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Con la mayor satisfacción ofrezco a los visitantes y lectores de “Literanova” esta nueva crónica de Gonzalo Palacios Galindo, en la que habla de Rosario Marciano, la excelente pianista que tuve el gusto de ratificar como Directora del Museo del Teclado (creado en 1972) cuando asumí la Presidencia de Fundarte, en 1974. Rosario había hecho una excelente labor durante la puesta en marcha del Museo, y así lo reconocí públicamente entonces. Para mí la crónica de Gonzalo tiene el elemento adicional de mencionar a Simón Mittler, que fue mi amigo en mi adolescencia, en aquellos tiempos en los que ambos formamos parte del grupo de jóvenes que en vez de reunirse a hacer fiestecitas se reunía a hacer buena música y a hablar de arte y literatura, en las casas de Maria Antonia Frías o María Elena Coronil. Simón era un excelente pianista e interpretaba con especial maestría la obra pianística de Bach. Ha podido dedicarse profesionalmente al arte, pero prefirió el camino de la ciencia, con lo cual la ciencia ganó mucho.
Una carta de Rosario Marciano
Por Gonzalo PALACIOS GALINDO
“Mis queridos Anne y Gonzalo!” Todavía me llena de orgullo leer esas palabras: el nombre de mi esposa y el mío en segundo lugar, como lo exige el protocolo epistolar clásico. Son detalles que, unidos a su caligrafía, manifiestan la calidad de persona que nos recordaba desde su hogar en Alemania. Mi compatriota; bella e inteligente; culta como pocas personas que he conocido; joven, aunque de futuro incierto dada la inseguridad de su estado físico (1). Escrita a mano, en aquello que llamaban “papel cebolla,” la carta de mi amiga llevaba su nombre a lo largo del margen superior, ROSARIO MARCIANO, su dirección, MÜHLSTRASSE 25, D-7302 OSTFILDERN 4 (KEMNAT BEI STUTTGART), y luego, el número telefónico. Utilizaba el mismo papel timbrado para sus negociaciones relacionadas con su vida artística como lo eran la programación de sus conciertos, las publicaciones de sus composiciones, y la edición de sus escritos sobre las grandes estrellas que la precedieron en el pianoforte. Es bien conocida la historia de cómo Rosario Marciano salvó el piano de nuestra máxima artista de todos los siglos, Teresa Carreño, su maestra y mentora espiritual. En parte, fueron esas gestiones las que trajeron a la Marciano a Washington, DC. Para aquella época, aquí se encontraba quien fuera mi amigo, el doctor Simón Mittler, en pleno ejercicio de la medicina. Simón se había especializado en la prognosis oncológica y, gracias a su calidad intelectual y a su formación profesional, había logrado gran éxito en el Hospital “George Washington,” el mismo en el que años más tarde le salvarían la vida al Presidente Ronald Reagan. Mittler conocía a Rosario desde que ambos eran niños recibiendo lecciones de piano en la Caracas del perezjimenato. Parece que ella le escribió a su viejo amigo para averiguar si él podría orientarla para contratar los servicios de una firma que hiciera el mantenimiento al instrumento que había pertenecido a su admirada Teresa Carreño una vez que este llegase a Caracas. A pesar de su dedicación total a su profesión, Mittler nunca perdió su sensibilidad estética ni su amor por la música: apenas pudo, llamó a nuestra artista para indicarle a quién debía dirigirse, pero antes de hacerlo, nos consultó a mi esposa y a mí si la podríamos alojar en nuestra casa ya que su apartamento resultaría demasiado chico. Además, Simón era soltero y respetuoso de instituciones como el matrimonio (Rosario estaba casada).
Y fue así que el “20 Dic 76,” fecha de la carta, Rosario nos escribía “Quiero reiterarles mis gracias por la bella estadía en vuestra lindísima casa y por todo el ‘trouble’ (2) que puedo haberles causado!!” Aunque hacía solamente mes y medio que nosotros nos habíamos mudado a esta casa, Rosario no había sido problema alguno para nosotros. Llegó acompañada de nuestro común amigo, Simón Mittler, que la había recibido en el aeropuerto Dulles, para aquel entonces el único de la capital estadounidense al que llegaban vuelos de Europa. Simón bajó del taxi y, caminando rápidamente, llegó a tiempo para abrirle la puerta a su amiga. Yo me había acercado al automóvil, saludé a la recién llegada a la vez que aceptaba un maletín de manos del taxista que había depositado las maletas de Rosario a la entrada de los carros de mi casa.
“Ya le pagamos, Gonzalo,” me dijo Simón, “Rosario, te presento a Gonzalo y a Anne.”
“Bienvenida, Rosario,” le dije, mientras que Anne abrazaba a nuestra honorable huésped. Rosario no soltaba para nada un largo estuche de cuero negro cuyo contenido yo no podía imaginar. Medía poco más de un metro de largo, unos 20 centímetros de ancho y diez de grueso.
“Permíteme,” le dije, y traté de tomar el estuche de entre sus manos.
“¡No, no! Gracias, Gonzalo, esto no pesa nada,” y se apresuró a agarrar el estuche con las dos manos. Dedos largos, más blancos que el color de su cara que de por sí parecía porcelana.
“No te preocupes, Gonzalo,” repicó Simón que ya había llegado a la puerta de mi casa, “Rosario no permite que nadie toque su teclado.”
“Es un ‘teclado mudo’,” explicó la artista, “y es una superstición mía. Si alguien que no sea yo lo manosea, algo falla en mi próximo concierto.” Después la vería “tocando” su teclado en silencio, con la concentración y seriedad como si estuviese delante del mejor piano de cola del mundo. Entramos a la casa y lo primero que oímos fueron las voces de mis dos hijos mayores, Roberto y Esteban, de 9 y 8 años respectivamente.
“No te preocupes, Rosario, tendrás paz y tranquilidad mientras estés aquí” le aseguré. Anne había subido a la habitación de los “muchachos” y ya se había hecho silencio. Bajaron y, siguiendo instrucciones recibidas previamente, saludaron a Rosario en Castellano. Se disculparon y salieron a jugar a pesar de que avanzaba el otoño. Rosario se encariñó con mis tres hijos como sólo una artista de fina sensibilidad y de gran amabilidad – capacidad de amar y de ser amada – podría hacerlo (3):
“Debo disculparme de mis amigos queridos (tus dos hijos mayores), por no haberles enviado ‘ni una piche latica’ todavía…”
Se refería a unas laticas de golosinas alemanas que había compartido con nosotros. Estas líneas figuran entre las primeras ocho de la primera página, es el segundo pensamiento que expresaba Rosario en su carta. Menciono este dato porque las palabras que escribió a continuación demuestran claramente cómo esta gran mujer se preocupaba más por sus amigos que por sí misma.
“…pero deben perdonarme, pues desde el 29 de noviembre he debido guardar cama estrictamente bajo peligro de perder a vuestro ‘ahijado’ ya que después de un examen médico que yo sin pena alguna califico de ‘brutal’, me comenzó una terrible hemorragia, y por ello he debido retrasar todos mis planes; el viernes hube de salir por primera vez y esto pareció no sentarme bien, puesto que he tenido una recaída seria que me obliga a seguir cuidándome estrictamente… por ello les ruego excusarme, y en cuanto me sea permitido saldré y tendré el enorme gusto de mandarles esos regalitos que he querido !! En cuanto a vuestro Michael (4), sólo les ruego darle un enorme beso de mi parte!!”
Así era Rosario Marciano, la amiga, la madre, la mujer: un ser cuyo
valor humano superó todos sus triunfos profesionales y todos sus logros artísticos que no fueron pocos ni desdeñables. En la intimidad de mi familia, después de cenar y antes de acostarse con su “teclado mudo,” nos contaba tan sólo aquellos capítulos de su brevísima vida – había cumplido 32 años unos meses antes, el 5 de julio – que describían experiencias positivas. Su hija Carola era el centro de su existencia, sin que por ello la malcriase, como suele ocurrir con hijas o hijos únicos.
El viaje que Rosario hacía en esta ocasión formaba parte de sus gestiones relativas a la recuperación del piano de Teresa Carreño. A las pocas horas de haber llegado, Rosario se puso a mi disposición para dar un concierto durante su estadía en mi casa. No le importaba dónde ni cuándo: lo que quería era aprovechar su tiempo al máximo. Una presentación privada en Washington la beneficiaría en su vida profesional y sin presentar nada negativo que pudiese preocuparle en el futuro.
Le expliqué que lo más probable era que no lográsemos un número suficiente de personas que mereciera el nombre de “público,” que contaríamos solamente con el personal de la Embajada y de algunos amigos míos, que no habría “taquilla” dado que no podríamos alquilar un local; no hubo manera de disuadirla. Con aquel concierto Rosario expresaba su agradecimiento hacia sus anfitriones: “es lo menos que puedo hacer, Gonzalo,” me dijo más de una vez.
Pues bien, el concierto se dio. Utilicé los mismos mecanismos que seis meses antes me habían sido útiles en la presentación del Cuarteto Galzio en la Escuela de Música de la Universidad Católica de América. Tuvimos mejor suerte en cuanto al público: además de casi todo el personal de la Embajada y algunos de nuestra misión ante la [des]Organización de los Estados Americanos, asistieron numerosos estudiantes que tomaban clases ese semestre de otoño.
Mi querida amiga quedó satisfecha con su presentación en Washington aquel martes en la tarde. El programa incluyó un par de composiciones de la Carreño – la Canción de Cuna y el Himno a Bolívar, lo cual complació a los diplomáticos venezolanos que asistieron y a los estudiantes “feministas” presentes. Ni el embajador Ignacio Iribarren Borges, ni su esposa, pudieron asistir: “compromisos previos,” claro está, pero dado que Don Ignacio me había confesado su desagrado porque “ella es amiga de Caldera,” creo que los compromisos previos eran los que él había contraído con el Presidente Pérez en Caracas. Después de pasar por casa a despedirse de mis hijos y recoger su equipaje, no aceptó comer nada porque el vuelo incluía la cena. Grandes besos y abrazos para toda mi familia, promesas de escribirnos, y, finalmente, partida hacia el aeropuerto. Simón Mittler la acompañó. Esa noche partió rumbo a Alemania, de regreso a su hogar y a su querido esposo Christian y su hija Carola. Un viaje relámpago, en el que estableció contacto con su agente en Estados Unidos, ofreció un bellísimo concierto, y realizó algunos trámites relacionados con el futuro mantenimiento del piano Weber de la Teresa Carreño (5), para entonces, en ruta a Caracas, debidamente reparado y listo para formar parte del Museo del Piano que Rosario creó en su ciudad que la vio nacer. Rosario también estudió la posibilidad de recuperar el magnífico piano “Chickering” en el que la niña Teresa Carreño hizo su debut en la ciudad de Nueva York (6) 114 años antes.
En su carta, Rosario me agradecía la mía del 24, escrita al día siguiente de su partida, pues le había dado “gran alegría e impulso!!” Rosario Marciano nunca permitió que sus dolencias físicas ni las espirituales disminuyeran su optimismo ni el dinamismo de su profesión. Oigan estas palabras de quien llevaba casi un mes en cama:
“Exceptuando mi estadía forzosa en cama, todo marcha muy bien y ‘we are all in good spirits’. Nos preparamos a celebrar unas pascuas muy íntimas, acompañadas de unas buenas hayacas venezolanas, y muchos buenos deseos. Christian está como siempre y hay una linda atmósfera sobre todo. En enero debo cumplir muchos compromisos y espero mi estado físico me ayude a hacerlo. Estaré entre Austria y Suiza bastante ocupada. Hasta marzo daré conciertos en público y a partir de ese mes me dedicaré a grabar los discos programados. Así que ya ven, todo se presenta de lo mejor…” [¡!]
Anne y yo nunca supimos a ciencia cierta si nació nuestro “ahijado,” mencionado en la primera página de su carta; dado el estado de salud de nuestra querida amiga, preferimos recordar sus palabras de despedida:
“Bien, un besote y gran abrazo para las Pascuas y el ’77 que pronto comenzará. Como siempre los quiere…”

1 Rosario Marciano nació (5 julio 1944) y murió (9 septiembre 1998) en Caracas.
2 Pude comprobar que Rosario Marciano dominaba no menos de cinco idiomas.
3 Rosario parecía ser la respuesta a las siguientes palabras de Carlos Marx: “Si amas sin evocar amor de vuelta, i.e., si no puedes, por la manifestación de ti mismo como persona amante convertirte en persona amada, entonces tu amor es impotente y desafortunado.” En Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844).
4 Mi tercer y último hijo, Michael, de tres años de edad en 1976.
5 Instrumento fabricado en Canadá.
6 “La bella y pequeña niña se inclinaba sonriendo graciosamente. El público, más de mil doscientos cincuenta personas… repletaba el Irving Hall de Nueva York aquel martes 25 de noviembre de 1862…” en Revolución a la venezolana, Teresa Carreño, mujer libertaria.
Alfredo:
Muchísimas gracias, Andrés, por tu visita y tu amable e interesante comentario. Estuve en Viena en 1989 y supe de Hans entonces. Recibe un cordial saludo.
Muchísimas gracias, Caroline, por tus amables comentarios. Con mucho gusto publiqué la nota de Gonzalo Palacios Galindo sobre tu madre, de quien también guardo un bello recuerdo. Andrés Santos, padre, es primo hermano de mi esposa. Recibe todo nuestro afecto y mantén siempre vivo el orgullo de ser quien eres e hija de quienes eres...
Yuyita:
Un Gran Saludo
Soy gestora Cultural y a mi llegada a Viena en octubre de 1980,la ciudad estaba empapelada con las conferencias de Rosario sobre Diez siglos de la mujer en la Historia de la Música, y luego la invitamos a Bogotá a la Luis Angel Arango a dictar estas conferencias. Me honra haberla conocido y es un orgullo para Venezuela en su patrimonio cultural, tan importante persona y representante de la música. Excelente pianista.
Estimado Eduardo, infinitas gracias por prestar tu plataforma a la memoria de esta superba y exquisita pianista. Y digo superba y exquisita porque al verla y escucharle en los videos que de ella han puesto en youtube, creo que no hayan atributos que mejor le queden. Me enteré precisamente de la existencia de esta bella pianista accidentalmente por medio de una incesante búsqueda de música compuesta por Teresa Carreño en youtube y cuando comencé a buscar en internet su biografía sentí un largo penar de solo enterarme que por desgracia ya no se encuentra entre nosotros, contribuyendo así a acrecentar este desafortunado oscurantismo cultural que nos rodea a los venezolanos. En realidad me interesa muchísimo, pero muchísimo poder obtener ese disco de Rosario Tocando seis piezas de Teresa Carreño, no sabes cuanto y si pudieras ayudarme sería fantástico. Puedes ver mi canal de youtube y como te podrás dar cuenta, a mis 23 años soy un seguidor obsesionado de la ópera y un admirador descomunal de Gabriela Montero, de hecho he colgado varias cosas de ella en mi canal de youtube: http://www.youtube.com/luiscar89
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