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VENEZUELA NACIÓ CON EL NO

A pocas horas de una cita en la que el país decidirá si quiere vivir arrodillado o de pie, evoco lo que puede quedar como uno de los primeros gestos verdaderos de independencia en Venezuela: el 19 de abril de 1810. En la historia, al poseer ésta los mismos resortes pues es protagonizada por el hombre, se suelen repetir los hechos y de allí que acudir al pasado siempre ayude a comprender el presente y decidir el futuro. Desde 1808 cuando Napoleón invadió a España, la incertidumbre rondaba las colonias, muy distantes y desconectadas de los sucesos peninsulares. Lo cierto es que noticias fragmentadas que llegaban en los buques que anclaban en La Guaira, permitieron componer la verdadera dimensión de lo que ocurría. Fernando VII se hallaba en Valencia y había abdicado en favor de José Bonaparte, hermano del invasor. Eran ahora las Juntas Supremas las que intentaban oponerse a la monarquía usurpadora en todas las regiones de España. En mayo de 1809 arribó a Caracas el nombrado Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Vicente Emparan. La nueva autoridad, quien ya había ejercido de Gobernador de Cumaná, era el puntillazo que esperaba la aristocracia venezolana, los Bolívar, los Ribas, los Palacios, los Toro, para revelar sus ideas independentistas. Dos corrientes de la sociedad de entonces se aliaron en una sola vía: los que despreciaban al usurpador Bonaparte y defendían con ahínco los derechos de Fernando VII y los que buscaban visionariamente la independencia total del país.
Emparan se tropezó con una Provincia arisca, rebelde, inquieta y agitada. Supongo que entendió prontamente que su mando sin respaldo popular, salvo por los sables militares, tendría un final lamentable. El 17 de abril de 1810 llega a La Guaira la confirmación definitiva de que Francia era dueña de España. Se disolvían las Juntas Supremas y era ahora un Consejo de Regencia en Cádiz, acorralado y hostigado, la única instancia que defendía los derechos reales de Fernando VII. Con una misiva entregada al Capitán General y que éste decidió no revelar, Cádiz misma sentaba las bases para decirle NO al mandato ilegítimo. La indignación cundió. Se hicieron demostraciones públicas de adhesión al genuino monarca Borbón, llamado por cierto El Deseado. Todo concluye el 19 de abril, jueves santo para más señas, cuando se emplaza a don Vicente, presente en las celebraciones religiosas, a que asista a un Cabildo abierto en donde Caracas indignada y sacudida le exigiría que jurara fidelidad al depuesto rey. Allí patriotas como Lino de Clemente, Martín Tovar y Ponte, Nicolás de Anzola, José Rafael Revenga o Feliciano de Palacios y Blanco, tío del Libertador, logran echar a andar el plan que venían fraguando desde que se recibiera aquella carta gaditana que entre muchas cosas daba un mensaje demoledor: “Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres.”
La anécdota es harto conocida. Los jóvenes, siempre los jóvenes, entre los que destacaban un enardecido Diego Bautista Urbaneja con escasos 27 años o un Francisco Salias aún más joven, con tan sólo 25 años, y que había sido quien tomó por el brazo al Capitán General y lo llevó al Cabildo, agitaron al pueblo de Caracas. Emparan viendo lo que se le venía, comenzando la tarde y tras la maratónica sesión del Cabildo se juega la última carta. Hay que preguntarle al pueblo si lo quieren a él, a su poder que viene de una invasión, a su autoridad que es fraudulenta y mal avenida. Frente a la plaza mayor, desde ese balcón que aún hoy se puede ver en el segundo piso de la Casa Amarilla, el Capitán General le preguntó a los venezolanos congregados y eufóricos si querían que se quedara en el mando hasta que lo dispusiera el usurpador o Dios, y fue entonces cuando el chileno de nacimiento, pero venezolano por luchas, José Cortés de Madariaga hizo aquel mudo gesto, aquel movimiento de brazo, de lado a lado. Fue cuando un NO silencioso pero inolvidable se prendó del balcón del pueblo, el verdadero, no el de mentira. Y fue entonces cuando Caracas en pleno, soñando, sin miedo, dijo NO. No te queremos. Emparan sentenció todo con la memorable frase “Pues yo tampoco quiero mando", frase que no muchos gobernantes que conozco pronunciarían. Con ese NO había nacido el espíritu de Venezuela.
Querido lector, lo voy a invitar a un ejercicio. Siéntase el domingo como en 1810 en la plaza mayor. Véase frente a la máquina de votación como mirando el balcón con el gobernante soberbio queriendo perpetuarse eternamente, y recuerde el gesto de Madariaga en los ojos de su hijo, en el sacrificio de sus padres, en el sueño del país posible. ¿Qué dirá entonces?
Como ironía de la historia fue de ese segundo piso de la Casa Amarilla, donde está el balcón en el que Emparan oyó al país gritarle NO, que saltó un presidente loco, dicen los mamadores de gallo, con una sombrillita como paracaídas, aterrado por el terremoto que sentía bajo sus pies. Fue Cipriano Castro en 1900. ¡Qué vainas tiene la historia! ¿No?

 
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