatuas de mármol de los relatos alemanes. Quiso comprender el sentido de su miedo, que no venía esa noche en las mordientes angustias de amores románticos ni en la armonía de las sonatas de piano, sino en la presencia de una figura informe y grotesca, agazapada en abrigo de inmundicias. Y ocultos en tanta fealdad, el puñal agresor y la palabra soez.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
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