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Sobra muerte

I

El slogan se hace gerundio luctuoso, triste. Una gramática del derrape sentimental con fusil en la espalda. “Patria, socialismo o muerte”, la cabalgata gillette en la yugular de un porvenir que grita por hacerse sentir en la soledad de cada ciudadano. El grito es propio de quien conjuga el pasado con este presente ansioso de retornar a las catacumbas de nuestra más reciente historia política.
La muerte es un verso descolgado. Una ventana hacia el desierto. De ella, los cálculos de un optimismo que siempre termina en tragedia. De Cuba nos queda la consigna debajo de la barba del Fidel de las vallas. El pueblo cubano no come con eso, se revisa en su precariedad, en una pasantía de casi medio siglo por la felicidad de las ballenas. Absurdo, surrealismo, la ilusión de un teatro de marionetas. La muerte conoce el camino. El olor de su presencia no ha sido suficiente luego de los millones de muertos de Stalin, de Pol Pot, del Che o Pinochet, entre otros apóstoles que sacrificaron su tranquilidad para ofrecernos el paisaje de revoluciones o goles de estado aún presentes en quienes creen que la historia sólo tiene tres patas.
El slogan es un accidente gramatical. El cinismo no ha siso suficiente para borrar los estigmas de las banderolas, de las boinas y cañones aún calientes de esa muerte enarbolada como destino fatal. La muerte es compañera inefable de las revoluciones. De modo que cabe completa en el grito de las multitudes, pese a que ronda los tobillos de los celebrantes.

II

Alguien en un estado de catalepsia luminosa (nada más y nada menos que el doctor Johnson, citado por otro que se las trae, Ambrose Bierce) llegó a decir que la patria es el último reducto de los sinvergüenzas. Así, Echeverría dejó escrito que “la patria no es la tierra sino la libertad, donde no hay libertad no existe la patria”. Más razón para Johnson, toda vez que los sinvergüenzas germinan en el abuso. De esa imagen tenemos muchos ejemplos. Para salvarnos de la iniquidad, con nombrar la patria basta. En nombre de la patria, ese dios desnudo, continuamos la construcción del discurso de una patética con todos los escombros del ruido colectivo. La patria, entonces, es el rigor de la obediencia, el mande usted, mi comandante, mi jefecito. La patria, el recado de los más astutos, de los oportunistas, de los agregados a una fórmula mágica a punto de servirse en bandeja comercial, casi dialéctica, fulano de tal.
El poema de José Emilio Pacheco. El de le basta un río, una montaña, un olor para desprenderse del odio de la patria, porque ella no es más que eso, un río, una montaña, un olor. La patria ha dejado de ser madre para convertirse en un nombre tan propio que raya en el individualismo más vulgar: “O estás conmigo o te vas”. Si la muerte es el trasunto de una herida, la patria es el pretexto icónico de esa migraña verbosa donde todos cargamos con el pecado original. La patria es el continente de una religión muchas veces postergada. Los sinvergüenzas, los dichosos, fabrican a diario la patria de la conveniencia. Y por allí, en ese morral, viene parte de la consigna, el socialismo.

III

A contracorriente con los dictados del tiempo, del pensamiento de todas las horas cuando se impone un momento para entender lo que nos ha pasado siempre como seres humanos, esa varicosa consigna, tan a la mano para todos los aspavientos de Fidel, se acomoda a la Venezuela del último timbre y nos mantiene en ascuas, en medio de una “revolución” que no termina de cuajar, toda vez que en este país es muy difícil preparar un pabellón con esas tres palabras: “muerte, socialismo, patria”. Los venezolanos no hemos aprendido a tragar tachuelas.
El socialismo, esa comercial y utópica imagen, se ha quedado en su propio fracaso. Todos los intentos han sido eso, intentos, ilusiones, yerros, crímenes, persecuciones, hasta el punto de crear “el fascismo de izquierda”, tan caro al extinto bloque soviético, a los norcoreanos, a la China de la revolución cultural, a la Cuba donde es posible toparse con los más odiosos momentos de la estupidez humana.
De manera que sobra muerte y la patria sigue siendo eso, el reducto de los sinvergüenzas. Del socialismo, un martillo, una hoz, como podría ser la cruz svástica y el rictus terrible de Hitler en el momento en que le pega el tiro a Eva Braun y luego él mismo se vuela la cabeza, rodeado de los cuerpos de sus colaboradores. También el Führer hablaba de la patria, y lo hacía con tal convicción que los más brillantes cerebros de esa Alemania cayeron fascinados a los pies de un monstruo que aún muerde la conciencia del mundo.
Sobra muerte. Como tema, para crear. Como sensibilidad, para vivir, derrotarla en su propio terreno mediante otra manera de ver el mundo. Sin el odio que recorre las calles sin ningún pudor. Que la patria se quite los límites de la idolatría. Ya la muerte se encargará de nosotros a su debido y sano tiempo. Y que el socialismo, el de bota y cuartel, el de centralismo y verbosidad agresiva, como otros nombres que dibujan la infamia, sólo sea parte de un recuerdo.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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2 comentarios

Comentario De: alejo Urdaneta [Visitante]
alejo  UrdanetaEl clamor colérico y doloroso de Alberto Hernández remueve la conciencia de tantos oportunistas que ni siquiera saben de lo que se trata y buscan ganancias y poder en el vacío de la patria.
Es una elegía dicha con varonil empeño, como un grito de ¡Ya basta!, y nos los deja sonando en parques y plazas y templos.
Que siga su voz de guerrero.
Un abrazo,
Alejo
18.03.10 @ 10:09
Comentario De: helena alvarez [Visitante]
helena alvarez¡Gracias poeta! Envidio su habilidad para expresar con tanto acierto el dolor que nos invade a muchos: "Que la patria se quite los límites de la idolatría" ¿Por qué poeta la humanidad no acaba de reconocerse como Humana? ¿Porqué no reconocemos al Cosmos como nuestra Patria y a los demás hombres como nuestros hermanos? ¿Por qué no somos capaces de un poco de Silencio interior para reencontrarnos con nuestra verdadera naturaleza?
¡Gracias!
19.03.10 @ 11:00

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